'LE DERNIER DES INJUSTES', O TODO LO QUE TODAVÍA QUEDA POR CONTAR DE LA SHOAH

Los horrores del siglo XX protagonizan la quinta jornada de Cannes

En la presentación de Le dernier des injustes (El último de los injustos), el veterano Claude Lanzmann explicaba que Thierry Frémaux, delegado general del festival

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    En la presentación de Le dernier des injustes (El último de los injustos), el veterano Claude Lanzmann explicaba que Thierry Frémaux, delegado general del festival (el que manda en Cannes, vaya), había batallado para que su nueva película formara parte de la competición por la Palma de Oro. Pero que fue él mismo, Lanzmann, quien prefirió participar fuera de concurso. A pesar de ello, Le dernier des injustes recibió, por su programación en la parrilla de prensa, trato de película a concurso y se convirtió en una sesión-acontecimiento durante la jornada del domingo en Cannes. En la sala, para asistir a la proyección de este documental que dura casi cuatro horas, estaban presentes tanto la Ministra de Cultura francesa Aurélie Filippetti como la primera dama del país, Valérie Trierweiler. La confirmación una vez más de que en Francia el cine y la cultura sí se consideran un asunto de estado.

    En Le dernier des injustes, Lanzmann no hace otra cosa que recuperar un metraje que quedó fuera del montaje definitivo de Shoah (1985), su monumental obra sobre el Holocausto. Se trata de una serie de entrevistas con Benjamin Murmelstein, antiguo presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt y único superviviente tras la Segunda Guerra Mundial entre todos los ancianos que ocuparon este cargo en Europa. Murmelstein era la máxima autoridad judía en ese lager, y por tanto su representante ante los nazis. Antes había ejercido de gran rabí del guetto de Viena y, por ello, negociado duramente con Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final. 

    La recuperación de este metraje descartado no es, por tanto, en absoluto gratuita: la figura de Murmelstein y los temas en torno al Holocausto que sugiere (el ambiguo, ¿injusto?, papel que jugaron los judíos con autoridad durante el nazismo) tienen interés y entidad propia como para justificar de sobra una película.  El único interrogante que se plantea es por qué Lanzmann ha tardado tanto en sacar a la luz estas conversaciones con “el último de los injustos” (así se autocalifica Murmelstein en un momento del film) que llevó a cabo en Roma en 1975.

    Además del largo e hiperproteico diálogo que vertebra el film, Lanzmann lleva a cabo, como en Shoah, un recorrido por los escenarios reales que protagonizan el relato, sobre todo por el antiguo campo de Theresienstadt. Este lager de la República Checa fue calificado como “gueto modelo”, publicitado como “ciudad regalo de Hitler a los judíos” y utilizado para vender la imagen de un campo de concentración ideal ante representantes internacionales como los de la Cruz Roja, en una de las operaciones de falseamiento de la realidad más abyectas de la historia del siglo XX. Lanzmann rememora la vida cotidiana en Theresienstadt a través de un libro escrito por el propio Murmelstein y de los extraordinarios dibujos que llevaron a cabo algunos de los internos, conscientes de la necesidad de dejar testimonio de lo que allí pasaba.

    La existencia de Theresienstadt como campo máscara utilizado de cara a la galería para esconder la realidad del exterminio que se llevaba a cabo puertas adentro le sirve a Lanzmann para ahondar en la teoría de que la solución final fue una estrategia cuidadosamente planificada que incluso disponía de sus propios recursos de distracción. A partir de las declaraciones de Murmelstein el cineasta traza una cronología sobre los planes nazis de concentrar a toda la población judía en un mismo territorio (se llegó a pensar en la isla de Madagascar y se llevó a cabo un esbozo de “reserva” judía en la población polaca de Nisko) con excusas demográficas que ocultan intenciones genocidas.

