El hombre que sabía levantar las manos del piano
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El hombre que sabía levantar las manos del piano

Bill Evans se ganó a pulso el sobrenombre del poeta del jazz. Romántico hasta la médula, sin caer lo sensiblero, el pianista de Nueva Yersey se

Bill Evans se ganó a pulso el sobrenombre del poeta del jazz. Romántico hasta la médula, sin caer lo sensiblero, el pianista de Nueva Yersey se labró un lugar privilegiado en el selecto y difícil mundo del jazz de la década de los 60 en Nueva York gracias a “la magia que encerraban sus manos”. Ahora por fin es posible conocer su apasionante y, en ocasiones, atormentado recorrido profesional y personal en Vida y música de Bill Evans, editado por Global Rhythm.

En el libro, su autor Peter Petinger, también pianista, hace un recorrido exhaustivo desde la precocidad del pianista, que comenzó a tocar jazz con 13 años hasta que murió en 1980. Analiza sus momentos cumbres, como cuando Miles Davis le pidió que entrara a formar parte de su formación y relata la modestia con la que el músico aceptó la invitación: “Soy un tipo sencillo con un talento limitado y tal vez también con una perspectiva limitada”. También descubre sus desgracias, como el palo que se llevó cuando falleció su contrabajista y amigo Scott LaFaro, o los comentarios racistas que tuvo que soportar - qué hacía un blanco con tipo de ‘ministro’ juntándose con los más grandes de la música negra-, comentarios que neutralizaba con su impresionante abstracción ante el público.

Publicado por primera vez en EEUU en 1998 bajo el título original de Bill Evans How My Heart Sings, el libro se centra sobre todo en su faceta artística: los lugares donde actuó, los músicos con los que compartió escenario (Jim Hall, Paul Motian, Stan Getz, Eddie Gomez...). Recoge quizá demasiados datos, tanto de personajes como de fechas, que interrumpen el hilo de la historia. Por otro lado, el autor no deja de lado su vida personal, imprescindible para comprender su música, y la importancia que las drogas jugaron en ella.

“En los 40, el consumo de drogas duras, sobre todo heroína, por parte de un puñado de personajes destacados hizo que aquellas sustancias se extendieran entre los jazzistas. Si Charlie Parker era un adicto y un genio, tal vez merecía la pena probarlas”. En este sentido, Pettinger cuenta cómo Evans tocó con una sola mano durante una semana en el célebre local neoyorkino Village Vanguard porque había perdido la sensibilidad en el brazo derecho a causa de una jeringuilla que había usado para inyectarse heroína, pero “si apartabas la vista nada te hacía pensar que sucedía algo extraño”.

Se describe a una persona extremadamente sensible. De hecho, una de sus canciones preferidas, y que incorporó a su repertorio, fue ‘Some Day My Prince Will Come’, de la película Blancanieves de Walt Disney. Nos acerca a un ser humano excelente, entrañable, con buenos amigos, pero también a un hombre angustiado y desesperado que utilizó su versatilidad –comenzó tocando música clásica- para crear su propio estilo (la obsesión por que el piano cantara, la armonía de sus voicing, etc) hasta hacerse un hueco en la música y convertirse en una referencia para siempre.

LO MEJOR: Es muy completo y exhaustivo

LO PEOR: No hay fotos

A continuación reproducimos una emisión de la BBC TV, en 1965, en la que Bill Evans interpreta, junto a su trío, una de sus composiciones, Waltz for Debby (escrita para su sobrina).