VARIOS LIBROS REPASAN LAS HAZAÑAS DE ESTA EVOLUCIÓN LÚDICA DE LOS HIPPIES

La fiesta de los yippies (y la resaca hipster)

Acuarela & A. Machado edita en castellano 'Yippie! Una pasada de revolución', de Abbie Hoffman, sobre esta evolución lúdica y avanzada de los hippies

“Do you have a movement? / Yeah, it’s called dancing”. Abbie Hoffman, 1968.

“Hacer el tonto es la búsqueda sin cesar de una vida libre de arrepentimientos. Lo inteligente puede tener el cerebro… pero lo estúpido tiene pelotas. Lo inteligente puede reconocer las cosas por lo que son. Lo estúpido ve las cosas como deberían ser. Lo inteligente critica, lo estúpido crea”. Campaña de Diesel Be Stupid, 2010.

1. Juego de conexiones

“Do it!”, Jerry Rubin.

“Just do it!”, Nike.

En 1972, sólo un año largo después de que Jerry Rubin, líder yippie y uno de los activistas más carismáticos y ocurrentes de la contracultura, publicara su libro Do it!, nacía la marca Nike. Traducido hace tres años al español por la editorial Blackie Books, que lo relanzará en breve, quería ser el manifiesto, y al mismo tiempo la crónica de las cuitas, de un movimiento de hijos de Marx y la Coca-cola que había sabido colocar el espectáculo en el centro de su discurso y usar a los mass media para filtrar su mensaje. We are not leaders, we are cheerleaders, solían decir.

El 1 de julio de 1988 la firma de ropa deportiva lanzaba su campaña más exitosa con el lema Just do it! En uno de sus primeros anuncios, el gancho se cocinaba con otras expresiones: “just kick it, just zap it, just flip it, just smash it, just rock it, just face it”. La retórica de esa nueva libertad a través de la marca, un lenguaje preñado de impulso y flechas, ya había sido analizada tres décadas antes en El negro blanco, de 1957, por Norman Mailer: “El énfasis está puesto en la energía dado que el psicópata y el hipster no son nada sin ella (…) El lenguaje del hipster es enérgico, cómo hallar y cómo no perder la energía (...) beat, cool, swing, with it, crazy, dig, flip, creep, hip, square”.


Curiosamente, Dan Wieden, creador de la campaña de Nike, admitió que su eslogan estaba inspirado en uno de esos antihéroes tan novelescos de la historia estadounidense: Gary Gilmore, un condenado a muerte por doble asesinato cuyo más profundo retrato firmó el propio Mailer en La Canción del Verdugo: “Procedamos (“Just do it”). Eso fue todo (…) Ni un temblor ni un quiebro en la voz”. Fue la frase que dijo justo antes de que lo frieran en la tierra del sueño americano (o de la pesadilla amerikana, según los yippies). Mailer, por otro lado, participó (y dejó constancia en biblias de la no-ficción como Los ejércitos de la noche) en marchas como la de Washington en el 67 espoleadas por esos hippies majaras y brillantes.

El juego de conexiones puede ser infinito. Apenas unos meses después del ajusticiamiento de Gilmore en enero de 1977, Jerry Rubin compraba unas tempranas acciones en la compañía Apple que lo harían multimillonario. Y ocho meses después del estreno de la campaña de Nike, Abbie Hoffman aparecía muerto tras atiborrarse de pastillas de Fenobarbital.

Durante esa década, la de los ochenta, los dos líderes del movimiento yippie se habían embarcado en una gira de debates con el título de “Yippies vs. Yuppies”, el gran choque generacional, que había acabado con su amistad y había mancillado el mensaje.

Ésta es sólo una de las rutas de coincidencias especulares, la que ha podido trazar el que esto firma, para rastrear cómo “el lenguaje de la contracultura de una generación puede convertirse en la plantilla comercial de la siguiente”, como apunta Thomas Frank en La conquista de lo cool (Alpha Decay). Pero esta vampirización comercial del lenguaje yippie no ha hecho sino aumentar en la época del marketing viral, aunque a menudo ha inspirado otras gestas más cercanas a su primer impulso.

