Un Delibes a la americana que arrasa con su primera novela antes de publicarla
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JESÚS CARRASCO LA HA VENDIDO YA EN TRECE PAÍSES

Un Delibes a la americana que arrasa con su primera novela antes de publicarla

El lenguaje es al escritor lo que el color al pintor: a mayor dominio, mayor precisión en la expresión de sus intenciones. Leonardo da Vinci lo

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Un Delibes a la americana que arrasa con su primera novela antes de publicarla

El lenguaje es al escritor lo que el color al pintor: a mayor dominio, mayor precisión en la expresión de sus intenciones. Leonardo da Vinci lo resumía de esta manera en su tratado de pintura: “El color del cuerpo iluminado participa del color del cuerpo que ilumina”, de la misma manera que la palabra con la que el escritor recrea a sus personajes ilumina la novela. Como exiliado de la publicidad y recién nacido en la literatura, Jesús Carrasco (Badajoz, 1972) emplea un símil a partir de la gráfica digital para presentar su trabajo: la novela se pixela (se desvirtúa) cuanta menos exactitud tenga el lenguaje utilizado. “Intemperie” (Seix Barral) es su primera novela y cuenta con la definición y el terruño con los que Miguel Delibes regó su obra.

Un botón de muestra: “Buscó en los serones una trenza de albardín que había sobrado del redil y la ató a la retranca. Luego fijó el otro extremo a una piedra caída del castillo y tiró del ronzal. El animal se movió, y la albarda se deslizó por sus cachas hasta caer al suelo”. En tres frases, siete palabras que permanecen en paradero desconocido, a pesar de formar parte de nuestro diccionario, para contar que uno de los protagonistas le coloca la montura del burro como respaldo. En el común de los hablantes ni están ni se las espera. Admite, aunque suele pretencioso, que le gusta pensar que prolonga la vida de las palabras y que a veces las emplea por cómo suenan.

“Sueño con el día en que pueda escribir en una novela “goleta”, “balandro”, bergantín”, “falúa”. Sueño con ese día, pero soy de secano. Quiero decir que hay palabras que empleo sólo por la propia sonoridad, y a pesar de ello el lenguaje no es una pantalla que interrumpa la visión de la historia”, dice sobre su afición a emborracharse con términos arrumbados del castellano, que ahora tendrán que ser traducidos a las lenguas de los 13 países que han contratado los derechos de publicación del libro.  

Con un cargamento infinito de términos caídos en desgracia y cocidos al calor de los encinares, Carrasco presenta una simple narración en fuga: un niño emprende la huida de un alguacil y sus ayudantes, y un cabrero anciano le da cobijo. No hay más trama, “Intemperie” es una novela urdida con las hebras del paisaje natural y humano, los dos protagonistas.

Aturdidos en el agitado océano de las letras y las novedades, las nuevas olas empujan a la precisión mar adentro y acercan a las orillas del lector el ímpetu de la expresión por encima de cualquier otro aspecto. Sin embargo, la estirpe de Carrasco no proviene únicamente de la relectura de los clásicos. Cita a Cormac McCarthy, imprescindible en medio de este horizonte yermo que ha puesto en pie: “Debo reconocer que es un autor que me gusta mucho y que ha aparecido en mi vida en los últimos ocho años. Ha estado muy presente en este tiempo en el que se ha gestado esta novela”. Pero también asume haber sufrido el impacto de J. M. Coetzee, Carver, Updike y Perec. Ninguna referencia a autores españoles, a pesar de la evidente vinculación con Delibes.

Paisaje natural y humano

“Con Miguel Delibes me he encontrado recientemente, a pesar de haberle leído antes. Sí me reconozco en él, pero a posteriori. Veo que en él la precisión de la palabra es fundamental y también encuentro vínculos en el uso del paisaje. Es muy parecido al mío”, explica. “Mi paisaje es el ibérico. Me siento bien en el encinar, me siento bien en el cereal, en el secarral”, añade el autor a este periódico.

“Intemperie” recupera uno de los asuntos más actuales, el desamparo. Pero lo hace sin envoltorios de actualidad. En un mar de arena ardiente intervenido por la barbarie, la violencia y la amenaza, los protagonistas transitan por lugares tan olvidados como el léxico con el que respira el libro. No sabemos cuál será la evolución de Carrasco como narrador, pero hay argumentos para definirle como un escrupuloso ojeador enraizado a la tierra, que recoge a cámara lenta cada muesca de la incertidumbre. “Es lenta porque mi forma de percibir el campo es a pie, caminando por los sembrados. Es un ritmo que me gusta, que me permite contemplar”, subraya.

El punto de vista del narrador, el tono y el ritmo, la ausencia de ironía, la grave solemnidad o el cuestionamiento de la moralidad hacen de “Intemperie” uno de los frutos menos posmodernos que se han escrito y publicado en los últimos años. “Puede ser, pero no era mi intención. He escrito sobre las cosas que me interesan: la tierra y la condición humana. Percibo la gravedad de la vida e intento transmitirla de una manera grave”, incide el escritor, al tiempo que se pinta como una persona seria y solemne.

Confirma su tendencia narrativa con una selección de lecturas de sus contemporáneos, en la que quiere destacar a Ricardo Menéndez Salmón, de quien asegura que encuentra en él algo “absolutamente distintivo y poderoso en la concisión y en la palabra como una navaja que penetra”. También señala a David Vann, autor de “Sukkwan Island” (publicado por Alfabia), de quien aprecia una relación similar a la suya con el paisaje, pero en Alaska.

Una novela en la piel

Carrasco tenía cosida esta novela a su propia historia desde el mismo momento en que su primo le nutría de lecturas, que éste recogía en el “Bibliobús”. El pueblo de Jesús no tenía parada ni biblioteca. Ajusta cuentas también con el mandato asfixiante de la intervención religiosa en la vida íntima de las personas. “Necesitaba que el personaje del cabrero tuviera una moral y una ética. La moral es la dominante, la heredada, la católica. Y la ética es la que le permite ejercer su propia forma de proceder. No está sometido”, describe a este personaje como un ser íntegro y firme, que manifiesta su magisterio en silencio. Desvela una posible crítica a la jerarquía eclesiástica y a su intrusismo en la vida de las personas.

La novela camina muy cerca del abismo moralista, que sortea con solvencia con la voz templada y áspera del narrador. “No he querido decirle al lector nada, si acaso el cabrero al niño. El niño deberá aprender, supongo, que no hay catálogo moral. Que hay coordenadas hacia las que ir, pero que entre medias hay mucha tela que tejer y cada uno teje la que puede”.

Dos logros más en el nacimiento de un sobresaliente escritor: la ausencia de referencias espaciales y temporales a favor de las humanas. Ha desaparecido el contexto. No sabemos dónde, ni cuándo. Ni siquiera conocemos el nombre de los protagonistas. No importa: “Allí donde se cumpla el paisaje encajará la novela, y más allá de eso espero que lo que suceda dentro de ese paisaje sea intercambiable”, asegura.

Pero la quintaesencia de esta novela es la relación entre los personajes, hay más presencia que diálogo. No tienen nada que decirse. El temor consume las palabras y el calor las ahoga: “Me parece que diálogos floridos bajo el sol inclemente es algo superfluo”. Jesús Carrasco hace beber al niño y al cabrero de la sequedad de su entorno, para cerrar, más que una primera novela, el inicio de un proyecto lejos de lo común.