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“Siento la presión de escribir una gran novela americana, pero no me interesa”
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entrevista con peter cameron

“Siento la presión de escribir una gran novela americana, pero no me interesa”

El autor de 'Algún día este dolor te será útil' presenta ahora una adaptación contemporánea de la literatura femenina inglesa de posguerra

Foto: Peter Cameron
Peter Cameron

Ese anillo en el dedo meñique (coronado por lo que parece, a ojos inexpertos, una gema color rubí) recordaría, en otra mano, al de un batería de un grupo beat. En la suya, sin embargo, es casi un guiño. O una cita sutil a las autoras que ha homenajeado con su última novela: Coral Glynn. Casi a juego con una camiseta granate y sobria, ese complemento tiene más que ver con aristócratas ingleses que sorben una copita de jerez delante de la chimenea de su mansión de la campiña mientras masajean el cráneo de su Clumber Spaniel.

De hecho, Peter Cameron tiene dos perros. Dinah y Ghita son tan peludas y grandes que cuando este autor nacido en un pueblo de Nueva Jersey en el año 1959 se anima a esquilarlas parece que en la habitación se materialice, al menos hasta que barre, un perro más. Esto último no lo explica en la entrevista, ni en sus artículos, sino en uno de los pocos tuits recientes que desvelan algo de su vida personal en su perfil. No le gusta demasiado hablar de él. Su editor español, Luis Solano, quiso apuntalar la traducción española de su anterior novela con una cita célebre de Salinger (su protagonista era una especie de Holden Caulfield en los años del 11S): el responsable de El guardián entre el centeno, que, paradoja, acabó escribiendo en un búnker aislado de todos, decía que amaba los libros cuando podía cerrarlos e imaginar que el autor podría ser su amigo. Si bien Cameron incurre en silencios (de los largos: balas de paja pasando por la sala del Hotel Astoria donde discurre la entrevista) cuando se le pregunta por las conexiones entre su obra y su vida, al lector de Algún día este dolor te será útil le asaltaban las ganas de echarse unas risas con su autor y la necesidad de invitar a una horchata con antidepresivos a ese adolescente rico, lúcido y desnortado, James Svecq, un personaje inolvidable y sublime que validaba aquella cita de Chesterton: “La juventud y la inteligencia en altas dosis conducen siempre al escepticismo”.

Coral Glynn es, en cambio, casi un ejercicio vintage que rescata el tono, la trama y los ambientes de las novelas de autoras como Elizabeth Taylor o, incluso, Muriel Spark; historias que arrancan en la candidez y viran hacia lo perverso y casi gótico. Una enfermera muy pobre entra para cuidar a la matriarca de una adinerada casa de campo inglesa, en la que también vive el heredero, herido cinco años antes en la Segunda Guerra Mundial y con un pasado romántico con un amigo muy especial, que la cortejará. Cartas que no llegan a su lector, traumas sexuales, episodios de perversidad infantil, bisbiseos de provincia y un vestido de lana “con una cremallera y muchos corchetes en la espalda que no lograba alcanzar”. A ella, y al lector, le parece “muy cruel diseñar un vestido cuya propietaria no pudiese abrochárselo sola”.

Ese olfato para lo sutil conecta dos obras tan aparentemente opuestas, de tradiciones tan irreconciliables, firmadas por el autor del anillo y de los mocasines sin borla (sería excesivo) que viste como escribe (con sencillez y ese detalle) y que habla con la contención amable que exhiben sus novelas.

A quien haya leído sus únicas dos novelas publicadas por Libros del Asteroide podría resultarle complicado entender cómo un autor urbano de Manhattan puede tomar una máquina del tiempo literaria y adoptar la voz de una novelista inglesa de mediados del siglo XX que escribe sobre la vida en provincias…

No me gusta escribir el mismo libro una y otra vez….. Creo que de algún modo ese libro ambientado en New York fue una desviación para mí, una excepción, porque no me gusta escribir sobre el sitio de donde soy. Creo que la gracia de una novela suele estribar en escapar hacia algo diferente, en crear un mundo nuevo, en lugar de escribir sobre aquel que realmente conoces.

Crearlo, o, en este caso, intentar recrearlo de forma vívida…

Jamás he escrito una novela histórica, así que cuando empecé tenía algunos reparos. Pero a medida que pensaba en ello caía en que he leído tal cantidad de libros ambientados en la Inglaterra de los 30, 40 y 50, que amo tanto esas historias, que sí lo conocía.

Hay un escritor español (David Trueba) que suele explicar lo que alguien le dijo un día: leemos para vivir más vidas de las que nos corresponde vivir.

Sí, de hecho, muchos de los sitios o ambientes que mejor conozco, y que más vuelven a mi cabeza, los he visitado a través de los libros. Así que sí conozco ese sitio, sí puedo pasearme por ese paisaje y escribirlo, incluso usando el tono de las novelas de su tiempo.

Sin embargo, parece arriesgado no caer en el remake puro y duro. Coral Glynn lo evita explicando cosas que difícilmente podrían ser publicadas en los años 40 o 50. Por ejemplo, la relación homosexual entre Clement y Robert.