Quizás por esa razón, entre muchas otras, sean tan pertinentes reediciones como la de Yippie! Una pasada de revolución, firmado por Abbie Hoffman con el seudónimo Free en 1968, prologado ahora magistralmente por Amador Fernández-Savater, o la que está por venir de Do it!.

2. ¿Pero qué es un yippie?

“Yippie-kai-yay, hijo de puta”. Bruce Willis en La jungla de cristal.

“¿Qué hay de nuevo, viejo?”. Bugs Bunny.

En un principio, fue el ritmo y, con él, “Yippie!”. Resulta sintomático que la onomatopeya que da nombre a esta (des)organización no derive de las siglas de un partido o fundación. Primero fue esa exclamación del gozo por la política y de la política del gozo y sólo más tarde la racionalizaron: Youth International Party.

Aquello sucedió a finales de 1967 y ya entonces Hoffman explicaba no sólo que la vida debía vivirse como si fuera una película, sino que la vida debería tener “los rasgos de una película de acción”: ritmo, involucración en la trama, cero distancia, intriga por qué pasará, incluso suspensión de verosimilitud.

Estados Unidos se ha construido en base a mitos antisistema, del pistolero Bill Hickok al hiphopero Tupac Shakur, pasando por el asaltador de bancos John Dillinger o por su encarnación carismática en el cine: James Cagney (el público los confundía, ante un desquiciado John Edgar Hoover). El mito como rol que preserva el relato de la rebeldía y que genera empatía en el resto de la sociedad. Eso fueron, también, los yippies.

Yippie es un collage de todas las revoluciones bailables, pero también de cómo éstas pueden emplear las armas del sistema. Es una postura cercana, por ejemplo, a la de grupos surrealistas como el de Chicago: “Hegel hablaba de la desintegración constante de las relaciones sociales existentes por la acción del humor, y parece evidente que es en la actividad de este eterno ladrón de zanahorias del jardín de Elmer Fudd donde tal desintegración alcanza un exceso subversivo (…) ¡Bugsbunnyzar el mundo!” (en ¿Qué hay de nuevo, viejo?, editado por Pepitas de Calabaza). Sin embargo, esa visión surgió algo alejada de la de otros grupos como los Diggers de San Francisco, más suspicaces y reticentes a la difusión masiva de un mensaje que otros siempre podrán pervertir.

Hoffman, Rubin y compañía sabían beber tanto de McLuhan (se infiltraron en la televisión) como de Warhol (hay que influir en la cultura pop o acabarás solo) o de Marcuse (el control incluso del tiempo de ocio). En el arranque de Yippie!: una pasada de revolución (el título original es Revolution for the hell of it; es decir, porque sí, por ella misma, “por el placer de liarla”), el autor no entiende cómo en los Cayos de la Florida, equidistantes entre La Habana y Miami, Radio Habana sólo emitía música malísima. “¿Por qué no pondrán a Country Joe and the Fish o a los Beatles? Eso sí que sería una buena propaganda. Parece que quieran convertir a todos los jubilados que se pasean en bermudas”.

Los yippies sí lo hicieron, con bandas como MC5 y The Fugs y con cantautores como Phil Ochs, incluso con presencia televisiva en horario de máxima audiencia. Sabían, una certeza que compartían con otros revolucionarios coloristas como los tropicalistas, que los cuerpos son más peligrosos que las palabras. Un ejemplo: Hoffman en 1968 en un show nocturno con el torso convertido en una mancha azul porque se había puesto una camisa hecha a partir de la bandera americana. La censuraron, pero ese veto no hizo sino aumentar el share.

