Yo sí vendo mi vida privada… pero lo mío es arte

“¿Es autobiográfico?”. Esta pregunta tan recurrente en el campo de la creación ya no hace falta formularla. El arte actual se ha encargado de que muchas

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Yo sí vendo mi vida privada… pero lo mío es arte
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“¿Es autobiográfico?”. Esta pregunta tan recurrente en el campo de la creación ya no hace falta formularla. El arte actual se ha encargado de que muchas de sus obras se refieran sin tapujos a la vida privada: mi cama, mi padre… y así muchos ejemplos (ver álbum).

 

El caso más llamativo y polémico es sin duda el de la británica Tracey Emin. Junto a Damien Hirst despuntó en la exposición Sensation de 1997 en Londres y se la encuadra dentro de ese Joven Arte Británico tan denostado por críticos como Julian Stallabrass, que decía de ella que comercializaba “sus traumas”.

 

La acusación tiene su fundamento. Esta turcochipriota nacida en Londres en 1963 no ha dudado en utilizar en sus obras sus dos abortos o cómo tras varias noches de borrachera decidió convertir su cama en una obra de arte titulada simplemente My Bed, con la pieza de mobiliario acompañada de sus zapatillas vejas, un peluche, compresas, condones o papeles.

 

La propuesta que precisamente presentó en Sensation, Everyone I Have Ever Slept With 1963-1995, era una tienda de campaña en la que en su interior había escrito los nombres de más de cien hombres con los que se había acostado. El espectador que quisiera apreciar en su totalidad el asunto debía agacharse e introducirse en ella. Con estos ejemplos no resulta raro que muchos vean en esta admiradora de Munch y Beuys el reflejo de la cultura predominante en Reino Unido, en occidente, en definitiva.

 

Una escultura sobrecojedora

 

Otro artista salido de ese Sensation, aunque con menos traca que Hirst y Emin, fue Ron Mueck (ver álbum). Curtido en el estudio de Jim Henson también tiró también de su vida privada al realizar una escultura sobrecogedora que representaba a su padre fallecido. Era en un tamaño más pequeño que el real y al mostrarlo desnudo conseguía que el espectador experimentase cierta perplejidad acompañada de un sentimiento de vulnerabilidad.

 

El año pasado, Jasper Joffe planteó una curiosa propuesta artística: vender en subasta todas sus pertenencias. Con la que se llamó The Sale of a Lifetime, Joffe pretendía empezar de cero con 33 años, la edad de Jesucristo, después de dejar su galería y de que su novia lo hubiese abandonado. Se distribuyó todo en 33 lotes, ya que había mucha tela que cortar: su primer Teddy Bear, álbumes de fotos familiares, un libro de Kissinger autografiado por el autos, o alguno de sus cuadros, como un particular retrato de Himmler -alabado por Saatchi-. No sabemos si se vendería a buen precio, pero lo cierto es que la iniciativa le reportó un buen mordisco de publicidad.

 

Otro caso reciente es el de Christian Boltanski, un artista francés que llegó a un acuerdo para que cada segundo se su vida fuese filmado y emitido (Ver Christian Boltanski, el artista que vendió su alma al diablo) en Museum of Old and New Art (MONA) de Tasmania, una institución creada por David Walsh. Es un trato esperpéntico en el que cuanto más larga sea la vida de la artista, más dinero se embolsará; mientras que si muere arte, será un negocio más que provechoso para Walsh.

 

El arte conceptual de Sophie Calle

 

Ejemplar es el caso de Sophie Calle, una de las más conocidas en el campo de vender su intimidad. Esta artista conceptual francesa ha llevado a cabo lo más variados proyectos en los que ella era parte importante de la iniciativa. En su proyecto Detective pidió a su madre que contratase un detective para que siguiera sus pasos e hiciese un informe detallado de sus andanzas, incluyendo fotos. Luego compararía esta información con la que fue recabando en su diario personal, mostrando una de sus obsesiones: la mirada, qué ven los otros cuando la miran a ella.

 

En Los durmientes, de 1979, fotografió a las distintas personas que durante una semana habían ocupado su cama por un periodo de ocho horas. Más moderno es el trabajo Take Care of Yourself, que presentó a la Bienal de Venecia de 2007 y en el que pidió a más de 100 mujeres que interpretasen las últimas palabras –las que dan título al asunto- que le dirigió en una carta su ex pareja cuando la dejó.

 

Aunque hace poco Calle declaraba que había conseguido "aumentar mis pechos gracias a mi fuerte voluntad", según una entrevista en la revista alemana Brigitte Woman, fueron otras como Orlan las que hicieron de su cuerpo un objeto artístico. Integrante del llamado body art, la creadora fue sometiendo su rostro a diferentes operaciones quirúrgicas dirigidas por ella misma.

 

Otros venden sus excrementos en lata –caso de Manzoni- o se fotografían con su pareja en actitudes sexuales -caso de Jeff Koons y la actriz pornográfica Cicciolina-. Hay para todos los gustos y sensibilidades. ¿Es arte o no lo es? El tiempo lo dirá.

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