FÉLIX DE AZÚA REPASA LOS MOTIVOS QUE LIMITAN LA MADUREZ DEMOCRÁTICA DEL PAÍS

“Wert se ha cargado la reforma educativa al incluir religión”

El mundo es un despojo arruinado. Eso lo sabe cualquiera y basta una hora de charla con el filósofo, escritor, poeta y articulista Félix de Azúa

Foto: “Wert se ha cargado la reforma educativa al incluir religión”
“Wert se ha cargado la reforma educativa al incluir religión”

El mundo es un despojo arruinado. Eso lo sabe cualquiera y basta una hora de charla con el filósofo, escritor, poeta y articulista Félix de Azúa (Barcelona, 1944) para confirmar que tampoco podemos hacer nada por corregirlo. Llámenle escéptico, y lo reconocerá: “Sí, pero en un sentido clásico”. Eso quiere decir que su falta de fe encuentra reflejo en otro periodo decadente similar, el de la civilización romana. Llámenle cínico, y se revolverá: “No, porque el cínico es el que se aprovecha de su escepticismo y a pesar de ser escéptico se presenta a diputado o a obispo”. Y sin embargo se mueve. El autor de Historia de un idiota contada por él mismo, aunque “hable como un abuelo” a sus 69 años, se estrenó como padre hace 20 meses y se esfuerza por encontrar motivos para la sorpresa, y resistirse a la vida y al mundo.

Habla y se define, sin intención, como un superviviente intelectual en un “país salvaje”. La ira de este veterano maestro de estética en la Universidad se cierne sobre la falta de voluntad política por hacer de España un proyecto sostenible, independiente y libre. Al escéptico redomado le pierde la vehemencia cuando se le menta la educación española, a la que le da categoría de oxímoron.

Tres décadas educando le han enseñado de todo. Carga el trabuco y empieza por los profesores sinvergüenzas (“la mayoría en los sindicatos”) y acaba con José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte. “Se ha cargado la reforma con la decisión de incluir la religión en las aulas. Podría haber reformado a favor del esfuerzo, pero ha metido la religión y, sólo con esta decisión, ha hecho inútil su ley”, explica. Es la fibra sensible, andamos sobre las brasas de la conciencia del maestro.

“La Iglesia católica española no es cualquier cosa”, aclara en alusión a la tradición que ha separado a esta institución del conocimiento. “La religión combate el conocimiento, es su enemiga. El conocimiento es absolutamente contrario y antípoda a la religión. La religión debería estar en su ámbito y, si los curas quieren montar sus bachilleratos religiosos, que lo hagan en sus iglesias”.

Fracaso educativo

La experiencia como español le demuestra que el proyecto fallido de este país ha sido la educación. Han pasado tres generaciones y la educación sigue siendo la escollera ideológica del Gobierno de turno. Azúa, como ya se habrá podido entender, tiene estopa para todo el mundo y, por supuesto, los socialistas no se libran del julepe.

Para el escritor, los primeros responsables en hacer de la educación materia sensible a la ideología fueron los años de Felipe González. Los socialistas españoles “siguen el modelo del socialismo latinoamericano más que el del Reino Unido y, en realidad, deberían estar todos en Izquierda Unida”.

Y por encima de los políticos, los psicólogos y los pedagogos. “Ellos hicieron las primeras leyes y eso condujo al desastre”, remata. La ecuación se resume de esta manera a ojos de Azúa: en este país suspender es de derechas y aprobar de izquierdas. Unos, según nuestro maestro, promueven la voluntad, el sacrificio y el esfuerzo, otros la mano izquierda que ya les suspenderá la vida. “Así hemos logrado tres generaciones sin educación. Cuando me hablan de genocidio, pienso en la educación de España”.  