Los yippies consideraban al polémico cómico judío Lenny Bruce como su gurú y cuando sonaba la palabra "marxista" se estaban refiriendo también a Groucho y a sus hermanos. Los hippies se habían arrellanado en el sofá de la adaptación de las ideas más autocomplacientes de los trascendentalistas (el regreso a la naturaleza, la más clara), mientras que ellos buscaban una acción urbana y directa, aquí y ahora. Estaban más cerca del uso de las flores que defendía alguien como William Burroughs: “La única manera en que me gustaría darle una flor a un policía es metida en una maceta y lanzada desde una terraza bien alta”.

Amantes del teatro sin platea de Artaud y de la imagen como símbolo que quedará grabado a fuego, se hicieron visibles ya en 1967 con acciones como el intento de hacer levitar el Pentágono después de la manifestación antiguerra de 1967 (la de Los ejércitos de la noche). Los yippies podían convocar una acción tan absurda como ésa, para luego visibilizar la represión policial. No fue la única. En la Convención Demócrata de 1968, organizaron un Festival of Life en el que corrieron el bulo de que iban a introducir LSD en las cañerías de Chicago y quisieron promover como candidato a un cerdito llamado Pigasus (Pig, cerdo, como llamaban a los policías y como los dibujaría Robert Crumb, conectadísimo con toda la corriente de prensa libre y underground, en muchos de sus tebeos). “La democracia en Amerika es un chiste. Ni siquiera le dejan pronunciar un discurso”, lamentó Rubin.

En 1970, por ejemplo, invadieron Disneylandia para protestar contra el código de valores de ese reino de la magia y los sueños y contra la complicidad de esa corporación con la Guerra de Vietnam. Repartieron 500 flyers con su propaganda donde se daba un programa de actos: desayuno con los Panteras Negras, encuentro subversivo en el bote del capitán Garfio, curso de autodefensa, barbacoa en la zona Mickey y Liberación Oficial de la Isla de Tom Sawyer, donde fumaron como locomotoras, amenazaron con dirigirse a Camboya y se pelearon con los asistentes más puritanos, que se defendieron entonando God Bless America. ¿El logro? Infinidad de cámaras de televisión acudieron y ese recinto donde todo debe estar al margen de la realidad cerró, por primera vez, cinco horas antes de lo previsto.

Hoffman, además, lanzó tomos como Steal This Book (Roba este libro; paradójicamente, aún es un éxito de ventas), para sintetizar de algún modo en un manual de supervivencia urbana la apuesta por la cultura de la gratuidad. Allí explicaba trucos como cambiar dinero por monedas con menos valor (y tamaño similar) de otros países que abarataban las largas charlas en las cabinas, colocar una mosca de plástico en el segundo plato para poder comer gratis el primero o llamar al repartidor de pizza y darle la dirección errónea para afanarse el resto del pedido que ha dejado en la moto mientras él busca al cliente inexistente. También listaba contactos de organizaciones autogestionadas. Algunas de esas tácticas de guerrilla ahora pueden sonar absurdas, pero que no lo eran entonces (o absurdas sí, pero también útiles).

Sus acciones crearon escuela: las feministas centraron sus esfuerzos en visibilizarse mediante el sabotaje de Miss America del 68, donde propusieron a una oveja como candidata. Tanto ellas como los yippies consiguieron, en definitiva, popularizar los postulados que había promulgado André Breton mucho antes: “La guerrilla surrealista contra la opresión avanza sobre un terreno poético firme a la vez que hace hincapié en la libertad de lo maravilloso, en el erotismo y en el humor”.

