Buscando a Alfredo Landa
Cumplió 80 años esta semana, pero su carrera acabó oficialmente hace cinco y no pudo hacerlo con un colofón más poético. Exactamente cinco décadas después de
Cumplió 80 años esta semana, pero su carrera acabó oficialmente hace cinco y no pudo hacerlo con un colofón más poético. Exactamente cinco décadas después de debutar en el cine con un personaje menor –en El puente de la paz, de 1957– Alfredo Landa le prestó en 2007 su voz a Dios, nada menos, en la cinta de animación El arca de Noé, y desapareció acto seguido a todos los efectos cinematográficos.
El hombre que bautizó al Landismo no es muy distinto del actor que fue ni este, a su vez, de muchos de sus personajes. Quizá por eso Landa, que es un tipo pasional, prefirió no desvanecerse en su propia edad y poco después de salir del cine ofició ante el país y la profesión una despedida como Dios manda. En 2008 recibió de los compañeros el premio de la Unión de Actores y el Goya de honor, que recibió emocionado y obligando a subir al estrado a su mujer y a sus hijos, y del país más reconocimientos que sumar a los muchos que ya tenía, como la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid y el Príncipe de Viana a la Cultura.
Él también quiso decir adiós a unos y otros y lo quiso decir de verdad, con la sinceridad honesta, despreocupada y faltona del oficinista al que le toca la lotería. "Ahora Fernando [Fernán Gómez] está muerto y a los muertos se les canoniza rápido y pasan a ser santos de almanaque", dijo en su biografía, publicada en 2008. "Pero Fernando no lo era, desde luego. Fue un actor extraordinario, pero una personalidad complicada. Y lo digo yo, que tampoco soy precisamente facilito".
Tan poco facilito es Landa que, viniendo de él, fue casi una suerte que solo dijera de ti que eres complicado en las páginas de su vida. En ese mismo volumen aseguró de Imperio Argentina que fue "un horror de persona" y de José Luis Borau –"un hombre pesadísimo"–, que solo tenía ojos para Imperio; comparó a José Frade con "una hiena" y a José Luis Dibildos con "un pajarraco" y aseguró que Gracita Morales era "despótica y caprichosa" y que José Luis López Vázquez le robó varios papeles.
“Dios, Franco y don Santiago Bernabéu”
No es un secreto que Landa se granjeó así muchos enemigos en la vieja guardia del cine español, como tampoco lo es que el relevo lo adora.
Borja Cobeaga, director y guionista de algunas de las comedias cinematográficas más celebradas de los últimos tiempos –No controles o Pagafantas, entre otras–, no escatima elogios a Landa y niega que su Landismo sea un fenómeno cerrado. “Su influencia es evidente hoy sobre todo en la televisión, de donde a su vez salta al cine. Hay comedias contemporáneas, como Aída o Los Serrano, que no pueden entenderse sin él”.
La razón, según Cobeaga, está en esa especialización que Landa adquirió con el tiempo para interpretar “al pobre machito español enfrentado a los elementos” que puede encontrarse aún hoy en productos como Torrente.
No en vano, Landa interpretó al español medio, esa entidad borrosa que solo ilustran las estadísticas, en bastantes más ocasiones que las propiamente landistas. Su mirada triste, sus rasgos achatados y su habilidad para encarnar tanto el pasmo trágico como el cómico le sirvieron por igual para retratar en la segunda etapa de su carrera a españoles tan medios como el Paco de Los Santos Inocentes de Mario Camus en 1984, el Sancho Panza televisivo de El Quijote de Gutiérrez Aragón en 1991 o el también televisivo Pepe de la serie Lleno, por favor, de 1992, popular entre la audiencia por aquella frase suya tan recordada: “Yo solo creo en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu”.
La edad de oro del cine español
Antes que eso Landa reinó en el olimpo de la comedia de la que fue epónimo junto a intérpretes como José Sacristán o José Luis López Vázquez y directores como Mariano Ozores o Pedro Lazaga. Su gran éxito fue la cinta considerada también fundacional, No desearás al vecino del quinto, un enredo que dirigió Tito Fernández en 1970 y que se convirtió de inmediato en la película más vista de la historia del cine español. Superó a La ciudad no es para mí –dirigida cuatro años antes por Pedro Lazaga con Paco Martíez Soria– y conservó el récord 34 años, hasta 2001 y Santiago Segura con su Torrente 2: Misión en Marbella.
Es el factor que destaca el guionista y director Óscar Aibar. “Fueron los años de una conexión muy sana entre el cine y su mercado, entre el cineasta y el espectador”, asegura Aibar, para quien la industria del cine español no ha conocido otra etapa “más próspera” que la que protagonizó el landismo. “Después llegaron autores diferentes y se agotó el hilo del que se tiraba, que era el destape. La cosa cambió y empezó a hacerse otro cine, uno que ya no buscaba directamente que lo viera la gente. Pero hasta entonces iba muy bien, los productores recuperaban su inversión y nació una industria que sirvió de escuela para miles de técnicos”.
Su fortaleza de entonces, no obstante, es lo que ha hecho hoy envejecer mal a estas comedias –que muchos críticos de hoy califican de demasiado comerciales–, aunque Aibar invita a pensárselo bien antes de empezar con juicios. “Para el espectador de hoy es muy difícil de entender”, asegura. “En la época no se practicaba esta distinción de hoy entre películas necesariamente buenas o malas, y los primeros en no hacerlo eran los actores. Eso ocurrió después, a partir de Saura o Berlanga, pero hasta entonces la percepción del cine era distinta”. Por eso, según Aibar, pudimos ver en comedias ligeras y de enredo a autores e intérpretes que después se pasaron a la solemnidad sin renunciar en ningún momento a su orgullo landista.
Cumplió 80 años esta semana, pero su carrera acabó oficialmente hace cinco y no pudo hacerlo con un colofón más poético. Exactamente cinco décadas después de debutar en el cine con un personaje menor –en El puente de la paz, de 1957– Alfredo Landa le prestó en 2007 su voz a Dios, nada menos, en la cinta de animación El arca de Noé, y desapareció acto seguido a todos los efectos cinematográficos.