EL HISTORIADOR CUESTIONA ASPECTOS DEL LIBRO DEL PERIODISTA 'EN NOMBRE DE FRANCO'

Arcadi Espada responde punto por punto a Rother

El periodista y autor de En nombre de Franco, Arcadi Espada, que respondió a la crítica que hizo de su libro el historiador Bernd Rother, ha seguido argumentando sus motivos de desacuerdo

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Arcadi Espada responde punto por punto a Rother
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    El periodista y autor de En nombre de Franco, Arcadi Espada, que respondió a la crítica que hizo de su libro el historiador Bernd Rother, ha seguido argumentando sus motivos de desacuerdo con el alemán, autor del libro Franco y el Holocausto y subdirector general en la actualidad de la Fundación Willy Brandt en Berlín. El texto completo de su respuesta, Fisking a Rother, se expone a continuación:

    El gobierno de Franco no sólo prestó a los judíos perseguidos por el nazismo menos ayuda de la que hubiera sido posible,

    [Esta frase, con la que inicia su artículo publicado hoy en El Confidencial, es también la conclusión principal del libro del historiador alemán, Bernd RotherSpanien und der Holocaust (Niemeyer, 2001), titulado Franco y el Holocausto en su versión española. Se apreciará la sinécdoque implícita España/Franco, legítima pero mucho más audaz, cabe reconocerlo, del que titula (por el momento en español) En nombre de Franco para sinecdoquear Franco/Gobierno. Pelillos a la mar. Lo importante es que en los hechos, Rother y yo estamos por completo de acuerdo: El gobierno de Franco ayudó a judíos perseguidos por el nazismo. Por si acaso, historiador Rother, y por lo que va a venir, repítalo despacio conmigo: "Franco ayudó a los judíos perseguidos por el nazismo."

    A esta parte sustantiva el historiador Rother añade una opinión menor. Las opiniones son menores respecto de los hechos, pero hay opiniones incluso menores respecto de las opiniones. No tiene el mismo valor opinar "La esclavitud es inmoral» que "El color verde es muy bonito." La opinión del historiador Rother pertenece a este segundo grupo. Imaginemos algunas frases similares: "Las democracias occidentales prestaron menos ayuda a los judíos perseguidos de lo que hubiera sido posible." E incluso: "Los Consejos Judíos prestaron menos ayuda a los judíos perseguidos de lo que hubiera sido posible." ¿Y bien? Tan cierto como irrelevante.]

    sino que esa ayuda fue también menor de la que dijo posteriormente que había proporcionado.

    [No tengo por qué oponerme. Pero mi problema, y el del historiador Rother, es que tampoco podría oponerme a una frase que dijera: "Esa ayuda fue también mayor de la que dijo posteriormente que había proporcionado". La clave, en efecto, es preguntarse de qué Franco hablamos. ¿Del que a mediados de los cuarenta recoge las incesantes muestras de reconocimiento del Congreso Mundial Judío por su labor de salvación o del que a mediados de los sesenta niega a Sanz Briz la posibilidad de participar en un solemne acto que refrende su nombramiento de Justo entre las Naciones por Yad Vashem? (En nombre de Franco, pag., 222-224) La clave de la exhibición de méritos se llama realpolitik. La política posible, justamente. Esa que hace tan difícil escribir el relato histórico, especialmente cuando está cargado de prejuicios.]Rother desconoce, mientras escribe, que la negociación entre el gobierno español y las organizaciones judías forma parte de una estrategia

    Y, en el caso concreto de Hungría, fue el compromiso personal del diplomático español Ángel Sanz Briz,

    [Sí, hubo compromiso personal de Ángel Sanz Briz en la salvación de los judíos, aunque el historiador Rother no precise ni en este artículo ni en su libro en qué consistió. ¡Pero para eso estamos! Desde el primer momento, y siguiendo la estela del embajador Muguiro, Sanz Briz se mostró sensible ante la aplicación de las leyes antijudías, informando de ellas a su gobierno con puntual y noble vehemencia. E incluso fue más allá de las instrucciones logísticas recibidas, cuando alojó refugiados en los propios locales de la embajada. (En nombre de Franco, págs. 128-29 y 205)]

    y no el del ministerio de Asuntos Exteriores,

    [Hay decenas de documentos que rebaten esta asombrosa afirmación de Rother. Voy a transcribir solamente el telegrama 78, del ministro Lequerica a la Legación de Budapest, del 23 de octubre de 1944:

