EN 'LOS AMANTES PASAJEROS' REGRESA EL CINEASTA MÁS IRREVERENTE Y SINCERO

Almodóvar, el destape y una breve historia de la provocación

De las comedias ochenteras de Pedro Almodóvar se ha dicho –y se ha dicho de manera insistente– que desde entonces el mundo ha ido tan a

Foto: Almodóvar, el destape y una breve historia de la provocación
Almodóvar, el destape y una breve historia de la provocación

De las comedias ochenteras de Pedro Almodóvar se ha dicho –y se ha dicho de manera insistente– que desde entonces el mundo ha ido tan a peor que hoy, grotescas como fueron y provocadoras hasta el límite, no podrían estrenarse. El pronóstico no es cierto, por supuesto. De serlo, Los amantes pasajeros, el último trabajo del cineasta, no llegaría a los cines el próximo viernes, ya que la película "más gay" del manchego, utilizando sus propias palabras, es también la más bestia, la más incorrecta y la más provocadora de cuantas ha rodado desde Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón en 1980. 18, nada menos, a lo largo de 33 años. 

No en vano, la historia de la incorrección cinematográfica en España se entreteje con la de Pedro Almodóvar, hasta el punto de que el director participó como actor en una de las primeras películas nacionales en abordar el tema homosexual en 1978, cuando solo tenía 29 años. En Un hombre llamado Flor de Otoño, de Pedro Olea con guión de Rafael Azcona, José Sacristán daba vida a un transformista y abogado que orquestaba un atentado contra Primo de Rivera en el Madrid de los años veinte. Pedro Almodóvar, que aún no había dirigido su ópera prima, ya interpretó en ella un pequeño papel como actor.  

Subversión política a la par que sexual, que aunque hoy sean dos cosas distintas, no lo fueron tanto en el pasado. Una prueba: el productor de Un hombre llamado Flor de Otoño, José Frade, fue también quien pagó antes algunas de las mejores películas del destape, un fenómeno que el último franquismo toleró porque pensó que no cuestionaba el Régimen de España, sino sus valores, y el dictador hacía tiempo que se había desentendido de ellos. El destape, sin embargo, perdió con la democracia la resistencia que lo convertía en oposición, y los desnudos pasaron de ser protesta a ser eso, desnudos. La ropa volvió poco a poco después de la Transición, desde principios de los ochenta, cuando el desmelene perdió el fuelle junto al sentido y un nuevo estilo de incorrección cruda, no necesariamente agradable para la vista, se impuso en las salas de cine.

Heredero del destape

Porque la provocación provoca mejor si no es bonita, y de eso Almodóvar sabe más que nadie. A mitad de la década el director y guionista ya había ametrallado sin piedad la diana del puritanismo español, ahora huérfano, con Pepi, Luci y Bom..., Laberinto de pasiones –1982–, Entre tinieblas –1983– y ¿Qué he hecho yo para merecer esto? –1984–, en las que apresuró el trazo de esta agitación y lo hizo grueso para compensar el retraso que acumulaba el país en materia de irreverencia. En aquella misma época hitos del cine alborotador como Pink Flamingos –de John Waters en 1972– y The Rocky Horror Picture Show –de Jim Sharman en 1975– estaban no sólo estrenados hacía tiempo en Estados Unidos y otros países de Europa, sino también perfectamente digeridos.

Pero España es un país de acelerones y el cine no es una excepción. En la década de los noventa la subversión cinematográfica nacional se vio catapultada desde su pequeño espacio residual hasta la cima de las grandes audiencias, un logro aritmético para cualquier tipo de cine que además lo es filosófico para el cine que pretende escandalizar, que deja de ser así un producto para parroquianos y habituales –a quienes no tiene que convencer de nada– y consigue por fin acceso a aquellos a quienes hay que llegar, que es la gran masa de público. El sexo ganó entonces en presencia, agradecido como es en pantalla, y la perdieron otros temas marginales que hasta entonces le eran consustanciales, como la droga. 

Una prueba de esta eclosión está en Bigas Luna, que pese a trabajar mucho desde hacía años conquistó sus primeras taquillas al iniciar la década con Las edades de Lulú –1990–, Jamón Jamón –1992– y Huevos de oro –1993–, y la aparición del aperturismo sexual como tema secundario. Belle Époque –de Fernando Trueba en 1992, en la que Ariadna Gil interpretó a una mujer transexual–, Más que amor, Frenesí –de Albacete, Menkes y Bardem en 1996– y la pasión incestuosa de los hermanastros de Los amantes del círculo polar –de Julio Médem en 1998– son sólo algunos ejemplos.

