UNA AVALANCHA DE OPOSITORES SE EXAMINA POR UNA DE LAS ONCE PLAZAS DE BEDEL

El Prado, 19.000 candidatos y un milagro

España es un país de paradojas que tiende al absurdo cuando se le ahoga. Marcos está en el borde los cuarenta años y lleva dos en

Foto: El Prado, 19.000 candidatos y un milagro
El Prado, 19.000 candidatos y un milagro

España es un país de paradojas que tiende al absurdo cuando se le ahoga. Marcos está en el borde los cuarenta años y lleva dos en el paro. Bueno, no exactamente. Cubre plazas temporales que van apareciendo y desapareciendo. Él se considera en el paro. Hace quince años que finalizó sus estudios universitarios. Es historiador del arte. Este domingo ha vuelto después de todos esos años a su facultad: es una de las 18.524 personas que se presentan a las once plazas para auxiliar de servicios generales del Museo Nacional del Prado. Es decir, vigilante de una de las salas de la pinacoteca.

Cualquiera diría que la maquinaria laboral funciona a la perfección en este país: una facultad como esta, la de Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, prepara universitarios de lunes a viernes, durante varios años, y los sábados examina para darles trabajo. La rotación parece perfecta. Según acaban sus estudios como historiadores del arte, tienen posibilidades. Evidentemente, es un espejismo que refleja las verdaderas carencias de este país en estos momentos. Muchos estudiantes vuelven, como Marcos, a la universidad, pero esta vez lo hacen con niños y carritos de bebés. A la desesperada.

Las condiciones del puesto son un buen reclamo: un sueldo base de 13.019 euros al año, en 14 pagas, con posibilidad de crecer a más de 700 euros en complementos

No es la primera vez que Marcos se presenta a una oposición, aunque esta es la que más se parece a lo que estudió aquellos cinco años. No es el único que repite. La mayoría de los convocados en esta facultad ya han probado suerte en otras. Desde personal subalterno a pinches de instituciones sanitarias y auxiliares de hostelería, pasando por bibliotecas y archivos. No importa. Currículos y oposiciones, las esperanzas del parado español. Carne de Bonoloto.   

Ahí está David, arqueólogo, que tuvo que cerrar su empresa hace dos años. Se dedicaba a la prevención arqueológica. Ya no es necesario. Ahora hay nuevas leyes que excusan a las empresas constructoras de tener que mirar por el patrimonio soterrado. La pala manda: un arqueólogo es una molestia que puede parar las obras si encuentra restos de civilizaciones que no van a sacar a este país de la deuda. Así que ahora toca reciclarse y “trabajar de lo que sea”. En las últimas oposiciones en las que estuvo coincidió con una historiadora del arte y doctora en pintura holandesa del siglo XVII. Era difícil porque también había pocas plazas para entrar a trabajar como personal laboral de Correos y mucha gente aspiraba a ellas.

Tan caro el examen como el sueldo de los contratados

Pero tanta como la oposición de este domingo no ha visto nunca. Casi 19.000 personas en busca de trabajo, repartidas en ocho facultades y escuelas del campus de Moncloa, cerca de 60 aulas contratadas, además de los colaboradores para la vigilancia de los exámenes y su distribución en ellas. Un despliegue que al museo le va a costar tanto como el sueldo anual de los once contratos, tal y como ha podido saber este periódico. Es decir, casi 150.000 euros.  

La oleada de candidatos obligó al Prado -además de buscar espacio fuera de sus instalaciones- a pedir ayuda al Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) para encomendarles la gestión de la realización de las pruebas selectivas. Además de las once plazas fijas, se abre una lista para 400 plazas temporales, que cubren las exposiciones transitorias del museo. La bolsa de estos puestos mengua cuando el vigilante temporal encuentra otro trabajo y no garantiza que se vaya a trabajar en ningún caso. Es más un “nos quedamos con tu teléfono”, “ya te llamamos si eso”, “hay que esperar a que alguien esté de baja”.

Este edificio es una gran caja de cerillas –es la referencia popular- de ladrillo rojo, como un enjambre de aulas repartidas por aquí y por allá, en algunos semisótanos, en las esquinas, a la vuelta de los ascensores, en rellanos a los que se accede por escaleras imposibles, un laberinto irresoluble propio del mismísimo Escher.

Una bandera española sucia preside la entrada, y las pintadas de la fachada anuncian territorio comanche: “CNT, AIT y una anarquía”. Más mensajes tiernos de recibimiento: “Salario, cárceles, policía, autoridad… ¡Recupera tu vida!”. “En democracia tú decides: explotación o miseria”. Maldita sea la ironía que convierte la ira juvenil que reclama utopía en aguas fecales que obtiene de un Estado ruinoso. De aquí salen algunos de los historiadores del arte dispuestos a dedicarse a la conservación y divulgación del patrimonio, a ella vuelven para pelearse por una plaza para mandar silencio o no tocar en una sala del Prado.

En la puerta controlan el paso los bedeles habituales entre semana. Dos de ellos llevan más de 30 años en su puesto. “Dolcefareniente”, reconoce uno. Compensa hacer horas extras. El tercero es mucho más joven y en diciembre, cuando se convocaron las plazas al Prado, también fue a presentar su solicitud. Eran momentos en los que parecía que arrasarían con los puestos como el suyo en la Universidad. Este domingo ha decidido no presentarse, parece que las aguas en su casa bajan más tranquilas. Otro espejismo.

