EL DIRECTOR REGRESA AL GÉNERO CÓMICO CON 'LOS AMANTES PASAJEROS'

Qué esperar cuando esperas a Almodóvar

Parecía imposible, pero ha ocurrido. El director de cine Pedro Almodóvar ha vuelto a hacer una comedia y si un adjetivo abunda entre quienes lo celebran,

Foto: Qué esperar cuando esperas a Almodóvar
Qué esperar cuando esperas a Almodóvar

Parecía imposible, pero ha ocurrido. El director de cine Pedro Almodóvar ha vuelto a hacer una comedia y si un adjetivo abunda entre quienes lo celebran, ese es el de esperado. Su decimonoveno trabajo, Los amantes pasajeros, se estrena en cines la semana próxima pero se viene cacareando desde hace meses como el esperado retorno del manchego al género que le vio nacer, del que se apeó para ganar como autor y al que parecía que jamás iba a regresar. Por eso, antes de saber por fin si la espera ha valido la pena, cabe echar la vista atrás y repasar aquello que cabe esperar del que es, precisamente, el estreno más esperado del año.

Farsa francesa

Muchos personajes, un único escenario predominante y situaciones extravagantes sin llegar al absurdo. Y puertas, muchas puertas. Son los ingredientes básicos la farsa pero también los de, por ejemplo, Mujeres al borde de un ataque de nervios –de 1988– y ¿Qué he hecho yo para merecer esto? –de 1984–.

Si el Almodóvar solemne es más cinematográfico, el cómico suele volverse teatral y tiende a encerrar a sus personajes en espacios finitos para acotar la narración y que la comedia reduzca como una salsa hasta adquirir consistencia escénica. Es seguramente el esquema que encontraremos en Los amantes pasajeros, cuya acción transcurre casi íntegramente en un avión en vuelo.

Almodóvar contra Almodóvar

Eso y referencias a lo propio. El último Almodóvar le tiene ganas a su primer yo y está deseando desde hace tiempo echarle –echarse– un buen pulso. Al menos dos de sus cintas recientes –La mala educación, de 2004, y Los abrazos rotos, de 2009– tienen a directores de cine por protagonistas y en las dos se juega a contrastar el cine pasado –de los años ochenta, en ambos casos– con la realidad del presente.

En cambio, es probable que en Los amantes pasajeros el propio autor no se encarne en ninguna figura del texto, pero sí que su diálogo trascienda por fin la propia narración y toda la película se constituya en una referencia a sus comedias ochenteras, consciente el cineasta de que hace años que se espera de él su regreso al género. Esta vez no será el personaje quien emule a otros personajes, sino que el narrador mirará directamente a los ojos del espectador. O quizá todo a la vez, ya que ambas técnicas no están reñidas y si a algo tiende Almodóvar es a excederse. Un ejercicio arriesgado, claro está, como lo es cualquier autohomenaje, pero no muy distinto de otros retos que el manchego ha superado con éxito. Del grado de sutileza dependerá que no se convierta en caricatura.

Caballos ganadores

Almodóvar rara vez arriesga con sus actores principales y en Los amantes pasajeros, visto el reparto, menos que nunca. Sus tres protagonistas –Joserra, Fajas y Ulloa, o lo que es lo mismo: Javier Cámara, Carlos Areces y Raúl Arévalo– son cómicos excelentes, instrumentos de hacer reír con la precisión de un bisturí, una vis cómica arrolladora y probada experiencia en el fragor de la comedia. Las estrellas de Hollywood, en esta ocasión, no pisan siquiera el segundo plano –reservado para otras apuestas seguras del humor como Carmen Machi, Guillermo Toledo o Lola Dueñas– y quedan así para ese cameo simpático, pero necesario, que tanto agradece la taquilla.