La edad del pesimismo

Pero el sexo no deja de ser un tema, y los temas se agotan. Superado el trauma del amor en pantalla en un país rebosante de libertades la protesta dejó de tener sentido y con ello, llegó la introspección. 

Aunque el cuestionamiento del género y de la identidad sexual eran temas latentes en Almodóvar desde sus primeras obras, a finales de siglo el deseo mal encarrilado y la diferencia en la identidad sexual dejaron de ser la anécdota y el color de sus tramas para convertirse en el motor de altas tragedias como Todo sobre mi madre –1999– y Hable con ella –2002–, consideradas hasta hoy las obras cumbre del creador y premiadas con dos Oscars de la Academia. 

En ambas cintas la negación conflictiva de la propia identidad sexual –la del transexual Lola en Todo sobre mi madre, que interpretó Toni Cantó, y la del homosexual Benigno en Hable con ella, al que dio vida Javier Cámara– acabará siendo una parte importante, si no la fundamental, del desenlace dramático de la historia. En la España del cambio de siglo el sexo estaba bien y la homosexualidad se aceptaba, de modo que no hacía falta demorarse en más reivindicaciones. Ahora se trataba de ilustrar sus dificultades.

No fue el único que lo hizo. Quizá fue el letargo de la expansión económica o la reacción natural a muchos años de desenfado, pero lo cierto es que en los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI la provocación y la celebración queer dieron paso en muchos otros autores a un pesimismo oscuro en el que ser casquivana, homosexual o un simple liberal eran causas justas, pero perdidas. Así le ocurrió a las Libertarias de Vicente Aranda en 1996, que pagaron con tragedia su contestación sexual y a las parejas de amantes compuestas por Javier Bardem y Jordi Mollà en Segunda PielGerardo Vera, 1999– y por Leonardo Sbaraglia y Eduardo Noriega en Plata QuemadaMarcelo Piñeyro, 2000–. Es un punto de vista que, pertrechado de excepciones, continúa hasta el día de hoy.

Pero Almodóvar, en esta ocasión, no sólo no se adelantó a su tiempo, sino que tardó bastante en contravenirlo. Tanto como duró el manchego en resolver su enroscamiento manierista sobre la transexualidad, un tópico que vivía artísticamente como propio y que llevó al extremo en La mala educación –2004– y agotó definitivamente en La piel que habito –2011–, verdadera pirueta final sobre un tema, el del cambio de sexo, que ocupó los últimos veinte años de su producción cinematográfica. Como muestra inconsciente de que el asunto ya no era en él ya preocupación, sino capricho artístico, en La piel que habito innovó y presentó este cambio de sexo envuelto para regalo, presentado por primera vez como un objeto fundamentalmente poético y visual. Fue lo mismo que hizo con el propio sexo tras superarlo, cuando lo trató por última vez, de forma estética y delicada, en el recordado interludio del amante menguante de Hable con ella

Así, en la cinta de Antonio Banderas, Elena Anaya y Jan Cornet el combustible de la historia no es ya el trauma, sino la pasión, y lo sexual vuelve a ser, como a principios de los noventa, el color accesorio de una historia fundamentalmente romántica. Como demostró en sus filmes previos –la costumbrista Volver en 2006 y la personalista Los abrazos rotos en 2009–, al Almodóvar de hoy han dejado de preocuparle, que no de interesarle, tanto el sexo como el género. 

Y entonces llega con aire de regreso Los amantes pasajeros, una vuelta sincera a su comedia ochentera y un ejercicio de grosería para divertir, pero también convencer. Como en los viejos tiempos, Almodóvar celebra hoy la diversidad sexual en lugar de sufrirla y lo hace con elocuencia, desplegando por el camino tantas malsonancias le permite un público que, tratándose de él, le permite todas. Desconocemos el porqué, aunque quizá pretenda de nuevo adelantarse al cine de su tiempo, para el que liberación y transgresión sexual llevan frecuentemente al fracaso. O a lo mejor es simple política, ya que el propio autor ha dicho de 2013 que atravesamos en él "el vuelco más fuerte desde la Transición". Lo piensa de verdad y obra en consecuencia, ya que Los amantes pasajeros es, con toda seguridad, su cinta más política.

Los amantes pasajeros gustará mucho a unos y a otros muy poco, como ocurría con las películas del director hace veinte años, y pondrá a prueba ahora a quienes dicen, como se reseñaba al principio, que en los tiempos que corren no se aceptarían una comedia como las que hacía Almodóvar cuando era Almodóvar. Queda por ver, con el ejemplo de lo contrario estrenándose este viernes, si seguirán diciéndolo a posteriori. Y si quienes lo hacen no serán, en efecto, los primeros en rechazarla.

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