     

    Si Le dernier des injustes aporta al debate histórico los testimonios sobre Therensienstadt como un engranaje más en la máquina del extermino, su contribución al debate moral resulta todavía más interesante. Con la incisión que le caracteriza, Lanzmann confronta continuamente a Murmelstein con sus decisiones: ¿cómo pudo contribuir a la operación de embellecimiento del campo y por tanto a la operación de propaganda nazi? ¿hasta qué punto le gustaba el poder? ¿por qué no se atrevió jamás a poner los pies en Israel? ¿sabía adónde se dirigían en realidad esos trenes hacia el “este” donde cargaron a un grupo de niños acompañados por, entre otros voluntarios, Ottla Kafka, hermana de Franknbsp;

    A pesar de autojustificarse continuamente, el testimonio de Murmelstein deviene apasionante. Recurre a constantes referencias culturales para explicar sus actos: se compara con Sancho Panza (decidió ser un personaje práctico en lugar de un Quijote luchando contra gigantes) y con Sheherezade (su misión no era otra que la de mantener el hilo del relato sobre el campo, que se hablara de él en el exterior, a fin de garantizar su supervivencia). Y lanza dardos continuos a Hannah Arendt y su concepto de la banalidad del mal.

    Mucho más que un filme testimonio o un simple documental sobre el Holocausto, con Le dernier des injustes Claude Lanzmann ahonda una vez más en las complejidades del horror que marcó la Europa de la segunda mitad del siglo XX a través de un personaje a la vez testigo, protagonista, narrador, víctima y parte del mismo. Tenía razón el cineasta al no querer participar en la carrera por la Palma de Oro. Films como Le dernier des injustes quedan por encima de las competiciones.

    El holocausto camboyano

    La historia de Camboya recorre la filmografía de Rithy Panh, que era un niño cuando los jemeres rojos tomaron el poder en su país. Hasta el momento, en títulos como S21, la máquina de matar roja o Duch, el maestro de las fraguas del infierno el cineasta había abordado el horror en Camboya desde un sentido de historia colectiva, confrontando con su cámara a los verdugos todavía vivos del régimen de Pol Pot. 

    En L'image manquante, Panh vuelve a los campos de la muerte de su país pero esta vez a través de sus propios recuerdos. El cineasta reflexiona sobre la ausencia de imágenes del holocausto camboyano. El poco metraje existente corresponde a filmes de propaganda (“la revolución solo existió en el cine”) y las imágenes que faltan “éramos nosotros en los campos”. Por lo que decide recrear sus recuerdos de una manera insólita, a través de los cuadros que compone con unas figuritas de arcilla modeladas expresamente para el film. Estos actores inanimados ponen en escena el relato que desgrana la voz en off del narrador dotando de una inesperada fuerza visual a la historia autobiográfica de Panh. 

     

    Secuencias como la del entierro de su padre (que decidió morir de inanición en un arrebato de dignidad) o la de la desaparición de su hermano (músico pop en un régimen que odiaba las formas de cultura occidentales) adquieren un tono voluntariamente naíf que ahuyenta cualquier posibilidad de recreación en el dramatismo y confieren una emoción infinita a la película. Difícilmente veremos un film que conmueva tanto como L'image manquante en lo que queda de festival.

    El género asiático pincha

    Para compensar dos cintas tan duras como L'image manquante y Le dernier des injustes, la programación de este lunes ha contado con dos películas asiáticas firmadas por dos maestros del género, Shield of Straw de Takashi Miike y Blind Detective de Johnnie To. Lástima que ambos títulos resulten harto decepcionantes. 

    Miike lleva a cabo un thriller de acción donde moviliza a toda la policía de Tokyo para proteger y trasladar a un pedófilo a cuya cabeza ha puesto precio el abuelo millonario de una de sus víctimas. Sobrecargada en todos los sentidos, a Shield of Straw le sobra su insistencia en resultar profunda y dar lecciones morales sobre la responsabilidad de la policía. Es en estos casos cuando echamos de menos a ese Miike más gamberro y enfermizo al que jamás hubieran invitado al festival de Cannes. 

    Y, definitivamente, a Johnnie To no le funcionan sus incursiones en la comedia. En Blind Detective convierte al carismático Andy Lau en un policía ciego que se dedica a resolver casos archivados. Su minusvalía propicia toda una serie de secuencias de humor histriónico y gangoso que colocan al actor en un registro tan forzado que provoca vergüenza ajena. Hasta el momento, ninguna película había provocado tantas deserciones en su proyección para la prensa.

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