"Los alemanes que se creen mejores son muy provincianos"
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PETROS MÁRKARIS Y EL HARTAZGO DEL HOMBRE COMÚN

"Los alemanes que se creen mejores son muy provincianos"

Es una sociedad desvencijada, llena de estructuras agrietadas en la que reina la corrupción, el clientelismo y la falta de implicación. Es Grecia, o al menos

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"Los alemanes que se creen mejores son muy provincianos"

Es una sociedad desvencijada, llena de estructuras agrietadas en la que reina la corrupción, el clientelismo y la falta de implicación. Es Grecia, o al menos la Grecia que dibuja Petros Márkaris en Liquidación final (Ed. Tusquets), la segunda parte de su Trilogía de la crisis, y en la que tan importante es la intriga como el contexto. La mirada de Márkaris nos muestra un país que vive en el permanente colapso, retratándolo con una perspectiva similar a la que nos era contada respecto de la vida cotidiana de los países del este después de la caída del muro. Aparece en las páginas de Liquidación final la misma degradación de la vida cotidiana, la misma sensación de moverse entre las ruinas, la misma falta de esperanza. Para Márkaris, este parecido no tiene que ver con los sistemas políticos, sino con “la ruptura de los vínculos sociales y comunitarios que hoy se da sobre todo en las grandes ciudades de los países intervenidos, donde la prioridad absoluta de la gente es la supervivencia”.

En ese escenario se desenvuelven unos personajes peculiares en los que asoman de manera muy palpable las novedades de los tiempos. Por una parte, su protagonista, el detective Kostas Jaritos, ya nada tiene que ver con el personaje cínico y misógino que dominó la época clásica del género. El detective moderno suele tener esposa o exesposa, hijos en edad problemática, dificultades para llegar a final de mes y pensiones que pasar, y está ya muy lejos de aquel tipo deslenguado que encontraba la mejor compañía en una botella de whisky.

Como forma de venganza, decide eliminar a los evasores fiscales que no devuelven al fisco lo que han ocultado

En ese prestar especial atención a lo privado, señala Márkaris, quedan reflejados los cambios que vive nuestra sociedad. “En la medida en que las estructuras institucionales están cayendo, en países como España, Grecia o Italia, la gente encuentra de nuevo soporte en la unidad básica de supervivencia, como es la familia. Su presencia es más habitual en los municipios pequeños que en las grandes ciudades, y es particularmente importante en épocas de crisis, ya que son las personas que la integran quienes te ayudan y te empujan de verdad a seguir adelante”.

“Sólo buscan venganza”

Las novedades que se dejan sentir en Liquidación final son también las que está viviendo el género en su totalidad. Según Márkaris, "la gran novela burguesa, como Los miserables, Oliver Twist, Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, partía de un delito que servía de excusa para introducir el lector en la sociedad de su tiempo, e igual está ocurriendo con la novela negra actual, que trata cada vez más asuntos sociales a partir de ese pretexto”.

Sin embargo, el elemento más llamativo de Liquidación final es la simpatía que muestra el autor por el asesino de su novela. Márkaris retrata a un tipo honesto, culto y trabajador, alguien que ha peleado para llegar lejos en la vida y al que una sociedad corrupta le lleva a la desesperación. Como forma de venganza, decide eliminar a aquellos evasores fiscales que no se avienen a devolver al fisco lo que se han ocultado. Este giro es peculiar en varios sentidos, pero sobre todo porque muestra una significativa mutación en las motivaciones sociales. Los personajes ligados a la violencia política de las narraciones culturales solían ser los terroristas, tipos que pretendían cambiar por completo el orden social a base de sangre y bombas. El asesino descrito por Márkaris es sólo un tipo común al que le tocaron demasiado las narices. “Cuando las situaciones son extremas, hacemos cosas que no esperábamos. Cuando llevas a la gente al límite, suele haber una reacción. Y en este sentido, es cierto que la  violencia política es distinta, porque ya no se busca cambiar el sistema social, sino que sólo se aspira a la venganza. No quieren transformar la sociedad, sino que pagan aquellos que no actúan como deben”.

Los griegos tenemos una enfermedad de la que somos responsables, pero si no salimos de esta situación es porque la cura no es la adecuada

A partir de esta excusa argumental, Márkaris retrata de forma feroz una sociedad griega ineficiente, decadente, corrupta y en la que nadie se implica en nada, reproduciendo en buena medida los estereotipos con los que la prensa germana y los sectores cercanos a Merkel han descrito a los helenos. Pero el autor de Con el agua al cuello asegura emitir la crítica desde un lugar muy distinto del de los dirigentes y banqueros alemanes. “Yo no busco excusas baratas para explicar la situación. Es cierto que en Grecia somos responsables de nuestros problemas, que nos creíamos ricos y vivíamos con dinero prestado. Puedo aceptar su argumento de que hemos hecho todo mal, sin excepción, pero no somos el mejor ejemplo para comprobar si sus medidas funcionan. El ejemplo es Portugal, que ha hecho todo según dictaba el manual sin obtener ningún resultado. A los dos países se nos está dando dado un tratamiento incorrecto para solucionar la situación y ese es el asunto, que el problema está en el médico y no en el paciente. Podemos tener una enfermedad de la que somos responsables, pero si no salimos de esta situación es porque no se nos está dando la cura adecuada”.

¿Qué es ser un vago?

Del mismo modo cabe entender los prejuicios que están circulando por los países nórdicos respecto del carácter griego, que se repite con escasas variaciones respecto de los países del sur de Europa, y según los cuales los helenos son vagos, corruptos, ineficientes y amigos de la teta pública. “Están muy equivocados. ¿Qué es ser vago? ¿Tener dos o tres empleos para sobrevivir? ¿No trabajar más de cinco horas al día porque es para lo único que te contratan? Además, el escándalo más brutal de corrupción que he visto en Grecia es el provocado por Siemens”.

¿Qué es ser vago? ¿Tener dos o tres empleos para sobrevivir, como hacen muchos griegos?

En los años sesenta, cuando las dictaduras eran el modo habitual de gobierno en los países mediterráneos, las naciones protestantes las apoyaban argumentando que, en el fondo, la gente del sur de Europa era díscola, no se sometía a la autoridad y necesitaba mano dura para tener un gobierno eficiente. Ahora, los estereotipos son distintos, en tanto señalan a gente que ha vivido por encima de sus posibilidades, que ha malgastado sus recursos y que no quiere devolver lo que pidió prestado, ya que prefieren echarse la siesta a trabajar. Para Márkaris, esta nueva mirada surge principalmente de los alemanes. “He crecido en dos países, Turquía y Grecia, en los que los Estados Unidos te decían lo que debías hacer porque eran más poderosos que tú y podían obligarte. No te decían ‘somos mejores’ sino ‘somos más fuertes’. Igual ocurría con la URSS y sus países satélites. Pero la experiencia alemana es distinta, porque a causa de su pasado en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, saben que la fuerza se les puede volver en contra. Pero eso no te dicen ‘somos más fuertes’ sino ‘somos mejores’. Esa es la manera de demostrar su superioridad”.

Pero el problema está, como señala Márkaris, en cómo se mide quién es mejor. “Los alemanes se definen de ese modo, pero esa autodefinición es la marca registrada del provincianismo. Cuando un grupo dice ‘somos mejores que tú’, ya sea los de Creta respecto de los de Atenas, los del Norte de Grecia respecto de los sur o los alemanes respecto de los griegos o de los españoles puedes estar seguro de que te encuentras frente a un montón de provincianos”.