EL MÍTICO CANTAOR HABRÍA CUMPLIDO ESTE DOMINGO 60 AÑOS

Camarón: el tiempo agiganta su leyenda

Flotando como un velero…Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño…(La leyenda del tiempo)“Niño, lo próximo algo de guitarritas y palmas, ¿vale?”. Ricardo Pachón, productor

Foto: Camarón: el tiempo agiganta su leyenda
Camarón: el tiempo agiganta su leyenda

Flotando como un velero…

Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño…

(La leyenda del tiempo)

“Niño, lo próximo algo de guitarritas y palmas, ¿vale?”. Ricardo Pachón, productor de La leyenda del tiempo, acató el recado de Camarón de la Isla. El disco, con fotografía en blanco y negro y portada con rostro de nicotina, vendió apenas 7.000 copias. José Monge Cruz habría cumplido este domingo 60 años y lo haría celebrándolo con Pachón, Tomatito, Kiko Veneno, Raimundo Amador… Aquella primavera de 1979 en Umbrete, un pueblecito del Aljarafe sevillano, el germen de una composición que jamás convenció a los ortodoxos.

Camarón, hermano de sangre de Paco de Lucía, quería crear algo distinto. En verano de ese año grabaron en el mejor estudio de Polygram. Treinta y cuatro pistas de sonido para una tropa de artistas con talento y sin horarios. Bajo eléctrico, batería y cante jondo. El rock y el flamenco. Había antecedentes de fusión musical (el grupo Smash), pero ese disco logró juntar por primera vez un talento descomunal en una producción inédita, acaso revolucionaria, que consiguió el prestigio con retraso, aunque de un modo contundente. Definitivo.

El rubio José Monge, gran amante de la música griega y turca, fue mucho más que La leyenda del tiempo (lo detalla el documental de José Sánchez Montes), Volando voy, Como el agua o Soy gitano. El consenso ofrece pocas dudas: nadie como él interpretó el flamenco contemporáneo. Logró que este arte, ya Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, saliera de un círculo cerrado, ensimismado, abriéndolo al gran público.

Su historia musical no se puede explicar sin Paco de Lucía, esta primera semana de diciembre de final de gira (el jueves actuó en Copenhague). Su hermano, Pepe de Lucía, habla con El Confidencial sobre Camarón. Pepe acaba de llegar de Adelaida (Australia). “Buscaba la perfección al máximo, ensayaba toda la noche el tema que al día siguiente tenía que tocar. Yo lo conocía por las muecas. Sabía si estaba cansado o le gustaba cómo estaba quedando el trabajo”, cuenta el hermano del autor de Entre dos aguas.

Camarón y Paco de Lucía lograron una relación cómplice. “Como dicen, fue el encuentro de Urano con Saturno. En gran medida Paco fue el ventrílocuo de Camarón y Camarón le sacó a Paco el cantaor que llevaba dentro. Es frívolo plantear quién de los dos sacaba ventaja a quién”, explica el periodista algecireño Juan José Téllez, biógrafo de Paco de Lucía, que conoció a Camarón, con 20 años, merendando en casa de unos amigos.

“Capaz de cantar la guía telefónica”

“Yo estaba absolutamente maravillado de La leyenda del tiempo y le dije lo bien que había interpretado las poesías de Fernando Villalón y García Lorca. Cuando se dieron la vuelta se rieron de mí a mandíbula batiente. ‘¿No lo sabes? José no tiene ni idea de esos poetas. Si se le pone por delante, él es capaz de cantar la guía telefónica”. Téllez lo entrevistó en tres ocasiones. La primera vez en 1981, junto a Jesús Melgar para una revista de Ceuta. Otra, en julio de 1982, para Diario 16, justo diez años antes de su muerte. La más larga, a finales de los ochenta, tras una “memorable” actuación en París.

