EL ESCRITOR HACE PICADILLO LA I GUERRA MUNDIAL

Jean Echenoz se pasa al gore

El escritor francés de referencia no ha sido capaz de olvidarse de la realidad. Ha montado en '14' unas sangrientas memorias de soldados y un gran libro

Foto: El escritor francés Jean Echenoz publica '14' (Anagrama). (EFE)
El escritor francés Jean Echenoz publica '14' (Anagrama). (EFE)

Si fuera un héroe no me gustaría vivir en ninguna de las novelas de Jean Echenoz. No hay peor enemigo de la clase protagonista que un escritor irónico y con recursos. Si como personaje te toca uno de estos, no importa si eres un superdotado o un miserable, si vas a salvar el mundo o padecer las calamidades de un campo de batalla, las consecuencias son siempre las mismas: defenestración de categoría, maltrato personal, explotación laboral, escarnio público, violencia verbal, destierro a un destino irreparable y cruel. Echenoz es un sambenito para cualquier estrella con pretensiones inmortales.   

Veamos su nueva criatura. Se llama Anthime, contable, ha terminado de comer, es sábado y puede holgazanear un poco, decide salir a dar una vuelta en bici. En ese momento, su proyecto es “aprovechar el espléndido sol de agosto, hacer un poco de ejercicio, respirar el aire del campo y seguramente leer tumbado en la hierba”. Desde la colina a la que ha llegado, en la Vendée, puede ver varios pueblos, intuir el océano invisible pero presente. Una visión perfecta que se prolonga dos páginas. Es el mayor atisbo de felicidad que le permite antes de escuchar el repicar de las campanas de las iglesias de esos tranquilos pueblos que tocan a rebato. Adiós a la paz.

Así es como ocurre. Un día cualquiera, un don nadie se encuentra de bruces con una guerra mundial. Y a los pocos capítulos, en unas pocas páginas, Anthime ya vive otro episodio de furibunda ironía a la que le arroja su autor, en un vagón atestado y convertido en sauna gracias al calor de agosto y a la locomotora: “Tampoco estuvo nada mal el viaje en el tren, salvo en lo tocante a la comodidad. Sentados en el suelo, devoraron las provisiones, cantaron todas las canciones posibles, abuchearon a Guillermo y bebieron una respetable cantidad de copas. En la veintena de estaciones en las que se detuvo el convoy, no les dejaron apearse para echar una ojeada a las poblaciones pero al menos, por las ventanillas con los vidrios bajados que dejaban entrar un aire muy caliente, casi sólido y salpicado de carbonilla, vieron aeroplanos”.

La realidad, la condena

Lo más curioso es que la nueva novela del magnífico escritor Jean Echenoz es una casualidad. 14, así se titula en honor a la fecha en la que arranca la Primera Guerra Mundial, es el resultado del nuevo encontronazo de un escritor condenado a la realidad. Amante de los hechos, los documentos, los archivos, las fotografías, las cartas manuscritas, grabaciones hace dos años llegó a su poder la vida y papeles de uno de aquellos cientos de miles de personas convertidas en soldados convertidos en muertos, que se encargó de transformar en personaje.

Él mismo reconocía en una entrevista a este periódico hace algunos meses, que no quería. Estaba algo harto de la realidad después de recrear la vida de tres grandes figuras fracasadas de la historia de la humanidad: la del músico Ravel, el corredor Emil Zátopek y el ingeniero Nikola Tesla. “Los mismos temas siempre vuelven a aparecer”, dice Echenoz. “Volvemos a caer en los mismos temas una y otra vez. El autor está condenado a ello, es desesperante”. Nadie diría que mientras escribía este libro llegó a desesperarse o a aburrirse, porque es probablemente el libro más irrespetuoso con las reglas, el estilo, lo correcto, lo previsible... El resultado es un breve pasatiempo ágil y temerario.  

La mugre y las baratijas, la suciedad y los objetos. Echenoz se aferra a ellos para mancharnos y vomitarnos encimaJean Echenoz otorga humanidad a objetos y a fenómenos. Pero ahora, en un ejercicio extremo de realismo sobre la cacharrería descompuesta que hace de la novela carne. El color de 14 son los aperos de la guerra, del calzado a las armas. El libro, que Anagrama publicará el próximo 11 de septiembre, pasa del color al olor de la batalla con una recreación en el picadillo, que podríamos definir como gore, y que el propio escritor –narrador sentenciado a la tercera persona para inmiscuirse en la lectura- ya advierte que “todo esto se ha escrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera”. Y a renglón seguido se detiene, se recrea y se dilata.

Guerra sucia, novela sucia

“Los soldados se aferran a su fusil y a su machete, cuyo metal oxidado, empañado, oscurecido por los gases, apenas reluce ya bajo el fulgor helado de las bengalas, en un ambiente corrompido por los caballos descompuestos, la putrefacción de los hombres caídos y, en la zona donde están los que se mantienen más o menos derechos en medio del lodo, el olor de sus orines de su mierda de su sudor, de su mugre y de sus vómitos, por no hablar de esos pegajosos efluvios a rancio, a moho, a viejo, cuando en principio están en el frente y se hallan al aire libre”, se deleita Echenoz.

Si mueren hombres en la guerra es por la falta de higiene. Lo que mata no son las balas, es la falta de aseo lo que acaba con las tropas. La mugre y las baratijas, la suciedad y los objetos. Echenoz se aferra a ellos para mancharnos y vomitarnos encima, para agarrarnos y menearnos de lado a lado de la batalla, entre los cuerpos, los pedazos de cuerpos y la sangre sobre lodazales. “De modo que lávense, aféitense, péinense y nada tienen que temer”, suelta el capitán Vayseière –un joven enclenque con monóculo, imagínense la escena- a sus soldados. Una vez más, la inmisericorde ironía de un demiurgo con mala baba.

Echenoz es un especialista en resucitar muertos para que vuelvan a contarnos sus calamidades.Una de las escenas más hilarantes y dramáticas –la versión francesa de un sketch Monty Python-, en medio de las escaramuzas, el cansancio y el barro, se detiene en la orquesta que animaba el enfrentamiento, a pesar de todo: “Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos”…

Metralla narrativa

14 se compone de este tipo de metrallas que recrean un terrible mosaico, en el que aparece la imagen de una guerra como una gran improvisación tecnológica. Así es como Echenoz desacraliza todo lo que toca, desde el hecho histórico hasta la labor del novelista. Es un testigo ausente que se atreve a hacer del incómodo casco de los soldados franceses –generador de migrañas- una espontánea sartén o un sencillo cazo o un plato sopero de reserva.

Menos de cien páginas en las que huele a cerrado, a cadáveres putrefactos colgando de las alambradas de púas, donde el absurdo extiende crédito a la verdad. “Los ilesos se incorporaron más o menos salpicados de fragmentos de carne militar, colgajos terrosos que ya les arrancaban disputándoselos las ratas, entre los restos de cuerpos diseminados, una cabeza sin mandíbula inferior, una mano con su alianza, un pie solo en su bota, un ojo”. A Echenoz no le interesan los movimientos tácticos, ni los grandes generales, ni vivir la experiencia, él es un especialista en resucitar muertos para que vuelvan a contarnos sus calamidades.

No es 14 un libro de historia. No. 14 no es una ficción. No. Son unas memorias anónimas con hilo novelesco. Pero ojo, prohibido encariñarse con alguno de los personajes.   

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