IMBER, EN REINO UNIDO, FUE TOMADO POR EL EJÉRCITO EN 1943 Y SIGUE EN SUS MANOS

El pueblo confiscado por el Ejército

El pueblo de Imber, en Reino Unido, fue evacuado por el Ejército británico durante la II Guerra Mundial y sigue hoy día en manos de los militares

Foto:  La iglesia anglicana de San Gil (Sy Giles) en Imber. (MICHAEL BYRNE)
La iglesia anglicana de San Gil (Sy Giles) en Imber. (MICHAEL BYRNE)

El campanario de la iglesia de San Gil asoma, entre árboles, en una ladera de las colinas de Salisbury Plain, a 31 kilómetros del monumental Stonehenge. Es la primera visión de Imber, un aislado pueblo del condado de Wiltshire, en Reino Unido, que cayó bajo control del ministerio de Defensa británico hace 70 años. Los residentes desalojaron sus casas y sus granjas creyendo que regresarían al final de la Segunda Guerra Mundial, pero fue una evacuación sin retorno. Jamás recuperaron las viviendas y solo pueden visitar la Iglesia y atender las tumbas de sus antepasados en días contados. El resto del tiempo Imber sirve para adiestrar tropas en ofensivas urbanas.

Los Beatles merodearon por el altiplano de Salisbury en mayo de 1965. Estuvieron tres días filmando las secuencias de Help! que acompañan los temas I Need You y The Night Before. En fotografías promocionales de la película posan rodeados de soldados y con tanques a corta distancia. Los secundarios eran reales. Aquí se localiza la base de entrenamiento militar más grande de Reino Unido. Cubre 38.000 hectáreas de terreno silvestre de caliza, ondulado por suaves colinas y salpicado con áreas protegidas por su excepcional interés arqueológico y ecológico. 

Imber se ubica en el centro de este dominio militar. “Si no fuera por la Iglesia no estaríamos hoy en el pueblo”, resalta Neil Skelton, guardián del templo anglicano. También debido al tesón de las familias evacuadas, sus vecinos y concejales de la región, que han peleado por devolver Imber a la vida civil. “El Ejército les dio un plazo de seis semanas para evacuar. Fue injusto y muy doloroso”, recuerda William Titt, de 98 años. Él tuvo suerte. Vivía entonces en una aldea a unos 10 kilómetros de distancia que escapó a la orden de desalojo. “En esa campa jugábamos a criquet. Vengo por respeto a mis viejos amigos y como gesto de desafío”, dice con rabia contenida frente a la verja de San Gil.

Tras años de protestas e incursiones al pueblo perdido, el Gobierno accedió a abrir una investigación pública a finales de 1961. El resultado fue favorable al Ejército, que retuvo Imber como escenario de maniobras militares y sólo se comprometió a permitir el libre acceso por los caminos de Salisbury Plain un máximo de 50 días al año. “El ministerio de Defensa dijo que no iba a devolver el pueblo pero que, en consuelo, abriría al público las cuatro carreteras que conducen a Imber en ciertas ocasiones. Desde entonces recalcan que su compromiso es de hasta 50 días y nunca nos garantizan más de 30 al año”, explica Skelton mientras sirve tazas de té y café en la iglesia.

Un tanque del Ejército británico en Imber. (MICHAEL BYRNE)
Un tanque del Ejército británico en Imber. (MICHAEL BYRNE)

Imber es un lugar fantasmagórico. Quedan en pie cuatro o cinco solares originales, incluidos el pub y la casona señorial, que se distinguen por sus deterioradas fachadas de ladrillo rojo. Una vivienda conserva incluso el año en que la habitaron sus primeros inquilinos: 1880. A todos los edificios les faltan ventanas y puertas, que habrán caído en alguna maniobra con fuego real.

También hay una veintena de extrañas casas a lo largo de la calle principal y en torno a la antigua plaza de una aldea que hasta la llegada de los militares subsistía con el cultivo del maíz y los rebaños de ovejas. De reciente y rápida construcción, estas estructuras residenciales no sirven de cobijo sino para jugar a la guerra. Tienen dos plantas conectadas por escaleras de obra, tejado en aluminio verde o granate y paredes de hormigón con huecos abiertos, aunque sin cristales ni puertas exteriores. El acceso a su interior está tajantemente prohibido. “Peligro. Restos de explosivos militares sin explotar. No salgan de la calzada”, advierten decenas de señales.

MICHAEL BYRN
MICHAEL BYRN

San Gil escapó a los tanques y proyectiles. Durante la evacuación, los muros exteriores se protegieron con tableros y se levantó una verja rodeando el campo santo. Aún cuelgan letreros que advierten a las tropas que el recinto queda “fuera de su objetivo”. La Iglesia de Inglaterra pronto encontró nuevas moradas para los banquillos, la pila bautismal, el púlpito y otras reliquias del templo mientras el Ejército aceptó mantenerlo en un “estado tolerable de reparación”, según recuerda su voluntario guardián. El esfuerzo de un sacerdote local hizo posible además reunir a los evacuados en un servicio anual religioso dedicado a este santo patrón de los mendigos y discapacitados.

“Es un buen ejemplo de parroquia medieval, con importantes pinturas de los siglos XIII y XV en los muros y los arcos. La nave central data del XIII y un siglo después se añadieron las naves laterales, el porche y la torre del campanario”, explica Skelton. Entre los murales sorprende una tabla de números pintados en rojo brillante. Son las reglas del tañido de las cinco campanas de la torre. “Es una tabla única en Inglaterra”, observa.

Algunos de los frescos en la iglesia de Sy Gil de Imber. (MICHAEL BYRNE)
Algunos de los frescos en la iglesia de Sy Gil de Imber. (MICHAEL BYRNE)

Las peculiaridades artísticas han salvado a San Gil del derrumbe que sufrió una capilla baptista donde oraba un sector de la población de Imber hasta 1943. La Iglesia de Inglaterra quiso deshacerse de su templo medieval e inició el proceso de desacralización en 2002. Pero ese año, English Heritage concedió a la parroquia el máximo grado de protección en una reevaluación del interés histórico y arquitectónico del patrimonio eclesiástico. En la misma revisión, siete lápidas y monumentos del exterior fueron certificados con un segundo nivel en importancia nacional. 

  El certificado de protección forzó la restauración de San Gil, en 2005, a un coste de 300.000 libras (unos 360.000 euros). Sus puertas se abren desde entonces la mayoría de las 30 jornadas al año en que el Ejército permite la circulación del público por las carreteras de Salisbury Plain que desembocan en Imber. “Me parte el corazón, pero seguiré viniendo hasta que me muera”, resalta el nonagenario Titt. 

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