    «Embajador Washington a petición representante Congreso judío mundial ruega se extienda protección a mayor número judíos perseguidos. Sírvase VE informar en qué forma se puede atender lo solicitado con mayor espíritu de benevolencia y humanidad tratando de buscar soluciones prácticas para que la actuación de esa legación resulte lo más eficaz posible y abarque en primer lugar a los sefarditas de nacionalidad española, en segundo lugar a los de origen español y finalmente el mayor número posible de los demás israelita.»

    He escrito que la afirmación de Rother es asombrosa porque, aunque no todos ni siempre bien leídos, Rother, ciego refranero, conoce alguno de esos documentos.]

     

    y mucho menos la intervención personal de Franco

    [Este mucho menos del historiador Rother dice, en realidad, leyéndolo a la arábiga, que Lequerica algo más. Es ciertamente difícil decirse tonterías a uno mismo. En cuanto a lo que aquí se llama «la intervención personal de Franco», no acabo de saber bien a qué puede referirse. Es cierto que el historiador Luis Suárez alude en su Historia del franquismo al acta de un consejo de ministros, celebrado en La Coruña, el 4 de agosto de 1943 donde constaría que Franco dio órdenes concretas de protección a los judíos de Salónica. 

    Pero no he encontrado este documento, y en mi libro no hay mención alguna a esa intervención personal. Ya que estamos con Luis Suárez, sin embargo, voy a explicarle un instructivo incidente local al historiador Rother. Hace un par de años, y a propósito de la redacción del Diccionario Biográfico de Autoridadesse le reprochó duramente a Suárez que no incluyera la palabra dictador en la voz que dedicó a Franco. Un reproche justo. Franco fue un dictador. Es decir alguien cuya forma unipersonal y autoritaria de hacer política, Rother, no puede explicarse sin una decidida intervención personal en las cosas.]

    «...lo que permitió salvar las vidas de varios miles de judíos magiares ofreciéndoles pasaportes y salvoconductos españoles en el año 1944.

    Estas son algunas de las principales conclusiones de mi investigación sobre España y el Holocausto, reflejada en el libro Franco y el Holocausto (Marcial Pons, 2005) y uno de los puntos de discrepancia con las tesis que Arcadi Espada defiende en su libro recientemente publicado en España, En nombre de Franco. Los héroes de la Embajada de España en el Budapest nazi.

    La pregunta clave es si Ángel Sanz Briz actuó principalmente «en nombre de Franco», es decir, siguiendo las indicaciones y con el permiso de su gobierno, o si actuó por propia iniciativa.

    La respuesta que da Espada es contradictoria. De una parte, en la página 134 afirma que historiadores antifranquistas, entre quienes me incluye, consideraron que el diplomático actuó «como el resultado de una acción individual desvinculada de las órdenes gubernamentales, un absurdo lógico que múltiples documentos desmienten». Es decir, según Espada, Sanz Briz cumplía órdenes de Madrid. Pero, en la página 221 se explica que las actividades de los diplomáticos neutrales en Hungría -entre ellos los españoles- en 1944 fueron dirigidas por el Nuncio Apostólico. Es decir, que no era Madrid quien guiaba a Sanz Briz, sino el Nuncio.»

    [Realmente debí haber titulado mi libro En nombre de Franco y de acuerdo con el Nuncio, y tal vez el historiador Rother hubiera comprendido mejor las cosas. Qué error. Intentaré subsanarlo en dos partes. La primera será una teórica sobre el modus operandi diplomático. Y lo mejor que puedo hacer es copiarle a Rother (y hacerle copiar) el párrafo de una carta que acaba de enviarme un diplomático español, atraído por esta suerte de polémica. Dice:

    «En la mayoría de países el Nuncio es el decano del Cuerpo Diplomático. Por Cuerpo Diplomático debemos entender el conjunto de diplomáticos extranjeros acreditados ante un país, y no el conjunto de diplomáticos que trabajan para ese país, que es su Carrera Diplomática o su Servicio Exterior. Es un malentendido frecuente en los medios. El decano es una especie de primus inter pares, a meros efectos protocolarios y ceremoniales. En determinados supuestos puede ejercer de portavoz de todas las misiones en la capital de un país. Es natural pensar que en situaciones extraordinarias, como las vividas en Budapest en 1944, esa labor de coordinación y portavocía se intensifique, pero nunca reemplazando la dependencia funcional y orgánica que toda legación tiene respecto de su gobierno. De manera que es posible afirmar una cosa y la otra sin caer en contradicción.»

