El hombre que pudo reinar

Animalario se ha convertido en una referencia en el teatro español. Más allá de polémicas –las servidas especialmente por su gala sui géneris de los Premios

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El hombre que pudo reinar
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    Animalario se ha convertido en una referencia en el teatro español. Más allá de polémicas –las servidas especialmente por su gala sui géneris de los Premios Goya en contra de la guerra de Iraq y por la obra Alejandro y Ana. Lo que España no pudo ver del banquete de boda de la hija del presidente-, la compañía ha sabido seguir explorando nuevos territorios manteniendo una calidad más que aceptable que se confirma con Urtain, recién estrenada en Madrid

     

    En este muy cinematográfico repaso de la vida del boxeador, José Manuel Ibar –coetáneo de Pedro Carrasco y de Mohamed Alí-, realizado por Juan Cavestany, sobresale especialmente su capacidad para atrapar al espectador en su juego, en sus atractivas tonalidades, en su decidido realismo. Pero si Urtain triunfa definitivamente es por la apabullante actuación de Roberto Álamo, metido hasta el tuétano en la piel de este fanfarrón, de este echao palante pero fácil de embaucar y a la vez engañado por los brillos de un éxito, magnificado por los poderes que buscaban héroes fáciles con los que entretener al vulgo mientras él se pregunta reiteradamente: “¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?”.

     

    Andrés Lima deja su sello como director de los proyectos de Animalario. No elude los subrayados de los que tanto gusta la compañía, por supuesto, pero tampoco la agilidad en lo expuesto. Que el espectador no se duerma en los laureles, que piense, pero esta vez sin necesidad de llegar a paroxismos parecidos a los que vivió su Arlequino, servidor de dos amos; a sus dedos acusadores que no hacen otra cosa que acrecentar lo contrario a lo que se busca: el rechazo.

     

    Aquí, como hemos dicho, hay un juego, una maniobra de seducción basada en el movimiento coreográfico genial de sus actores sobre ese ring. Allí se desarrollan los acontecimientos al revés: desde el desgraciado suicidio de Urtain cuatro días antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 hasta los orígenes de este personaje, un boxeador poco dotado pero encumbrado a la fama. Un hombre sencillo que en el fondo no ama el boxeo: si acepta pelear es por el dinero que le proporciona.

     

    El púgil utilizado por todos domina la escena pero también algunos de los personajes de los sesenta y setenta de esa España en cuarentena franquista. Raphael, Eugenio o Adolfo Suárez aparecen por allí reencarnados en los inspirados actores que van cambiando personajes mientras en el centro se mantiene Álamo, perdido en su personaje y desarrollando un esfuerzo interpretativo descomunal que le convierte en vencedor de esta pelea una vez que las luces se apagan y el espectador se marcha, conmovido, de la pequeña sala del Teatro Valle-Inclán.

     

    LO MEJOR: La interpretación de Urtain de Roberto Álamo

     

    LO PEOR: Los subrayados en ciertos momentos.

     

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