Al menos hasta que las cosas se pusieron feas. Entre los muchos hechos que pudieron apuntalar la muerte del hippismo, de los asesinatos en Cielo Drive de la Familia Manson a los muertos en el concierto de los Stones en Altamont, pasando por las imágenes de la masacre en My Lai o a la represión en las protestas en Berkeley, el juicio a los yippies ocupa un lugar de (dudoso) honor.  En septiembre de 1969 se quiso iniciar un proceso de ajusticiamiento de toda la contracultura, para lo que se citó a una especie de anuncio de Benetton de los movimientos antisistema. Entre los ocho juzgados estaban, evidentemente, Rubin y Hoffman, pero también gente con la que habían colaborado en programas de alimentación como Bobby Sale, líder de los Black Panthers, cuando estos ya habían calado en todo tipo de círculos (los querían como mascotas los progres neoyorquinos en sus salones, como retrata Tom Wolfe en La izquierda exquisita, y los atletas afroamericanos ya habían levantado su puño enguantado en los podios de las Olimpiadas de México). En ese simulacro de la justicia declararon Phil Ochs, Norman Mailer, Timothy Leary y Jesse Jackson. El juez Hoffman condenó a los dos yippies más populares a cinco años de cárcel, pero ellos habían aprovechado el proceso para visibilizar su lucha. Un día Abbie se choteaba del juez tratándolo como si fuera un familiar descastado y al otro aparecían vestidos con togas judiciales en la sala del juicio para luego sacárselas y mostrar uniformes de policía. Parte de la sociedad, que siguió el proceso por la televisión, simpatizó con ellos más que con los representantes de la ley.


Sin embargo, cuando reaparecieron en las campañas electorales de 1972 apoyando a McGovern como candidato a las elecciones para frenar la elección de Nixon, la generación de los yippies jóvenes les pasó por encima. “No somos McGovernables”, decían. Ahí se apagó, de algún modo, su estrella: el apoyo de los suyos pero también de un público masivo que antes los adoraba. El sistema los deglutió, pero ahora los devolvía. Rubin, como cantaban The Who en My generation (“espero morir antes de hacerme viejo”), había dicho en su día que “no podías confiar en nadie mayor de 30 años”.  

3. ¿Qué fue de los yippies?

“La condescendencia con el error hiede tanto como el error (…) El Kerouac que interesa a Goffman, pues, es el amable y manejable icono beat, no el hombre que se desmorona en casa de su madre. Pero el Kerouac beat atañe a lo espectacular, y el Kerouac repugnante atañe a la condición humana. Y lo espectacular, a su vez, atañe a la tiranía, mientras que el interés por la condición humana atañe a la libertad”. Francisco Casavella en Voltaire era punk, quedan avisados (incluido en Elevación, elegancia y entusiasmo).

Del mismo modo que no se puede culpar a Hendrix de todos los imitadores nefastos que se dedican a torturarnos con solos de guitarra de 15 minutos, no se debería juzgar a todo un movimiento por los hijos que haya engendrado ni por los errores que cometiera en su contexto analizados a toro pasado.

Las derivas de Hoffman y Rubin siguieron corrientes opuestas, pero, para la posteridad más condescendiente, estuvieron empapadas de un patetismo paralelo. Rubin se vio, ya treintañero, denostado por sus propios seguidores y abandonado por su mujer. Lo invadió la certeza de que se habían aprovechado de su energía y de que, de tanto mirar por el resto, no se había cuidado a él mismo. Se inició, con la misma obstinación que se impuso para su antiguo activismo, en los caminos de la autoayuda. Derruida para él la utopía del “nosotros”, se centró en la suya. Escribió un libro sobre su nueva andadura y en 1976, declaró: “He matado a Rubin para ser yo”. Luego, ya es conocido, se convirtió en empresario de éxito y ahí la vid ya estaba abonada para sacarse de la manga la idea del “socialismo del yo” (que no dejaba de ser el capitalismo). Su excompañero, Hoffman, se empecinó en no destruir la imagen espectacular que había proyectado durante años, así que se fue marchitando poco a poco. Se implicó en nuevos proyectos, pero pronto descubrió que era maníaco-depresivo. Incluso se dijo que se había hecho la cirugía estética y se convirtió en una reliquia que no entendía haber perdido su magnetismo. Unos años después, en 1989, se suicidaba. “La única cosa privada que haría en su vida adulta”, según más de uno.

Las dos escuelas hallan ejemplos en la actualidad.