El gran timonel de este barco es sin duda Javier Cámara y no debe extrañar que Almodóvar haya recurrido precisamente a él cuando más necesita asegurar el terreno. Tras vestir al magnífico Benigno de Hable con ella –de 2002–, la Paca / Paquito que lució Cámara en La mala educación –de 2004– brilló como pocas veces lo había hecho el actor a efectos cómicos desde su legendario Paco en la sitcom televisiva Siete vidas. Le asistió en la faena una peluca rubia y el hecho de interpretar al único personaje libre de oscuridades en todo el texto, pero remató el trabajo. Brilló entre las piruetas dramáticas del guión –uno de los más oscuros de Almodóvar– y no ganó un Goya, de los que no tiene ninguno pese a sus cinco nominaciones, pero sí una medalla: que El Deseo rescatase más metraje suyo para incluirlo en los extras del DVD. Es mucho más de lo que han podido sacarle a Almodóvar la mayor parte de sus chicos y chicas homónimos.

Comedia con concesiones

Los amantes pasajeros no será ni mucho menos la versión almodovariana de Aterriza como puedas, ya que en la obra del manchego, siguiendo el criterio más purista, no hay tragedias ni comedias, sino siempre tragicomedias.

El cineasta, no obstante, ha mezclado drama y humor al cincuenta por ciento en muy pocas ocasiones –quizá solo en Mujeres al borde de un ataque de nervios–. No suele entender el género como una ecuación de términos intercambiables, sino como un producto direccional que empieza en una tragedia que se alivia con comedia o en una tragedia rebajada con comedia. Parece evidente que Los amantes pasajeros, anunciada desde la promoción como el regreso del genio al género bufo, se inscribe en este segundo apartado, por lo que la gran duda no es así su condición humorística, sino su graduación.  

Lunáticos, pero no locos

La posibilidad casi cierta de encontrar trazos dramáticos levanta, no obstante, otra duda: ¿veremos en Los amantes pasajeros alguno de los desequilibrados tan propios del cine de Almodóvar? Es probable que no. El director y guionista suele preferir que la pulsión que mueve a sus desequilibrados sea la pasión –como en Matador, de 1986, ¡Átame!, de 1990, o Kika, de 1993– y confinarlos, víctimas de este deseo, en entornos cotidianos, dentro de los que acaban restallando y brillando por contraste.

No en vano algunas de las secuencias más célebres de su cine están protagonizadas por personas normales –habitualmente mujeres– reducidas a su propia caricatura. El monólogo de Antonia San Juan en Todo sobre mi madre –de 1999–, el de Carmen Machi en Los abrazos rotos –de 2009– o el recordado duelo dialéctico de los pimientos entre Chus Lampreave y Rossy de Palma en La flor de mi secreto –de 1995– son solo algunos ejemplos.

Una de cal: Playbacks

Es el fetiche más reconocible del manchego y su sello de identidad. Ni siquiera en la aclamada Volver –de 2006– se privó de darle a Penélope Cruz un magnífico playback, metido con calzador en una narración donde no cuadraba en absoluto para reivindicación de su rutilante protagonista y marcar la película, a su vez, con el sello de la casa.

El playback de Los amantes pasajeros –con I’m so excited, de Pointer Sisters– es uno de los pocos que Almodóvar ha reservado a los hombres, en este caso escenificado y bailado por Joserra, Fajas y Ulloa, los tres sobrecargos protagonistas. No es la única novedad que encontramos en ellos.

Y una de arena: innovación.

Amas de casa gritonas, adinerados galanes maduros, transexuales deslenguadas, pervertidos… Pero, ¿y hombres afeminados? No es un arquetipo al que Almodóvar nos tenga acostumbrados. Aunque en su cine hemos encontrado numerosos protagonistas homosexuales –nótese La ley del deseo, de 1987, o La mala educación, de 2004–, el afeminamiento que adivinamos en los protagonistas de Los amantes pasajeros ha sido en raras ocasiones materia expresiva del autor, reservado tradicionalmente como atributo de apariciones muy breves y puntuales o para ese experimento suculento que fue el Benigno de Javier Cámara en Hable con ella, cuya indefinida orientación sexual acaba siendo una parte fundamental del propio conflicto dramático.

Almodóvar ya ha dado respuesta a esta innovación antes incluso de estrenar su película y lo ha hecho, para no defraudar, llamando a la polémica. “Si los obispos hacen alarde de pluma, ¿por qué no pueden hacerlo los azafatos?”, decía en una reciente autoentrevista en su web. 

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