Exacto. Por mucho que ame esos libros, siempre pensé que les faltaba algo. Por ejemplo, sí, la cuestión de la homosexualidad. Las vidas existen al margen de que sean visibles, en periódicos o incluso en novelas. Obviamente los gays siempre han existido y me parecía importante que aparecieran en una historia ambientada en esa época…

¿Esta pasión por autoras inglesas viene de tu estancia allí cuando era un niño?

-No, entonces tenía de ocho a diez años; leía literatura infantil… Pero en la universidad empecé a descubrir a esas autoras. Me atrajeron por la elegancia de su estilo y su atención en los pequeños gestos. Estoy interesado en la gente, en los personajes, y creo que eso, tradicionalmente, las mujeres lo han hecho mejor.

¿A qué lo atribuye?

No podían desarrollar una carrera ni expresar ideas políticas, ni siquiera podían mostrarse en sociedad como realmente eran, así que se tenían que centrar en su mundo personal, más íntimo, y en su forma de ver las cosas. Los hombres quizás estaban más interesados en el poder y en cómo posicionarse en la esfera pública. La mirada femenina se ceñía más a lo privado. Y creo que ese es el verdadero terreno de las novelas.

De hecho, hechos tan cruciales como la Segunda Guerra Mundial, en Coral Glynn, o el 11S, en Algún día este dolor, aparecen de forma muy tangencial en sus libros. Como mucho para alumbrar algún rasgo de personalidad.

Es que, como hombre que escribe en EE UU, siento constantemente esa presión de escribir una gran novela que capte el pulso de toda una sociedad o momento histórico. Pero no estoy interesado en eso, ni siquiera sé si soy capaz… Me gustan las cosas más calmadas y pequeñas. Quizás por eso tengo aficiones como editar de forma artesana en casa libros de diez ejemplares…

Parece que quiere insistir más en las peculiaridades de cada persona que en los puntos en común que definen una etapa de una sociedad…

Es que somos mucho más complejos que eso. Evidentemente, a James le afectó el 11S porque su Instituto estaba muy cerca de las Torres Gemelas. Pero estoy convencido de que eso no era lo único que le preocuparía a partir de entonces. Y esa razón de ningún modo podía servir para explicar todo aquello que le pasaba. Hacer eso no sólo creo que no es verdad, sino que además no es interesante. Al menos para mí.

No parece muy interesado en postularse como autor de la última Gran Novela Americana… ¿Le irrita ese debate?

[Cameron aprovecha un ruido de obra en el hotel para pensar unos segundos y procesar de la forma más elegante y menos ofensiva, sin adjetivos peyorativos, lo que va a decir]

No me gustan esas novelas enormes.

Es una cuestión de escala: me gustan las que exploran las vidas de la gente normal y que no tienen esas ambiciones… De ahí, también, el tamaño de mis libros. Además creo que todo ese debate es más una cosa de críticos que piensan en libros en ese tipo de parámetros que a los escritores, o, sobre todo, a los lectores no les interesan.

Hablando de percepciones críticas, la literatura que reivindica en Coral Glynn fue popular, casi folletinesca, pero en muchos casos luego fue abrazada como gran literatura. ¿Es la literatura de consumo actual menos literaria?

En esa época el libro estaba en el centro de la vida. El mundo era, además, un lugar más lento y tranquilo. Así que los lectores tenían más paciencia. Los libros populares eran más literarios de lo que lo son a día de hoy, así que alguien podía tener una carrera como novelista elegante y literario y, al mismo tiempo, vender mucho y llegar a mucha gente. Eso, a día de hoy, sucede menos.

¿Hay peores lectores para obras más malas?

Sí, porque la gente no lee tanto, simplemente. Ni se implica tanto con la lectura. Cosa que no es muy halagüeña para mí, como autor [risas].

Pero usted escribió en sus inicios una novela por entregas en una revista, ¿verdad?

Sí, fue muy raro. Yo escribía sin mucha acción, sólo diálogos, muy estático. El editor pedía movimiento. Yo pensaba que me sería imposible meter asesinatos, secuestros… cosas que jamás habría usado porque me parecían demasiado melodramáticas. Pero aprendí muchísimo.

Una de las bazas de los libros de gran parte de la literatura de folletín (“Quién no ha visto morir a la pequeña Nellie sin llorar de risa”, ironizaba Oscar Wilde sobre la candidez inquebrantable de algunos personajes de Dickens), de quiosco, era que los malos eran malos de la forma más cruel y exhibicionista y los buenos, santos. Sin embargo, una de las cosas que más destaca de su literatura es la capacidad para tratar con compasión y ternura tanto a un adolescente pijo neoyorquino de 2003 como a una enfermera inglesa casi sin techo de los cincuenta…

Me parece inútil escribir sobre un personaje sin empatizar con él. No creo que haya gente tan diabólica, quizás es una cuestión de entender sus motivaciones. Entonces serán patéticos, como mucho.

