UN ARTISTA ABANDONA POR LOS PABELLONES DE IFEMA VARIAS PIEDRAS SEÑALADAS

Cómo llevarse una obra de Arco sin pagar

Una piedra grande de mármol, rota y agujereada, rayada, estropeada y tirada junto a un contenedor de basura azul es un elemento extraño e invisible en

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Cómo llevarse una obra de Arco sin pagar
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    Una piedra grande de mármol, rota y agujereada, rayada, estropeada y tirada junto a un contenedor de basura azul es un elemento extraño e invisible en el laberinto de pasillos y corrección de una feria comercial de arte contemporáneo. Sin embargo, el enjambre de colorines y decorados que animan como pueden la arena del circo de Arco hace desaparecer cualquier elemento disonante. Los visitantes  pasan a su lado, pero nadie mira, nadie ve ese pedrusco que podría ser el resto de una lápida, el olvido de un empleado de la limpieza, una pregunta sin respuesta o un fallo en el sistema.

    En el mismo pasillo, apoyada en la pared de una galería brasileña hay otra. Igual de desportillada y roñosa. Nadie se atreve a tirar ninguna de esas dos losas. Cuesta moverlas, deben pesar unos 40 kilos cada una. Además, quién se atreve a tocar nada en Arco. Un traspiés sin seguro podría empeñarle a uno de por vida. Peor aún: quién se atreve a preguntar si eso… si eso es una obra de arte.

    Unas cuantas galerías más adelante unas escaleras de madera suben al cielo y se acaban en el techo descubierto del stand. En otra más allá aparecen los cristales de bombillas hechas cachitos. Platos de porcelana en mil pedazos,

    Arte leve, arte pesado

    En principio, todo lo que se recoge en estos dos pabellones de Ifema hasta el próximo domingo es arte. Todo, incluso dos piedras abandonadas. Todo lo que pase por los arcos de seguridad con certificado de compra es arte. Lo demás, no. ¿Qué ocurre cuando una de las piedras de las que hablamos, rasgada y pesada, en la que hay un lema inscrito en tinta negra que dice “Leve”, en mayúsculas, y un número debajo -el 109- pasa por el control de salida de Arco sin certificado?   

    Arrastrar por los pasillos el pedernal es adelantar la Semana Santa innecesariamente, pero no todos los días encuentra uno una bonita piedra tirada en Arco. La empleada de seguridad determinó que aquello, además, era una obra de arte.

    -          ¿Dónde va con eso?

    -          Me marcho ya.

    -          ¿Pero de dónde ha sacado eso?

    -          Estaba abandonada en un pasillo.

    -          Pero será de alguien, no puede salir con ella.

    -          Sólo es una piedra.

    -          ¿Ha pagado por ella?

    -          No, le digo que estaba tirada.

    -          No puede salir de aquí.

    -          ¿Porque no lo he pagado?

    -          Claro.

    -          Pero estaba abandonada.

    -          De alguien será.

    -          ¿No hay nada gratis en Arco?

    -          No.

    -          ¿Y qué necesita para que me la pueda llevar?

    -          Un certificado.

    -          ¿De quién?

    -          Del dueño, de quien lo venda, la galería…

    -          Pero si me la he encontrado.

    La trabajadora de la empresa de seguridad privada contratada por Ifema para velar por la seguridad de Arco aclara dos cosas: definitivamente aquello es una obra de arte y, además, hay que demostrar la propiedad incluso si su anterior dueño ha renunciado a ella. Via crucis de vuelta hasta la galería más cercana al lugar del delito. Ybakatu, Brasil. Un gigante dardo con ramas de árbol clavado en la pared recibe al personal. Quien la firma es Isaque Pinheiro, un joven artista portugués al que le gusta definir su propuesta como arte político porque cuestiona las relaciones entre la ingeniería humana y la naturaleza. Es accesible y muy irónico.

    Seguro y pesado  

    El dardo cuesta 6.000 euros, pero la lápida es gratis. Se descubre al confirmar que ha sido él quien ha soltado varias de esas lápidas por los pasillos cercanos a sus marchantes. Dice que su taller en Lisboa es una antigua cantera de piedra demolida y tiene el jardín abarrotado de deshechos marmóreos. Cuando quiso vaciarlo, la empresa que podía hacerse cargo de la limpieza le pidió un dineral. Así que decidió convertir aquel montón de piedras sin significado en un montón de obras de arte para repartir libremente por las ferias a las que acude y por las calles de su ciudad. Ha traído unas cuantas desde allí.    

    La galerista entra en el pequeño chiscón donde guarda el librillo de recibos. Lo abre y rellena el papel para que quede constancia de que aquella piedra queda libre para volar y escapar de las paredes del pabellón. Firma la nota y en el campo “precio”, pone “gratis”. Ahora, el juicio de la empleada de seguridad ratifica que la piedra es una obra de arte y que se entrega sin nada a cambio.

    El jefe de seguridad de la casa, vestido de paisano, sigue los pasos del papelito y la piedra por los pasillos hacia la puerta de control de acceso y salida. Nadie puede salir de Arco sin pagar por una obra de arte ni un recibo que lo certifique. Antes de escapar con la joya, la seguridad reclama la acreditación de la piedra y del que lo lleva. No están seguros de lo que ha pasado, porque hundir la rutina del sarao es tan sencillo como soltar una piedra y esperar a ver cómo las suspicacias salen a flote.  

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