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Cuatro razones para leer el Quijote y una más para no hacerlo
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Cuatro razones para leer el Quijote y una más para no hacerlo

Días después de la Fiesta del Libro y de la entrega del Premio Cervantes, ¿me atreveré a hablar del Quijote? ¿Por qué no? Se ha escrito

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Cuatro razones para leer el Quijote y una más para no hacerlo

Días después de la Fiesta del Libro y de la entrega del Premio Cervantes, ¿me atreveré a hablar del Quijote? ¿Por qué no? Se ha escrito tanto sobre la obra que, estadísticamente, es casi imposible que esta modesta crónica suba al podio de lo peor de la crítica cervantista. Lo difícil, realmente, al aproximarse a esta novela es no caer en el tópico, en alguna de las innumerables frases hechas, como que la obra de Cervantes es la más editada en todo el mundo, después de la Biblia, o que nunca segundas partes fueron buenas, excepto en el caso de Don Quijote de la Mancha.

No recordaré, por tanto, que la idea inicial de Cervantes al comenzar su obra era la de hacer un relato corto, al estilo de las Novelas Ejemplares, ni entraré en la gastada polémica de si se trata de una afortunada parodia de los libros de caballerías o, por el contrario, estamos ante algo infinitamente superior. Creo que la postura del lector actual ante un libro que asusta por su etiqueta de 'inmortal obra maestra' debe ser la de la humildad, sin tratar de buscar transcendentes interpretaciones, y la del sentido común, intentando realizar una lectura relajada, divertida y, por supuesto, no obligatoria.

Resalto lo de no obligatoria porque una de las excusas más esgrimidas para no leer a los clásicos es la de que su lectura nos fue impuesta en alguna de las etapas escolares, y ya se sabe que leer puede -y debe- ser tan agradable como besar a alguien, pero ninguna de ambas cosas desearemos hacerla si nos las imponen por obligación. Me atrevería, por tanto, a dar cuatro razones al posible lector para que se atreva, al fin, a hincar el diente en este suculento solomillo.

En primer lugar, partiremos de la base de que hay tantas lecturas como lectores, lo que nos autoriza a comenzar el libro sin prejuicio alguno, sin la presión de tratar de extraer sesudas conclusiones. Eso sí, para disfrutarlo sin estrés, busquemos el momento apropiado. ¿Qué tal, por ejemplo, en unas vacaciones?

En segundo lugar, seamos realistas. Si nos apetece subir una montaña, por el placer de ver desde arriba el paisaje, o por la satisfacción del ejercicio realizado, somos conscientes de que el paseo requerirá en algún momento algo de esfuerzo. En la lectura de un millar de páginas también tendremos que empeñar en algunos momentos cierta fuerza de voluntad para proseguir.

En tercer lugar, personalicemos el libro, llevémoslo a nuestro terreno. Yo, en mi caso, me quedo con la interpretación de que don Quijote y Sancho representan el idealismo y el realismo, las dos caras que suele presentar en su carácter cualquier ser humano. Que el protagonista sea doble es el gran acierto del libro. Todos llevamos en nuestro interior algo de Quijote y algo de Sancho, pero cada uno de nosotros en distinta proporción. Tal vez el libro nos haga reflexionar y su lectura nos sirva para dilucidar si nuestra combinación de idealismo y realismo es adecuada.

Y en cuarto lugar, demos facilidades; usemos una edición anotada (las de Cátedra o Castalia son perfectas, aunque hay otras muchas). Eso nos resolverá las dudas de lenguaje, nos explicará muchos detalles y nos aportará el adecuado contexto cultural e histórico. No solo facilitará nuestra lectura, nos la enriquecerá notablemente.

Pero, ¡ojo!, no sufran ustedes si, pese a estas líneas, no sienten la más mínima gana de leer el Quijote; no soy yo de los que les vaya a estigmatizar por ello, y me parece mucho mejor no leerlo -millones de personas han alcanzado una vida longeva sin echarlo en falta- que ser de quienes no lo leen pero van por ahí ufanándose de que sí lo han hecho. En cualquier caso, si son perezosillos, anímense al menos a comprar en DVD la versión en la que Fernando Rey y Alfredo Landa encarnan a hidalgo y escudero, respectivamente, bajo la dirección de Manuel Gutiérrez Aragón.

Días después de la Fiesta del Libro y de la entrega del Premio Cervantes, ¿me atreveré a hablar del Quijote? ¿Por qué no? Se ha escrito tanto sobre la obra que, estadísticamente, es casi imposible que esta modesta crónica suba al podio de lo peor de la crítica cervantista. Lo difícil, realmente, al aproximarse a esta novela es no caer en el tópico, en alguna de las innumerables frases hechas, como que la obra de Cervantes es la más editada en todo el mundo, después de la Biblia, o que nunca segundas partes fueron buenas, excepto en el caso de Don Quijote de la Mancha.