FALLECIÓ A LOS 93 AÑOS EN MADRID

Mingote, un hombre solo, el último intelectual

Suponer que el fallecimiento de Antonio Mingote implica la desaparición del humorista gráfico más genial sería tanto como disminuir su talla personal, intelectual y moral. Mingote

Suponer que el fallecimiento de Antonio Mingote implica la desaparición del humorista gráfico más genial sería tanto como disminuir su talla personal, intelectual y moral. Mingote -entreverada su biografía a la trayectoria de ABC durante 60 de los 109 del diario- fue un enorme intelectual, es decir, un hombre entregado a la reflexión sobre sus semejantes, a la observación de sus grandezas y miserias y al relato de las unas y de las otras desde una compasión infinita al prójimo, tanta como respeto y perplejidad le causa la condición humana.

Hombre dotado no sólo para el dibujo, sino también para la prosa -hay textos de Mingote en la Tercera de ABC que son auténticas piezas literarias- su humor superó el de la escuela surrealista en la que cuajó -La Codorniz- y se plasmó en el periodismo de viñeta, creando una escuela a cuyo magisterio nadie ha opuesto reparo alguno, hayan sido colegas de un lado o del otro del espectro ideológico.

La obra cimera de Mingote, sin embargo, es la de su propia proyección en un libro titulado Un hombre solo, estremecedor volumen que sin palabras, a base de sucesivos dibujos de un personaje aislado, perfilado en trazo negro sobre el blanco de la página, sacude al lector-espectador de las viñetas y le conmueve hondamente. Porque Mingote conmovía. Era él como eran sus dibujos. Y sus dibujos le reflejaban en su perspicacia, en su sabiduría, en su inmensa cultura y en su esencial calidad de hombre bueno. Mingote no tuvo enemigos, porque exudaba en sus menguadas expresiones una extraordinaria bondad a través de la que expresaba la sorpresa que, de continuo, le producía la versatilidad del alma humana.

Antonio Mingote, académico y tantas veces condecorado, fue un verdadero intelectual que cambió el ensayo por la viñeta, la prosa por el trazo –apostillada con unos textos de inteligencia y sencillez realmente magistrales- y la grandilocuencia de las grandes frases y los conceptos altaneros por la sencillez de la tantas veces inaprensible cotidianeidad que él supo reflejar como nadie lo ha hecho.

Mingote era como parecía y parecía como era. Fiel -él siempre fue fiel y amigo, aunque en algunos momentos muchos confundieron sus palabras con murmullos ajenos- a un periódico, ABC, del que ha sido hasta su muerte el estandarte, la seña de identidad, la denominación de origen. Hacía tiempo que no le veía. Creo recordarle, pálido y adolorido, en el funeral de otro hombre excepcional al que él quiso mucho -al que tantos quisimos y admiramos--: Guillermo Luca de Tena. El diario ha pasado en estos últimos 60 años por avatares diferentes; ha sido conducido por muy diversos personajes -algunos no le entendieron porque ellos volaban bajo, y Antonio siempre fue un águila imperial-, pero estuvo al lado, siempre al lado de esas tres letras de la cabecera de ese gran periódico. Dirigirlo -como en  mi caso- me ofreció enormes sinsabores, pero extraordinarias oportunidades.

Una de la más importante, sin lugar, a dudas, fue la de conocer, tratar y admirar a Antonio Mingote, marqués de Daroca. El hombre del grito silencioso, el hombre sólo, el último intelectual que con unos cuantos trazos nos ensimismaba y nos explicaba. No fue el académico un humorista. Fue un gran pensador que como todo gran intelectual deja una obra que es testimonio del tiempo histórico que le tocó vivir y cuya excelencia le ha convertido en un clásico. Todo lo hizo Antonio Mingote con sencillez. Jamás una excentricidad; nunca una vanidad; menos aún una banalidad. Siempre la sonrisa del hombre solo entre la multitud buscándose y buscándonos. Alcanzó el alma y el corazón de sus lectores, llevó a la cumbre el género en el que trabajó sin descanso, fue fiel a sus amigos y a ABC, tuvo en vida un reconocimiento que a él le provocaba incomodidad y malestar -detestaba el ditirambo y, para él, cualquier elogio- y se apagó el martes después de una larga y fecunda vida de 93 años que vivió con una curiosidad intelectual indesmayable. Creo, sin exagerar, que Mingote era el último intelectual de envergadura del siglo pasado que mantuvo su vigencia al margen y por encima de cualquier coyuntura. Y la seguirá manteniendo cuando -ya de definitivamente- encuentre la soledad que tanto ansiaba.

* José Antonio Zarzalejos, exdirector de ABC

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