    Y en efecto, y como presagiaba mi diplomático, en Budapest se manifestó plenamente la aplicación práctica de este principio teórico. Rotta fue decano del cuerpo diplomático y ejerció esa labor de coordinación sobre el terreno. No solo con la complacencia de Sanz Briz, ¡sino con la propia del gobierno de Franco! Porque fue el propio ministerio de Asuntos Exteriores, historiador Rother, el que dio instrucciones a Ángel Sanz Briz para que dispusiera toda su acción protectora bajo el amparo del nuncio. ¿Contradicción, Rother? No, solo una muy elemental diferencia entre estrategia y táctica].El historiador Bernd Rother es un ejemplo de "un error muy bien documentado", expresión utilizada con tanta precisión por Rubert de Ventós

    El hecho claro es que en agosto de 1944 Ángel Sanz Briz no esperó a recibir la autorización de su Ministerio para protestar junto con otros embajadores neutrales por las deportaciones de los judíos húngaros. Si hubiera esperado a esa respuesta, no hubiera podido firmar ese comunicado de protesta, porque las indicaciones de Madrid, que llegaron con retraso, como el propio Espada cita, le ordenaban «acudir a esas reuniones y hacer gestiones en un tono amistoso y amable evitando carácter de protesta».

    [Cuando Sanz Briz asistió a la reunión de agosto convocada por el nuncio, el ministro Lequerica llevaba dos semanas en el cargo, para el que había sido nombrado tras la muerte inesperada de Jordana. Sanz Briz le pide autorización para asistir a la reunión convocada con muy poco margen por el Nuncio, pero la autorización no llega. El diplomático decide acudir. ¿Por qué, Rother? Pues porque él cree, lógicamente, que va a tener continuidad la política de protección de los judíos que ha empezado a desarrollarse en los últimos meses de la gestión de Jordana y de la que es ejemplo, un ejemplo, la autorización (20 de julio 1944) para emitir un visado a favor de 500 niños judíos, protegidos por la Cruz Roja, que habían de viajar desde Hungría hasta el Tánger español.

    Cuando, a misas dichas, Lequerica responde a Sanz Briz no le exige que revoque su firma de protesta, lo que tanto habría complacido a Rother. Solo le dice que «si todavía es tiempo» (!) la protesta deberá hacerse a través del embajador en Berlín. Rother parece olvidar que Sanz Briz es un funcionario de bajo nivel, mero encargado de Legación, que la política diplomática española en Centroeuropa pasa, en efecto, por el embajador en Berlín, Ginés Vidal, y que Lequerica acaba de llegar al ministerio y está acomodando sus siempre flexibles ideas. Baste decir que entre su petición de amabilidad ante las autoridades húngaras y la orden de que Sanz Briz disponga los medios para salvar a todos los judíos posibles pasan dos meses justos. Y la fundamental evidencia que le recuerdo otra vez a nuestro historiador: hasta que esa orden no llegó, Ángel Sanz Briz no puso en marcha su operación humanitaria.]

    «Sólo cuando el Congreso Judío Mundial, a través del embajador español en los Estados Unidos, pide ayuda a Madrid para salvar a los judíos húngaros cambia la actitud de España. Y es entonces, entre los días 20 y 24 de octubre de 1944, cuando el nuevo ministro de Exteriores, Lequerica, indica a Sanz Briz que proteja a tantos judíos como sea posible. Precisamente en el momento en que se ve inevitable la derrota de Hitler. Pero la dimensión concreta de esa protección tuvo que ver, en mi opinión, exclusivamente con el compromiso personal de Ángel Sanz Briz.

