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Se busca al Dylan chicano. Vivo o muerto
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EL DIRECTOR DE 'SEARCHING FOR SUGAR MAN' ANALIZA LAS CLAVES

Se busca al Dylan chicano. Vivo o muerto

Lo que cuenta Searching for Sugar Man es tan inverosímil que si fuera una película y no un documental nos la tomaríamos a cachondeo y acompañaríamos la proyección

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Se busca al Dylan chicano. Vivo o muerto

Lo que cuenta Searching for Sugar Man es tan inverosímil que si fuera una película y no un documental nos la tomaríamos a cachondeo y acompañaríamos la proyección con expresiones como: “Sí, claro”, “venga ya”, “vamos, hombre”. Pero todo es real. De ese tipo de realidad absurda que supera a la ficción. Ningún blockbuster de Hollywood resistiría el grado de disparate realista de este documental. “Si fuera una película, sería una mala película: lo que cuenta es demasiado raro”, explica a El Confidencialsu director, el sueco Malik Bendjelloul, que el domingo aspira al Oscar. Su documental se estrena este viernes en nuestros cines.

Detroit, finales de los sesenta. Unos productores lanzan a un cantautor de origen mexicano (Sixto Rodríguez) surgido del underground. Le sacan dos discos pensando que tienen entre manos al Dylan latino, pero nadie los compra. Rodríguez desaparece del mapa. Dicen que se ha suicidado…

Hasta aquí todo más o menos normal. Ahora viene lo extraño. La música de Rodríguez resucitó años después… en la aislada Sudáfrica de los años de plomo del apartheid. ¿Cómo llegó hasta allí la primera copia de sus discos? No está claro. Cuenta la leyenda que una estadounidense fue a visitar a su novio con una copia de un disco de Rodríguez bajo el brazo, una de las pocas que vendió en EEUU. A sus colegas les gustó, empezaron a grabar las canciones y su música se extendió como la pólvora en el país africano.

El boca a boca convirtió a Rodríguez en un mito de la contracultura blanca que se oponía al apartheid. En el trovador rebelde que llamaba a la revuelta. En el cantautor que cantaba a las drogas. La censura no pudo evitar que sus dos discos se convirtieran en éxitos de ventas. Rodríguez llegó a ser más famoso que Elvis en Sudáfrica. Vendió cientos de miles de copias. Acumuló diez discos de oro. “Los blancos liberales tenían siempre cuatro discos en su casa”, recuerda un fan en el filme. “Abbey Road, de los Beatles, Bridge Over Troubled Water, de Simon y Garfunkel, y uno de Rodríguez”.

“Entonces te podían caer tres años de cárcel por criticar al régimen del apartheid. Otros músicos internacionales hablaban en sus canciones sobre tumbar sistemas opresivos, pero sus discos no eran de fácil acceso. El muro de Pink Floyd, por ejemplo, estaba prohibido. Rodríguez triunfó en parte porque sus discos, aunque no se escuchaban en las radios, sí llegaron a las tiendas, quizás por despiste de la censura. Era casi el único artista antiestablishment que circulaba masivamente. Y las bandas sudafricanas de la escena contracultural le tenían como referencia”, explica Bendjelloul.

Un referente en la sombra

Pero mientras su fama se desbocaba, Rodríguez permanecía en paradero desconocido. Ninguno de sus familiares estadounidenses tenía la menor idea de su éxito en Sudáfrica, donde circulaban muchos rumores sobre su persona: “Se prendió fuego en mitad de un concierto”, decían unos. “Murió en la cárcel de una sobredosis de heroína”, aseguraban otros.

Sus fans se volvieron locos buscando información sobre su ídolo, lo que no era tan sencillo: aún no existía Internet, Sudáfrica estaba sometida a un bloqueo y en Estados Unidos la carrera de Rodríguez había pasado completamente desapercibida. Nadie se acordaba de él, vaya. Hasta que, muchos años después, un fan sudafricano descubrió una pista sobre el destino de Rodríguez. Y si lo contado hasta ahora no les parece suficientemente inverosímil, esperen a ver el resto del documental…

Por no destripar la trama digamos que, como si fuera un cuento de Borges, entre la intriga fantástica y la inquietud de una identidad escindida, Rodríguez vivió dos vidas paralelas y antagónicas sin ser consciente. Estrella de rock de día, activista político de noche. Entre el sexo, drogas y rock 'n' roll y la lucha de clases. Personalidad múltiple, riqueza y pobreza, música y lucha, el mito Rodríguez crece y crece hasta hacerse cada vez más descomunal y misterioso según avanza la película.

“Rodríguez sabía que en el momento en que empiezas a consumir y a tener obligaciones… dejas de ser un hombre libre y empiezas a ser un esclavo”, razona el director.

Rodríguez no solo se adelantó al surgimiento de la música latina en Estados Unidos, a la brutal irrupción de la salsa vía Fania Récords, sino que lo hizo tocando la música equivocada. “Quizás el motivo de que no triunfara en EEUU es que, siendo de origen mexicano, sonaba como un folkie blanco, como Dylan. Un mexicano en Estados Unidos tiene derecho a hacer música, pero lo que se espera de él es otro tipo de música. Su fracaso en Estados Unidos es un caso de racismo musical”, zanja Bendjelloul.

Lo que cuenta Searching for Sugar Man es tan inverosímil que si fuera una película y no un documental nos la tomaríamos a cachondeo y acompañaríamos la proyección con expresiones como: “Sí, claro”, “venga ya”, “vamos, hombre”. Pero todo es real. De ese tipo de realidad absurda que supera a la ficción. Ningún blockbuster de Hollywood resistiría el grado de disparate realista de este documental. “Si fuera una película, sería una mala película: lo que cuenta es demasiado raro”, explica a El Confidencialsu director, el sueco Malik Bendjelloul, que el domingo aspira al Oscar. Su documental se estrena este viernes en nuestros cines.

Bob Dylan