Una historia de amor lésbico conquista al jurado de Cannes
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'LA VIE D'ADÈLE', DE ABDELLATIF KECHICHE, SE CONVIERTE EN LA PREFERIDA POR LA CRÍTICA

Una historia de amor lésbico conquista al jurado de Cannes

Este miércoles un pequeño equipo de televisión se paseaba por la sala de prensa preguntando a los periodistas qué película veían con más posibilidades para ganar

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Una historia de amor lésbico conquista al jurado de Cannes

Este miércoles un pequeño equipo de televisión se paseaba por la sala de prensa preguntando a los periodistas qué película veían con más posibilidades para ganar la Palma de Oro. Las respuestas eran dispares e indecisas. A esas alturas del certamen todavía ningún film se había erigido como claro candidato al premio mayor. Si hoy volvieran a formular la pregunta, la contestación sería unánime: La vie d'Adèle (Chapitre 1 et 2) de Abdellatif Kechiche, una de las historias de amor mejor narradas de la historia del cine y la película de Sección Oficial acogida con más entusiasmo por la crítica acreditada. A partir de la novela gráfica El azul es un color cálido de Julie Maroh, Kechiche resigue a lo largo de tres horas el nacimiento, la eclosión, la pasión, las dudas y la pérdida del amor entre dos muchachas, Adèle y Emma, sin separarse en ningún momento del punto de vista de la primera. 

Adèle es una adolescente de Lille que coquetea con uno de sus compañeros de instituto. Un día se cruza con una muchacha de pelo corto y teñido de azul que le llama la atención. No puede dejar de pensar en ella y decide buscarla por los bares de ambiente de la ciudad. Cuando finalmente la encuentra, entre ambas surge una poderosa historia de amor que acompaña también el paso de la juventud a la edad adulta de la protagonista.

Abdellatif Kechiche es un director acostumbrado a trabajar con jóvenes intérpretes. En su segundo largometraje La escurridiza o cómo esquivar el amor se adentraba en las dinámicas relacionales de los jóvenes de un instituto a través de la puesta en escena que llevaban a cabo de la obra de Pierre de Marivaux Juegos de amor y fortuna. En este su quinto largometraje, Kechiche vuelve a recurrir a este escritor francés del siglo XVIII que convirtió el juego del amor en el centro de su obra. Adèle es una lectora empedernida que recomienda a su primer novio La vida de Marianne, novela inacabada de Marivaux y una de las primeras obras en que este autor renuncia al final feliz. La pasión por las letras acompaña a la protagonista en su evolución a lo largo de la película, también cuando deba pensar a qué oficio se dedica.

Al contrario del cómic en el que se basa, La vie d'Adèle no es una película sobre la asunción de la homosexualidad de una muchacha que hasta conocer a Emma no se había planteado que podía ser lesbiana. En el film aparecen esbozadas las diferentes reacciones sociales al respecto: un posible rechazo por parte de algunos compañeros de instituto de Adèle o la incomprensión de sus padres de clase obrera frente a la tolerancia de los padres intelectuales de Emma. Pero estos apuntes en ningún momento toman entidad dramática. Porque Kechiche resalta la evolución de la historia de amor por encima de sus circunstancias. 

Para ello no separa la cámara de la actriz protagonista, la debutante Adèle Exarchopoulos. Junto a la más experimentada Léa Seydoux, lleva a cabo uno de esos trabajos de interpretación que debería quedar en los anales del cine. A lo largo de estas tres horas que acompañan unos cinco años de la vida de Adèle, Kechiche registra todos los matices, emociones y sentimientos de las estaciones del amor a través del rostro y cuerpo de la muchacha. 

Destaca una larga secuencia donde se filma el sexo entre dos mujeres, tórrido y jadeante, tierno y sudoroso, como jamás se había hecho antes en el cine. Esperemos que no cunda la mojigatería entre los miembros del jurado (ni entre las distribuidoras o exhibidoras del mundo entero) y La vie d'Adèle, una de esas extrañas películas en que no parece sobrar ni faltar nada, tenga la repercusión que se merece.

Viaje a Nebraska

Tras Entre copas y A propósito de Schmidt, Alexander Payne nos vuelve a embarcar en un road movie por Estados Unidos. En este caso también de la mano de un anciano, Woody Grant (Bruce Dern), obsesionado con irse a Nebraska para cobrar un supuesto premio que le han notificado por correo. Finalmente, su hijo y el resto de la familia deciden acompañarle en lo que deviene un retorno a las raíces familiares. Rodada en un blanco y negro no especialmente logrado, Payne regresa en esta película a un territorio conocido. Vuelve a moverse en ese registro entre el drama y la comedia para trazar de nuevo el trayecto de un hombre que necesita reencontrarse a sí mismo

La cuestión del legado de padres a hijos, tema principal de su anterior Los descendientes también resuena en este film sobre un hombre mayor que sueña con disponer de una herencia para dejar a sus familiares. Más convencional de lo que aparenta, Nebraska acaba siendo la versión ñoña de Una historia verdadera de David Lynch. Una comedia geriátrica apoyada en chistes que esconden bajo un manto de presunta agudeza un corazón sensiblero. Sin embargo, es uno de esos films que conectan fácilmente con el público y, quizá, con algunos miembros de jurado.

Dostoievsky en Filipinas

La otra bomba cinematográfica de la jornada ha tenido lugar en la sección Una cierta mirada, donde se han proyectado las cuatro horas de Norte, the end of history, el nuevo y apabullante film del filipino Lav Diaz. El cineasta lleva a cabo una actualización de Dostoievsky para denunciar las injusticias propiciadas por un acuciante conflicto de clases en su país. Esta película río resigue las trayectorias de dos personajes. Una especie de Raskolnikov intelectual, universitario y de buena familia que un día asesina a la usurera de su pueblo

El castigo, sin embargo, lo recibe otro hombre de clase baja, también cliente de la prestamista, una especie de idiota de bondad inagotable que acaba en la cárcel, desde donde consigue mantenerse en contacto con su familia (en una de esas incursiones en el cine fantástico desde el más estricto realismo que no resultan extrañas en las cinematografías asiáticas). A través de ellos, Diaz hace emerger las consecuencias de la emigración, de la ambición desaforada y de las injusticias en su país en una de las películas de Cannes 2013 destinadas a dejar huella.

Jerry Lewis, je t'aime

Cannes, Francia entera, siempre ha adorado a Jerry Lewis. El prestigio de este actor, director y cómico incombustible se debe en gran parte a la adoración y la reivindicación que de él llevaron a cabo los críticos franceses. Y este 2013 el festival ha hecho un hueco en una sesión especial a Max Rose de Daniel Loah, la última película que ha protagonizado Lewis donde encarna a un pianista de jazz que, tras la muerte de su mujer, se replantea su vida sentimental. Una excusa perfecta para invitar a pasearse por la alfombra roja al hombre de las mil muecas, que demostró mantener en forma su sentido del humor, reivindicó el cine protagonizado por gente mayor (no sabemos si ha ido a ver Nebraska) y recordó entre risas a su inseparable pareja Dean Martin.