    En contra de lo que afirma Espada en la página 134 de su libro, es una mezcla de indicaciones de arriba y de compromiso personal de Sanz Briz lo que caracterizan ese esfuerzo español por salvar judíos. Y fue Sanz Briz, y no el Ministerio de Asuntos Exteriores español, quien empezó esa campaña de salvamento. En absoluto se puede hablar de una intervención personal de Francisco Franco.

    Arcadi Espada, sin embargo, habla en su libro de que existió un plan de ayuda a los judíos diseñado ya en el otoño del 43 por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Jordana de Pozas. Y se basa en las memorias escritas cincuenta años después de los hechos de Javier Martínez de Bedoya, un falangista colaborador del mencionado ministro. No hay ni un solo archivo o fuente documental que apoye esta tesis.»A pesar de estar tocado del egocentrismo naïf tan habitual en el género, el de Rother es un libro interesante

    [El historiador Rother respira aquí por una de las cruciales heridas de su libro. Lo escribió y mandó editarlo (2001) sin saber que Javier Martínez de Bedoyahabía publicado (1996) sus memorias en las que dedica varios capítulos al plan de Jordana. De haberlo leído, y no fiarse tan solo del aparato bibliográfico de En nombre de Franco, sabría que no fue escrito cincuenta años después de los hechos sino 36. No es que importe demasiado. ¡Las memorias se escriben con tinta y con años! Pero el notable décalage añade sal a la herida. Para hacer aún más sangrante su error hay que decir que el historiador Rother cita a Bedoya en su libro. ¡Y apoyándose en fuentes documentales, por cierto, como en el informe de abril de 1944, que está en los archivos del ministerio de Asuntos Exteriores!

    Aunque desconociendo otras, como la carta de Bedoya al embajador Franco, que también consta en los mismos archivos ministeriales. La lectura de las memorias de Bedoya le habrían podido aclarar «los contactos entre los delegados de organizaciones judías y el gobierno español», de los que tanto lamenta a pie de página no haber podido saber más.

    La presentación que hace Bedoya en sus memorias del plan de Jordana, pura diplomacia confidencial, excluye como es lógico los rastros oficiales. Pero el plan viene confirmado por algo aún más importante: los hechos. Los hechos que demuestran la negociación entre el gobierno español y las organizaciones judías, que el propio historiador Rother va anotando con visible desconcierto. Aunque perfectamente justificado: Rother desconoce, mientras escribe, que esa negociación forma parte de una estrategia.

    Memorias desde mi aldea, a pesar de estar tocado del egocentrismo naïf tan habitual en el género, es un libro interesante, y no solo porque relate todo lo que al historiador le habría hecho falta conocer cuando escribió las últimas páginas, inevitablemente manquées, de Franco y el Holocausto.]

    «Espada habla concretamente de que el plan tenía por objetivo "la salvación de los judíos europeos que se va desarrollando al ritmo de los acontecimientos en el último año y medio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la derrota nazi es mucho más que un presagio" (página 61). Esto equivale a decir que, según el mencionado plan, España pretendió salvar al mayor número posible de judíos, en el mejor de los casos, a todos, sin tener en cuenta si eran ciudadanos españoles o no, sefardíes o no. Todos los documentos existentes contradicen esta insinuación de Espada.

    Es verdad que en el otoño del 43 se produjo un cambio de rumbo en la actitud de la política española, coincidiendo con un giro en la guerra a favor de los Aliados, pero no fue tan profundo como Espada pretende subrayar. Y además, hay muchos hechos que ratifican esta tesis y que demuestran que España sólo a regañadientes y de una manera dubitativa protegió a los judíos y limitó la protección a los judíos españoles.»