La cafetería está abierta. Las paredes son del mismo color ajado que el de las de las clases y algo más alegre que el de los uniformes grises con los que todavía visten a estos ordenanzas repartidos por los pasillos. El mobiliario de este viejo navío a la deriva tiene tantos años como sus trajes. Pero algo ha cambiado este domingo. Para empezar, la edad. Son adultos en su mayoría. Mayores y silenciosos. Cada uno anda a su aire, controlando sus nervios y repasando lo que puede. Nadie habla con nadie en los pasillos abarrotados. Sólo esperan a que digan su nombre y entrar en el aula.

A la desesperada

“La inscripción a las pruebas ha sido gratuita y eso ha inflado la demanda”, dice Sonia. Es bióloga, ronda los 45 años, su marido también está en el paro y este es su plan: “Buscamos todo. A la desesperada”. Reconoce que es una oposición fácil, que son cuatro leyes y que le extraña muchísimo que no pregunten por la Constitución, porque en el resto a las que se ha presentado siempre forma parte del temario.

“Lo bueno de la crisis es que por fin este país se aprenderá su Constitución y nuestros derechos. Lo malo es que no sé cuántos de ellos van a quedar sanos después de todo esto”, explica otra de las candidatas que espera la llamada. Ha llegado con una hora de antelación. Trastea con el pasillo y no esconde que le está costando muchísimo encontrar trabajo a su edad. ¿Cuántos años tienes? “47, y nada de nada”.

Estudió Geografía e Historia en Barcelona, hace 23 años que vive en Madrid y ha visitado dos veces El Prado. No tiene ninguna esperanza en conseguir una de las once plazas, pero quizá entre en esa “bolsa” y quizá, quién sabe cuándo, reciba una llamada para trabajar algunos días, quién sabe cuántos. “Me veo opositando hasta los setenta y tantos”, remata. Pero para eso debería de quedar algo en pie.  

Una avalancha de candidatos

Hace cinco años que no se ofertan plazas para el mismo puesto, y entonces se presentaron 5.000 personas. Una cifra alta para lo que es normal en los concursos de trabajo en la pinacoteca, según reconocen a El Confidencial. Pero lo que no esperaban era una avalancha como esta, que durante varios días, en plenas fiestas navideñas, dio la vuelta a la manzana donde se encuentra el edifico de oficinas del museo.

Otras dos opositoras: una se dedica a la producción teatral y la otra estudió Administración de Empresas. No tienen trabajo y tampoco han podido estudiar demasiado porque deben compaginarlo con seguir buscando curro. “Alguna vez hemos ido al Prado, sobre todo cuando vienen visitas de fuera y les acompañas”. Queda claro que no es una llamada a la vocación ni a la simpatía por proteger el patrimonio histórico y cultural de este país, se trata de un sueldo. “No nos importa la oposición, nos importa el trabajo”.

No es vocacional, no hay tasas que pagar, la cualificación es suficiente con tener el graduado de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) o formación profesional de técnico. Las tres primeras pruebas son de tipo test (comprensión verbal, lógica matemática y atención y conocimientos sobre la ley que regula el museo, el convenio de los trabajadores y algo sobre las colecciones del Prado). Una vez superadas estas pruebas, más adelante, el segundo ejercicio “evalúa las competencias personales de los candidatos” y los méritos profesionales y formativos.

El único convencido

Sólo encontramos una persona en toda la facultad que aspira a las once plazas. Tiene 29 años, estudia FP de electricidad y electrónica, ha trabajado cinco años en El Prado como vigilante de seguridad y quiere dar un salto. “Las condiciones son mejores. Antes trabajaba 12 o 14 horas y como vigilante de sala trabajaré la mitad y por 1.200 euros”. Ha estudiado bien la primera parte, pero confía mucho en la “entrevista personal con mis antiguos jefes”. “Me conocen de trabajar con ellos cinco años, hemos tenido roce y he pasado más tiempo con ellos que con mi familia durante esos años”, reconoce con cara de satisfacción. Está convencido de que una de esas once es suya.

Hace cinco años que no se ofertan plazas para el mismo puesto, y entonces se presentaron 5.000 personas

Las condiciones del puesto son un buen reclamo: un sueldo base de 13.019 euros al año, en 14 pagas, con posibilidad de crecer a más de 700 euros en complementos. El salario más alto -exceptuando los cargos directivos- es el de un conservador, que cobra 25.847 euros por año y complementos mucho más sabrosos.

A esas plazas de conservadores tampoco aspiran dos licenciados en Historia del Arte que han venido de Ciudad Real. El primero trabaja en el Auditorio Nacional de Música, contratado por una empresa de servicios que le paga 5 euros raspados la hora. También estudió arte dramático y las casi 19.000 personas que quieren optar a una de las once plazas son dos veces su pueblo, dice, Almagro. La otra, además, tiene un máster, estudia promoción turística y es especialista en arqueología, pero “todos los yacimientos en Castilla La-Mancha han cerrado”. Así que nada le ha servido para nada, dice. No está decaída, ni desesperanzada. Cuando hablan de emprendedores se refieren a estos 19.000 parados, que a pesar de no tener garantías y contar con escasas posibilidades han venido de media España para que su futuro cambie después de dos horas de examen tipo test. 

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