Quizás incluso los más buenos tengan algo de malo, pero parece cada vez más evidente que hay malos que no tienen nada de bueno…

Sí, claro. Pero en todo caso, a nivel práctico, si quieres escribir bien, tendrás que entender a los peores. No juzgarlos o tratarlos con condescendencia.

Aun así, parece más fácil construir un personaje cuando se parece a ti. Como podría ser el caso de James…

Supongo que sí. Aunque no en todo: mis padres no se divorciaron, ni sufrí mi adolescencia en Nueva York, sino en un pueblo…

¿Ni quería vivir en una biblioteca para siempre? Recuerdo una frase especialmente divertida y también algo triste: “Trabajar en un sitio donde la gente tenía que susurrar y sólo hablaba cuando era necesario. ¡Ojalá el mundo fuera así!”.

Sí, hay mucho de mi yo adolescente en él [risas]. La primera persona, que siempre te permite seducir más al lector, también ayudó. Aun así, es una novela sobre mi juventud que no pude escribir hasta que tenía 40 años.

Todos esos años también le permitieron recrear aquella época con humor. De hecho, parece una primera novela perfecta, quizás porque su autor es alguien que ya había publicado otras cuatro.

Es raro, porque realmente, por temática y tono, podría haber sido mi primer libro. Pero sí, necesitaba distancia para explicar ese personaje, casi debía convertirme en otro personaje. Así que hasta los 40 años no me vi capaz.

Quizás es, de nuevo, la empatía. Hay quien dice que en la crisis de los 40 años los hombres se comportan como críos apenados.

Algo así, pero yo he pensado siempre y continuamente en mi juventud. Fueron unos años muy difíciles para mí, muy intensos.

¿Está de acuerdo con el título de su anterior novela? ¿El dolor siempre es útil a la larga, tanto en la escritura como en la vida? Aquel escritor ruso con barba tan optimista decía aquello de: “Incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después un gran dolor” y otro que siempre aparece junto a él en los libros de texto apuntaba que todas las familias felices son iguales…

Si, ya lo creo. Estoy con lo que dice la abuela de James: estar contento, o ser popular, no te hace ser más interesante. El dolor te obliga a cambiar, te empuja a superar esa situación. A través de ese cambio, te conviertes en alguien diferente, más complejo, más interesante.

¿Todo eso sirve para las novelas, aunque luego se escriban desde un enfoque cómico?

Totalmente.

Antes de encender la grabadora ha comentado lo que le parecían algunas adaptaciones al cine de tus novelas (el único momento en el que su amabilidad y flema ha parecido alterarse un poco para echar mano de adjetivos como “decepcionante”). Para evitar mayores daños, ¿quién querría que dirigiera la adaptación de Coral Glynn?

Es curioso. Pero tengo un amigo, que conoce al productor de Almodóvar, que escuchó que quería dirigir algo en inglés. Él sería perfecto. Tengo entendido que le gusta esa época, entiende esa oscuridad pero también sabe tratarla con humor. Y tiene un mundo visual muy personal que creo que sería perfecto.

¿Y la actriz?

¿Has visto Downton Abbey?

Sí.

¿Cómo se llama la actriz que hace de hermana pequeña?

(Google mental de cinco segundos) No lo recuerdo, pero sí, es maravillosa. Lo hacía muy bien en un capítulo de una serie llamada Black Mirror

Tendré que mirarlo. Porque es fantástica.

Entonces, ¿le gusta Downton Abbey? La segunda temporada es…

Una completa locura. Es que no lo entiendo. Me gustó tantísimo la primera que no puedo entender cómo tomaron tantas decisiones melodramáticas de guión en la siguiente…

Sí, cuando el personaje se levanta de la silla de ruedas…

¡Incomprensible! [carcajada].

Pero esas cosas sucedían en las novelas de folletín. Es algo muy evidente, pero algunos de los potenciales lectores de novelas como las que homenajeas con Coral Glynn están ahora viendo todas esas series…

Sí, y me parece normal. Creo que las series permiten que los personajes puedan hablar con tranquilidad, mucho más que las películas, donde sólo tienes un rato para entender una vida. Aquí dialogan sin prisa…

¿Ha pensado en escribir para televisión?

Debería hacerlo. Creo que los diálogos son mi punto fuerte… Me gustan porque en las series puedes acceder a lo íntimo, a las cosas cotidianas que luego son las más importantes.

Como en las novelas que le gustan…

Exacto. Y como las novelas que escribo y quiero escribir.

Ese anillo en el dedo meñique (coronado por lo que parece, a ojos inexpertos, una gema color rubí) recordaría, en otra mano, al de un batería de un grupo beat. En la suya, sin embargo, es casi un guiño. O una cita sutil a las autoras que ha homenajeado con su última novela: Coral Glynn. Casi a juego con una camiseta granate y sobria, ese complemento tiene más que ver con aristócratas ingleses que sorben una copita de jerez delante de la chimenea de su mansión de la campiña mientras masajean el cráneo de su Clumber Spaniel.

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