El yo en los pelánganos
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El yo en los pelánganos

Un buen día, sin más ni más, Teodoro Sagredo, catedrático de instituto, ex concejal, ex pecé, mal avenido con su esposa y con el país en

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El yo en los pelánganos

Un buen día, sin más ni más, Teodoro Sagredo, catedrático de instituto, ex concejal, ex pecé, mal avenido con su esposa y con el país en que vive, se afeita la barba que lo caracterizó durante más de treinta años. Un error de cálculo, si es que hubo tal, porque el que para otros es el cotidiano hecho del rasurado a él le supone una quiebra en su identidad que le llevará al Reino de Aglapsia, nombre que dará al manicomio en donde lo internan, incrédulos ante su reivindicación identitaria.

Sin la barba se le ha quedado una cara de muerto; sin la barba de progre auténtico sólo queda “un ser estrafalario, casi repulsivo. Y asustado” (pág. 9). Su mujer, quizá interesadamente, ya no le reconoce; tampoco su hijo, ni su mejor amigo, ni sus compañeros de trabajo. ¿Puede un hombre ser su barba, un signo tribal, y poco más?

 

Más que estudiada por la antropología está la relevancia social de algunos rasgos identitarios, repletos de sentido, preñados de una información tan abundante como el lenguaje articulado. Un determinado modelo de automóvil, una cierta altura de los pantalones sobre o bajo la cintura o un estilo de maquillaje sirven para ubicar, de un aparentemente simple golpe de vista, a un individuo en la jerarquía social. Al despojarse de su máscara pilosa, Teodoro Sagredo pierde el atributo que le situaba socialmente, pero también familiarmente.

La imagen que arrojaba el barbado Teodoro venía definida por el atributo de marras. Mas sin ella, sin su máscara, se ve despojado de su historia personal, de los contenidos del signo y, expuesto, auténtico, es relegado. Él, que se creía marxista, resulta ser unamuniano. En el fondo, la profunda insatisfacción con la vida de máscaras, ejemplificada en su experiencia política -los falsos progres que se han adueñado de los conceptos por los que luchó- y amorosa, ha provocado su afeitado, que repite obsesivamente, un síntoma de su patología.

En el sanatorio mental se encuentra entre otros que, como él, se han despojado de las convenciones que impone la vida cuerda, social ordinaria. “El mal llamado loco es alguien que ha renunciado a la capacidad de modificar sus costumbres; y, naturalmente, el resultado de esta renuncia es eso que los demás llaman locura” (p. 140), advierte lúcidamente.

En ese microcosmos las reglas se construyen al paso. Y el mismo desencanto que le empujó al rasurado le hace inventar ese Reino de Aglapsia, habitado por “académicos” y, en los pabellones femeninos, por “amazonas”. En esa realidad decide ser Zalacaín el aventurero, el héroe de Pío Baroja -con quien mantiene vivas conversaciones en ruso, que ninguno de los dos habla ni entiende-, un personaje que comparte con él el rechazo por la realidad que les ha tocado vivir y el destino trágico.

La novela de Luis Béjar, amplia, profusa y lúcida, mezcla registros y tonos, saltos del punto de vista. Se presenta como un manuscrito -Teodoro está loco, pero también es culto- reelaborado por Béjar, por lo que dos narradores, de diferente proximidad a lo narrado, se solapan. La obra es, pues, de una complejidad y ambición a veces desmedida que, a pesar de el interés y la profundidad de los temas y la simpatía que despierta el personaje -sin dejar de lado el espléndido virtuosismo de la escritura- deja en orfandad al lector, que tiene la impresión de que nadie cuenta con él, que asiste a una representación ajena. Magnífica, eso sí.

 Un error de cálculo. Ed. El Aleph. 452 págs. 19,95 €