    [Acabo ya. Mientras escribía sobre Bedoya y el crédito de las fuentes la boca se me hacía agua pensando lo que iba a escribir sobre la utilización que hace el historiador Rother de la descentrada Nina Gladitz Pérez-Lorenzo en la reconstrucción de los hechos finales de Budapest. Pero aún más placentero es hacerse el perdonavidas. ¡Aunque solo hasta la próxima!No puedo creer que haya tenido la desfachatez de escribir un par de artículos sobre mi libro sin haberlo leído

    El historiador Bernd Rother es un ejemplo de aquello que llamaba con tanta precisión Rubert de Ventós, “un error muy bien documentado”. Que alguien haya escrito 400 páginas sobre Franco y el Holocausto para acabar diciendo que España protegió a los judíos con disgusto o repugnancia no solo significa desconocer cualquier cosa profunda del objeto tratado, sino que exhibe un imperdonable sectarismo no ya ideológico, sino meramente humano. Es probable que la realpolitik decidiera la conducta de los funcionarios franquistas; pero añadir que el salvamento concreto, las operaciones humanitarias de franquistas como Sanz Briz, como Giorgio Perlasca, como Elisabeth Tourné o como Zoltan Farkas fueron realizadas con repugnancia es sencillamente miserable y un ejemplo canónico de extravío moral.]

    -- Nota bene --

    En El Confidencial del 3 de junio, el historiador Rother deja la Hungría de Sanz Briz, es decir el objeto de mi libro, y viaja hasta Salónica. Le deseo un buen viaje. Su maniobra de despiste no le servirá, porque aquí quedo agarrado como perro a su fisking hasta que me parezca oportuno soltarle. Las últimas líneas de su artículo, sin embargo, inspiran compasión intelectual y sería inhumano resistirme:

    «Por eso pregunto al Sr. Espada, ¿por qué no se atreve a decir y escribir: "Franco ayudó a algunos pocos judíos y no a todos los judíos españoles"? ¿Tiene el Sr. Espada algún problema con la verdad?»

    Ciertamente yo sí tengo algunos problemas con la verdad: son públicos y notorios. El historiador Rother, sin embargo, los tiene con la lengua española. No puedo creer que haya tenido la desfachatez de escribir un par de artículos sobre mi libro sin haberlo leído. Por lo tanto sostendré la hipótesis más favorable de que no comprenda bien el idioma. No pasa nada. A mí el alemán me cuesta. Pero voy a darle, así, un curso acelerado y vale. 

    En nombre de Franco, pág. 92

    «Sería un esfuerzo de melancolía inútil recordar de nuevo, a la vista de ese telegrama irrevocable quién había sido, minutos antes, el germanófilo Lequerica. El telegrama lo firmaba el interés de Franco y por el interés de Franco empezó Sanz Briz a actuar resueltamente en defensa de los judíos húngaros, ante cuya suerte ya había manifestado, de todos modos, una compasión humanísima y un sincero deseo de ayuda.»

    Pág. 93

    «Enérgica no podía ser, en ningún aspecto, el adjetivo que cuadrara a la política española ante los nazis. Los testimonios no indican, por ejemplo, que la actitud de las autoridades españoles ante el sufrimiento de los judíos griegos fuera más allá de la resignación, pese a los esfuerzos del embajador Radigales. La posibilidad de que la diplomacia española desplegara una actitud enérgica en Berlín roza lo cómico, aunque eso no quite méritos al valor, la piedad y el sentido común desplegados por el embajador Ginés Vidal. En cuanto a Budapest, el despliegue de la energía había comenzado 24 horas antes. Esto era el resultado lógico de las relaciones de fuerza establecidas entre una potencia y un país secundario y de las concomitancias ideológicas entre nazis y franquistas que solo el principio de la realidad, crudamente formalizado en la derrota y la destrucción, acabó diluyendo.»

    Pág. 94

    «La actitud de Lequerica, como la actitud global del gobierno de Franco, estaba motivada por poco más que el oportunismo y la necesidad de supervivencia. Cuando salvaba judíos y cuando los dejaba a su suerte.»

    Pág. 134

    «¡Pero que pudo salvar muchos más! Quién podría dudarlo. Pero esa objeción solo tendría sentido si se aplicara a un gobierno moralmente inmaculado, es decir, antifranquista. Lo que se esperaba de los malvados, lo que cuadraba perfectamente con el mito del contubernio judeomasónico, una expresión, por cierto, que Franco no usó nunca públicamente, es que el gobierno colaborara activa y alegremente en el exterminio de los judíos. Y no fue así. De ninguna manera. O actuó con pasividad —criminal— cuando Hitler podía ganar la guerra o colaboró en su salvación cuando la tuvo perdida.»

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