Lo bueno empieza después del eclipse
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Lo bueno empieza después del eclipse

El año de 1992 fue bueno para los vampiros. No sólo se estrenó la gran versión de Drácula de Francis Ford Coppola, sino que apareció una

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Lo bueno empieza después del eclipse

El año de 1992 fue bueno para los vampiros. No sólo se estrenó la gran versión de Drácula de Francis Ford Coppola, sino que apareció una espeluznante antología de relatos vampíricos en la editorial Siruela, culmen de tales cosas -a pesar de Vampiria, también excelente, editada por Adriana Hidalgo-. Luego vino la versión de Círculo de lectores (2000), esta vez editada y prologada por el tenebroso Conde de Siruela.  

Nada más adecuado, pues no costaba imaginar al respetable editor transfigurado en el tenebroso Conde de Siruela, encorvado sobre un sólido escritorio, en una biblioteca de roble inglés -no en vano es un Fitz-James Stuart-, oblicuamente alumbrado por un mortecino fuego. En la edición de 2010, ahora en Atalanta, ha vuelto a ser Jacobo Siruela, como 18 años antes, y la mansión victoriana ha sido sustituida por la más cálida del Ampurdán, aun con la tramontana.

 

Los vampiros están de moda. Eclipse y True Blood, cada una en su franja de madurez, cosechan éxitos millonarios, aunque bastante lejanos estética y literariamente de las piezas recogidas en Vampiros. Por estas páginas desfilan los egregios nombres de Joseph Sheridan Le Fanu, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Horacio Quiroga y, por supuesto, Bram Stoker.

Pero, como dice Siruela, el vampiro es más que una moda. La literatura vampírica es tan antigua como la pesadilla del chupasangre, presente desde tiempos prehistóricos. En la figura del upiro se vierten las más sombrías tendencias del hombre: el ansia de vivir y el temor de la muerte, la repugnancia por la carnalidad, la seducción del mal, la represión del deseo sexual o la rebelión contra lo divino, lo humano y lo natural, es decir, contra los límites impuestos al ser humano, vengan de donde vengan. Por supuesto, un mito tan ricamente cargado, tan hinchado simbólicamente, no podía  permanecer ajeno al interés literario.

Esta grosera y pútrida hez de la Creación encontró su verdadero lugar en la literatura fantástica del romanticismo -junto con muchas otras criaturas de ultratumba, como recogiera Ítalo Calvino en otra impagable antología en Siruela-. Aunque durante el Siglo de las Luces existió un serio debate en torno a la realidad del mito, fue con el Sturm und Drang alemán y su mirada al interior del hombre cuando el vampiro profana el camposanto literario. Es entonces cuando aparecen Goethe con La novia de Corinto -que aparecía en la primera versión de 1992, pero se cayó en las siguientes- o Johann Ludwig Tieck (No despertéis a los muertos, págs. 49 a 78).

En este momento el vampiro es aún la lamia romana, apenas una versión hemofílica del súcubo. El camino hacia el Conde Drácula lo emprende John William Polidori con su lord Ruthven (págs. 79 a 101), personaje basado más que vagamente en Lord Byron, figura del malditismo por excelencia. Polidori tuvo que soportar las burlas y desprecios del gran poeta, y se vengó inmortalizándole como el caballero seductor, tan elegante como perverso, tan aficionado a las mujeres como a su sangre, que preludia al gran monstruo de Stoker.

Pero el vampiro no es sólo Drácula o Carmilla (Joseph Sheridan Le Fanu, págs. 209 a 294), tan crueles y sedientos como elegantes y atractivos. Es también el brutal vurladak del otro Tolstói, Alexei (págs. 165 a 193), el viajero con hocico de El beso de Judas (X.L., págs. 311 a 344) o la criatura de Horacio Quiroga (El almohadón de pluma, págs. 363 a 368). La figura del vampiro es múltiple como múltiples son nuestros temores, nuestra indefensión en la noche, en la fragilidad de la vida.

El vampiro es ese miedo que nos repugna y arredra, tanto como nos atrae, plantándonos ante una pantalla de cine, las páginas de un libro o un atroz vacío del que sólo nos guarda una cuerda elástica. Como apunta el editor y conde, “En el fondo, el hombre moderno desea inconscientemente ser como un vampiro: su nihilismo y su sed desesperada de perpetuar la vida son semenjantes. De ahí que el vampiro sea el mito moderno por excelencia y su éxito no se extinga” (Prólogo, p. 26).

En este volumen, que incluye tres piezas nuevas respecto de la versión del 2000 -no hay que perderse el relato de Robert Aickman, págs. 435 a 474-, se encuentra una buena muestra de esa variedad, de ese mito inextinguible, avalado por el buen gusto de uno de nuestros grandes editores que, lejos de contentarse con compartir título con el más afamado de los vampiros, se mete en el papel y nos “regala” esta antología vampírica. A pesar de algunos errores ortotipográficos -rareza en los libros de Atalanta-, la edición es impagable, desde la selección de las piezas al material gráfico que las acompaña, sin olvidar los anexos bibliográficos -libros y películas- y el rico prólogo.

 Vampiros. Ed. Atalanta. 490 págs. 25 €.