Camarón no leía periódicos ni libros. “Era analfabeto”, confirma Pachón. “El Mick Jagger gitano”. “El Joe Cocker de San Fernando”. Le leían sus triunfos en las portadas de los periódicos franceses. Aprendió a escribir su nombre, eso sí, con lentitud. Cuando le solicitaban un autógrafo no lo firmaba al momento. Se encerraba en un cuarto de baño o se daba la vuelta para que no le vieran su escasa destreza con la letra.

Monge, murciélago del cante, el baile, el tabaco y las juergas, no era amigo de las multitudes. Cuando entraba en un local se pegaba a la pared, siempre era el último en aparecer. Agradecía que se reconociera su talento, pero aborreció convertirse en un mito en vida, en el mayor icono gitano y no gitano del flamenco. Marcelo Camus, su psiquiatra, reconocía que Camarón cayó en la trampa de la droga (de los cigarrillos a los canutos y de ahí…) y la consecuencia: murió de cáncer de pulmón, porque no aguantaba “el mundo normal”. “Prefiere estar ciego a soportar en lo que le ha convertido su propio pueblo”, cuenta alguien cercano a su entorno.

Un dios llamado José

Camarón visitó a Raimundo Amador a su casa sevillana de las 3.000 viviendas. Frondosa melena y barba espesa ya plateada. Hora y media después, 200 personas se habían agolpado rodeando el edificio. Madres con sus hijos dejaron la comida a medio hacer y se fueron corriendo a verlo, a tocarlo. A él le agobiaba mucho. Querían que sus niños recibieran la bendición laica de su dios. “Los gitanos le habían deificado y eso le agobiaba mucho. Le tenía amargado”, admite Pachón. Y añade: “Fue un santón antes de morir”.

Con 15 años Juan Pablo Díez se sacaba propinas (10.000 pesetas en una noche) como acomodador en el festival Torre del Cante de Alhaurín de la Torre  (Málaga). “A mí, por rebeldía con mi padre, no me gustaba el flamenco. Pero ese día, cuando salió a cantar, todo el mundo se calló. Yo también me quedé callado, mirando. Fue algo grande”. Enrique Carmona también recuerda un concierto, un año antes de morir Camarón, en sus años universitarios en la Universidad de Navarra.

“Señoras y señores, tranquilos, que el Camarón ha dado su palabra y viene a Pamplona”. Y el artista no llegaba… La actuación, de apenas 40 minutos, empezó con tres horas y media de retraso. Se dibujaba una silueta frágil y quebradiza en la oscuridad.  “Fue un acto de fe para los creyentes de Camarón. Parecía como si se hubiera resignado a estar ya fuera del mundo, la voz no le respondía; a mí no me decepcionó pero me dio bastante lástima”.

El último concierto de Camarón fue en Madrid, en el salón de actos del Colegio Mayor San Juan Evangelista, más conocido como Johnny. Aquel enero de 1992 reflejó un artista  absolutamente crepuscular. Alfredo Grimaldos tituló en El Mundo: “Camarón se entregó”. Venía de actuar el día anterior en Nimes (Francia) y estuvo a punto de no actuar. Muy cansado, ya gravemente enfermo, Tomatito, su inseparable compañero en la guitarra, fichado tras triunfar en la desaparecida Taberna Gitana de Málaga, le convenció.

El caché de Camarón en el Johnny se cifró en 3,5 millones de pesetas. 700 personas acudieron al espectáculo. La entrada costaba 4.000 pesetas (la reventa se disparó hasta las 25.000 pesetas). Estuvo una hora cantando. No dio ni las buenas noches. Diez minutos pidiendo un bis. No lo hubo. No podía. “Le costó el alma subir la escaleras del escenario”, relata  Alejandro Reyes, director artístico del club de música y jazz de San Juan Evangelista, testigo de esa noche. “Camarón cantaba jondo, pero dulce. Te ponía la piel de gallina. Transmitía una emoción intensa que se ve en pocos artistas. Siempre marcando el compás”.