La idea de que el sistema ha capitalizado todas las buenas ideas surgidas del subsuelo queda validada mediante subculturas actuales como la hipster, que poco tiene que ver con la que había estudiado Mailer. Apple, la compañía que impulsó Rubin, sería el mejor ejemplo de toda una tendencia: patrocinio cultural (desde grandes festivales hasta certámenes micro) , diferenciación y estatus según la marca elegida (“rebeldía consumista”, como se define en el libro de ensayos ¿Qué fue lo hipster?, editado por Alpha Decay), y apropiación incluso de la retórica y las palabras que denotarían cierta incomodidad o cabreo (ese mismo tomo apunta a cabeceras como Vice o al uso en publicidad de las bandas en teoría independientes. Pero existen ejemplos cercanos aún menos disimulados: “Esta es nuestra revolución”, de Orange o las asambleas post-15M de Movistar).


            Si Hoffman dijo en su día que se sentía más cerca de las octavillas que de los libros (según él, éstos siempre llegan tarde porque el presente debe cambiar de un segundo a otro), internet ha apretado su utopía hasta que se ha pasado de rosca y, a veces, se ha convertido en distopía. La gratuidad plantea para algunos más problemas que soluciones y el teatro de guerrilla de los yippies, en el que todo el mundo participaba, es similar, en algunos casos, a las flash mobs de marcas. Y, por poner un ejemplo de lo más elocuente, a campañas como la de Diesel en 2010: 


Pero, si bien algunos quieren ver los sesenta como un cambio meramente estético y como un laboratorio de ideas después capitalizadas por el sistema (algo así como una década que sirve como paisaje de Mad Men, con la contracultura como subtrama amable), los yippies auspiciaron ideas que luego recuperarían otros movimientos, desde el punk hasta los antiglobalización.

La prensa alternativa, la okupación (o los edificios autogestionados como centros culturales), la autoedición (Underground Press Syndicate) y la filosofía del Hágalo Usted Mismo, la liberación sexual y el uso de los medios de comunicación son fácilmente un buen contrargumento a los que lamentan la izquierda exquisita o el capitalismo hip (con mutaciones recientes como los yupster, hipsters yuppies).

Como explica en primera persona Leónidas Martín en el epílogo de la edición de Acuarela & A. Machado, el fantasma (o el bufón cabreado) yippie se presentó en Dinero Gratis, en V de Vivienda, en el 15M. Acciones como la de la Bolsa de Barcelona en 2001 por la cumbre del FMI (gente haciéndose fotografías con una bolsa en la cabeza para atraer a los medios, entre otras imágenes) recuerdan a aquella otra de los yippies, cuando tiraron monedas y billetes falsos en las escaleras de la de Nueva York para ver cómo los brokers perdían los papeles agachándose. Un movimiento como Yo Mango se podría conectar fácilmente con un título como Steal This Book y por cada flash mob organizada por una marca, hay una convocatoria de algún grupo a la contra, como esa en la que se batió el récord de gente gritando “No voy a tener una casa en la puta vida”. Muchos apuestan por los contenidos liberados y libres y los juegos de palabras de los yippies, por otro lado, son constantes en esa construcción colectiva de la realidad a través del humor que podría ser (y a veces es) Twitter. Una táctica como la distribución de pegatinas de Stop Desahucios encartadas en la revista Pronto podría haber sido impulsada por Hoffman, si este estuviera vivo en 2013 y entendiera que todo movimiento, incluso el baile, debe ser ahora todavía más inclusivo y transgeneracional.


Quizá, como sucedía en el primer capítulo de la serie Black Mirror, el sistema haya logrado empalar a Pigasus, el cerdito que los yippies quisieron presentar en su día como candidato, pero en esa ficción el primer ministro que se veía obligado a hacerlo quedaba en evidencia y la acción reducía al absurdo toda una forma de actuar y llamaba la atención de los medios de comunicación. También alimentaba los chistes, el desapego y el enfado de los que lo habían votado.

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