NUEVO MÉXICO, CENTRO DEL BIEN Y EL MAL

Pólvora agria, la auténtica vida del Western

Durante 20 años la frontera de Nuevo México fue el reino de la anarquía, donde el bien y el mal intercambiaban papeles en cada refriega. La

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Pólvora agria, la auténtica vida del Western
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    Durante 20 años la frontera de Nuevo México fue el reino de la anarquía, donde el bien y el mal intercambiaban papeles en cada refriega. La voluntad individual se encargaba de ocupar y delinear los límites del territorio, la violencia conseguía hacer crecer las propiedades en las que criar el ganado y la épica póstuma de construir el relato. A finales del siglo XIX las orillas entre México y EEUU dieron asilo a forajidos, que terminaban sus días convertidos en agentes de la ley y viceversa, y a ganaderos, terratenientes y políticos, que alteraban las reglas, la moral y las leyes en beneficio propio. Bajo el humo agrio de la pólvora levantado por la Guerra del Condado de Lincoln, en la que los millonarios lucharon entre ellos por ampliar su patrimonio, fue donde nació la leyenda del criminal Billy el Niño y el sheriff Pat Garret.

    El dinero fácil, la corrupción, el delito, la venganza, la arbitrariedad, las armas y el whisky hicieron de las ciudades fronterizas las condiciones ideales para la creación de leyendas como las de los pistoleros John Wesley Hardin, los hermanos James, los Dalton, Sam Bass, Butch Cassidy, Doc Holliday, Wyatt Earp o Will Bill Hickok, además de los mencionados. La mayoría de ellos eran contratados como vaqueros para atender al ganado durante las grandes travesías. De paso defendían los intereses de sus contratistas. Las virtudes del hombre de frontera se resumían en una: puntería con el rifle y el lazo. La leyenda ya se encargaba de añadir otras tantas, como la de los duelos a cara descubierta. La mayoría prefería la traición por la espalda o la emboscada.  

    El trabajo del historiador norteamericano Mark Lee Gardner, especialista en el lejano y salvaje Oeste, ha dejado al mito en los huesos con el libro “Al infierno en un caballo veloz. Billy el Niño y Pat Garret. La épica búsqueda de justicia en el viejo Oeste” (Península). Gardner visitó los archivos y las colecciones privadas de Texas, Arizona, Utah y Colorado con la intención de sacar a los fantasmas de sus hazañas y trazar el recorrido verídico –todo lo que su obsesión, adoración y entrega al Oeste le permite- de un personaje del que, en el sudoeste ganadero, se empieza a oír hablar antes que de Drácula, Hamlet o Ahab. Y en su esfuerzo por acercarse a la verdad Gardner no hace más que ampliar la atracción de un inadaptado en lucha con la autoridad, de la potencia de John Dillinger, Pretty Boy Floyd y Bonnie y Clyde.

    El vibrante resultado combina la crónica periodística con el relato histórico en una doble biografía cruzada, que reivindica la figura y labor del secundario de esta historia de dos: Pat Garret. Sólo la muerte de uno de ellos a manos del otro podía separar a estos siameses crecidos entre nopales, búfalos y coyotes. La noche del 14 de julio de 1881 el sheriff de Lincoln ponía fin a la vida del bandido veinteañero en una habitación a oscuras de una casa de Fort Summer. Un año después escribe “La auténtica vida de Billy el Niño”, con la pretensión de aclarar todo lo que se escribía de la leyenda que acababa de nacer tras su asesinato y de justificar patéticamente aquel asesinato “en defensa propia”.

    Este texto, junto con “Vida y aventuras de Calamity Jane” y “Vida y aventuras de Nat Love” forman “La mano del muerto” (Antonio Machado Libros), un retablo reunido por su editor Javier Lucini para mostrar la postrimería del salvaje Oeste, según sus protagonistas. Los tres se presentan como personajes crepusculares del ocaso de una época en que con un caballo, una silla de montar y un Winchester eras libre y feliz. El progreso acabó con el tono épico y la barbarie fue barrida por la civilización de los terrenos salvajes.

    “Con el avance del progreso vino el ferrocarril y ya no se nos volvió a necesitar para conducir mustangs ni novillos de cuernos largos, al tiempo que los enormes espacios abiertos entre los grandes territorios ganaderos que se extendían hasta donde se perdía la vista, comenzaron a poblarse de ciudades y pueblos […] Para los vaqueros de las llanuras, acostumbrados a la vida salvaje sin restricciones de las planicies sin límites, el nuevo orden de cosas no resultaba atractivo, y muchos se disgustaron y dejaron aquella vida para tratar de seguir el modo de vida de nuestro hermano más civilizado”, escribe el ‘cowboy’ negro Nat Love, apodado “Deadwood Dick” después de enlazar, atar, embridar, ensillar y montar un mustang salvaje en nueve minutos.  

    De los tres relatos recuperados es, sin duda, la más atractiva y acorde con la propuesta inicial de este volumen. La narración de esclavo con la que describe sus orígenes en una plantación se transforma en un relato de las odiseas de un vaquero en el Oeste. El ex esclavo encuentra la libertad en la frontera, donde su color de piel desaparece hasta el punto de adoptar los mismos síntomas racistas que sufrían los negros en el resto del país cuando trata a los mexicanos de desleales y a los indios de salvajes.

    El ocaso corre tanto como el progreso, uno en retirada y otro en vanguardia, y no se puede detener ni con el mejor caballo ni la mejor lazada. Es imparable. Nat lo intenta, como bien apunta Lucini en el prólogo, en una escena dramática por lo quijotesca: envalentonado por su amor no correspondido echa el lazo a una locomotora en marcha para detenerla. Agarra bien por la chimenea, pero cuando la cuerda se estira sale disparado de su montura y es arrastrado hasta que cede. “Enlazar una locomotora en marcha es, con diferencia, mucho peor que enlazar un búfalo salvaje en las praderas”. Love aceptó un año más tarde un puesto al servicio de la compañía Pullman, en el ferrocarril que hacía recorrido de Denver a Salida (Colorado).

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