El próximo 9 de diciembre se edita un CD con la grabación de aquel concierto. “Como testimonio vital será interesante. A un artista no sólo se le mide por sus cumbres, sino por sus abismos”, opina Juan José Téllez.

El disco de despedida fue Potro de rabia y miel, con portada diseñada por Miquel Barceló. Paco de Lucía se empeñó en publicarlo. Lo sacaron a trancas y barrancas. Con un enorme despliegue posproducción de sonido (hubo que coser  frases, letras, incluso sílabas), Camarón ofrece una voz agónica. “Al final sólo cantaba tangos y bulerías. Hay que recuperar los primeros discos que  hizo con Paco, son una maravilla, muy frescos. Ese el Camarón que cantaba todo: soleás, seguidillas y tangos extremeños”, cuenta Grimaldos.

Chispa: ¿Cuánto me vais a pagar?”

Su viuda, La Chispa, con quien se casó en 1976, no cobra pensión de su esposo. Camarón jamás cotizó a la Seguridad Social. Un diario de papel le ha pedido recientemente una entrevista. “¿Y cuánto me vais a pagar?”, es la primera pregunta que lanza la viuda a los periodistas, que sigue viviendo en La Línea, quejosa del poco dinero que le quedó.

El propio Camarón reconoció sus problemas económicos. Ya lo admitía en la entrevista de Téllez en Diario 16: “Está uno toda la vida matado con el cante para nada. Claro, un festival, son ochenta y siete mil pesetas, se llevan el tanto por ciento y se sacan gastos  y te quedan diez mil duros. ¿Tú te crees que eso es dinero para mí? En invierno, nada. En invierno  hay que esperar los canales, que no veas cómo son. Mucho nombre, mucho ruido y la gente ve eso y nada más”.

Una de sus últimas intervenciones públicas, en Televisión Española, fue en la misma línea: “Si es verdad que he aportado algo al flamenco –dijo con la pena mirando a cámara– pues quiero que quede algo. Por lo menos la mitad pa mi niños y familia”, escribe Montero Glez en la novela Pistola y cuchillo, que recrea el escenario de la Venta Vargas de San Fernando, su localidad natal. Glez ficciona su vida y su arte, “ese pezón saliente donde mamarán todos los futuros artistas flamencos”, el hombre que “pillaba el alfabeto de los gestos y lo convertía en caligrafía” y que “era capaz de expresar más cosas con un solo gesto que un escritor con palabras”.

‘Camarones’ de cine

Su figura no sólo es tentadora para la ficción. Ya se han escrito varias biografías. La primera fue de Enrique Montiel, publicada en 1993, por encargo de José Oneto. “Él y yo nacimos con cinco meses de diferencia, en el mismo pueblo. Se habla muy a la ligera de quienes fueron sus amigos”. Francisco Peregil, reportero de El País, también relató la vida del mito.

Jaime Chávarri dirigió Camarón en 2005. Óscar Jaenada logró un Goya al mejor actor protagonista. Su actuación fue lo mejor de una película que según los flamencólogos y amigos de Camarón no refleja la vida y el arte del cantaor. “Es un Camarón de cartón-piedra. El guión se subordina al interés de su viuda y los abogados. La parte de la enfermedad y la muerte si que está bien”, subscribe Montiel.

Una visión cinematográfica más aproximada la ofrece Isaki Lacuesta. En 2006 estrenó La leyenda del tiempo, con el personaje de Makiko Matsumura, nacida en la prefectura de Tochigi, en el centro de Japón, que quiere “ser cantaora para transmitir sentimientos” como Camarón, aquel cantaor de “voz triste que sonaba diferente a todos”, recuerda el flamencólogo Alfredo Arrebola.

Escribe Montero Glez: “Hasta el final de los días, su garganta fue como una herramienta afilada en la fragua. Cantó y se fue rápido”. El tiempo agiganta la leyenda del gitanico rubio de San Fernando.

 

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