Pero luego llegó el PP y la reforma fue “desganada”. “A la derecha no le importa la educación pública, porque son gente con posibles y ellos ya saben cómo educar a sus hijos: los mandan al Reino Unido. La educación debería ser central para la izquierda, pero nada, prefirieron traer el modelo de comportamiento intelectual de Bibiana Aído”, indica para denunciar que la izquierda de Zapatero renunció a todo lo bueno de la izquierda.

Conclusión: “Los políticos de este país tienen la pésima calidad de los banqueros de este país, porque son sus hijos”. Cada reflexión, que suelta mientras da cuenta de un croissant con un café ahogado en leche, sofoca su fuego templado sin perder la sonrisa amable.   

Nada se libra

Este encuentro con Félix (qué cerca la X de la Z) tiene una doble excusa, el nacimiento en las librerías de dos nuevas criaturas de su intelecto: Contra Jeremías. Artículos políticos (Debate) y Autobiografía de papel (Mondadori). Cada espécimen responde a una intención: uno a la decepción, el otro al refugio. Las artes le resguardan de la lluvia ácida política. Uno es descripción, el otro juicio. En el primero escribe que “en nuestra semidemocracia el sentido de la justicia y de la responsabilidad se ha reducido a una especie de ecologismo vaporoso que dice proteger todo aquello que no dé miedo y que no amenace el poder sobre personas y cosas”.

En el segundo, entra a degollar su trayectoria en la novela, poesía, ensayo y el periodismo sin defraudar: “El aburrimiento ha sido siempre el principal reproche que se le ha hecho a la obra de Benet y está plenamente justificado”. Y otras bombas ilustradas: “La felicidad es una abstracción bancaria que se vende como una promesa de bienestar permanente. En el mejor de los casos, como una promesa de futuro al modo bolchevique, católico o nacionalista. Y es una mercancía para masas ansiosas de comprar cualquier medicina que les persuada de que están en este mundo para algo”.

La felicidad es una mercancía y la democracia un invento pervertido que tiende a la estandarización del ciudadano, dice Azúa. Es decir, que todos debemos ser iguales ante los ojos de nuestros mandatarios para que estos nos puedan gobernar con tranquilidad y sin sobresaltos, a lo que las leyes educativas de este país han ayudado. “La excelencia, la diversidad está perseguida y prohibida en la democracia total [de totalitaria]”.

El final de la literatura

La excelencia también se ha perdido en la literatura (ese es el corazón de la segunda entrega de sus tres autobiografías). Dice que literatos de verdad, de los buenos, quedan tres o cuatro: “los demás, escriben novelas”. “Incluso algunos literatos como Mario Vargas Llosa, y sé que esto no le molestará, han sido literatos extraordinarios y han dejado una obra literaria inmensa y luego escriben cosas como La tía Julia o Los bebedores. Esas cosas que todos sabemos que es artesanía, pero no arte”.

Reivindica a algunos amigos artesanos como el gran Eduardo Mendoza, “el mejor artesano de este país”. Porque, según Félix de Azúa, Mendoza escribe unas novelas perfectas, pero “sin pretensión artística”. “Hacer literatura cómica es muy difícil, incluso los que han hecho literatura cómica a conciencia, como Jardiel Poncela, son muy malos. Jardiel Poncela es horrible. Mendoza ha dado dignidad a ese género”, se explica el escritor.

Así que vivimos la época en la que todo se acaba. Y los culpables son “la democracia total” y “la tecnificación absoluta”. Son herramientas de igualación, no de liberación. En un panorama plano-plano como el que dibuja el filósofo, la literatura y sus creadores también han muerto: “Estoy seguro de que mi hija no escribirá literatura, porque habrá desaparecido. La literatura como arte ha desaparecido como ha desaparecido el ballet con tutú. Claro que todavía hay quien se esfuerza por escribir literariamente: Javier Marías, Enrique Vila-Matas, pero somos los últimos”. ¿Usted también? “Por supuesto, yo hago literatura. Otra cosa es que sea un buen o mal literato”. Y quién se atreve a juzgar al juez.  

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