El frustrado deseo de ser uno mismo
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El frustrado deseo de ser uno mismo

Como aperitivo antes de que, en febrero, veamos impresa la última novela de Philip Roth, Mondadori reedita El profesor del deseo, segunda obra de la ‘Trilogía

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El frustrado deseo de ser uno mismo

Como aperitivo antes de que, en febrero, veamos impresa la última novela de Philip Roth, Mondadori reedita El profesor del deseo, segunda obra de la ‘Trilogía Kepesh’ -después de El pecho, también en Mondadori, y antes de El animal moribundo, en Alfaguara, que se hará película el año próximo, dirigida por Isabel Coixet y protagonizada por Ben Kingsley y Penélope Cruz-. En palabras de Baumgarten, ese personaje que habría sido Kepesh de no haber cedido a las presiones sociales, El profesor del deseo es “su investigación de las hipocresías, las beaterías y el aburrimiento del mundo literario y la tradición humanista”. David Kepesh, el narrador-protagonista de El profesor del deseo, es “un joven formal, solitario, más bien refinado, consagrado a la literatura europea y a los estudios lingüísticos” para quien los grandes escritores son los “arquitectos de mi mente” -en especial Chéjov y Kafka-. Pero, para los problemas que se le presentan, el mundillo académico e intelectual no es parte de la solución, sino parte del problema.

Desde bien niño, en el hotel de montaña para acomodados judíos -el Rey del Arenque, el Rey de la Manzana- que regentan sus padres, muestra una psique bastante reptiliana, fascinado por un personaje a la vez tan básico y multifacético como es Herbie Brabatsky, el Rey del Pedo. Así se mantiene hasta la veintena; era “una especie de chico sin miedo”, “algo parecido a un prodigio sexual” en “aquel periodo de la historia del placer en que predominaba la congoja”. Pero en ese momento las presiones sociales, que ya comenzaron por el ansia de ascenso social de sus padres, le hacen paulatinamente ir renunciando a su verdadero yo, hasta que rompe con la avasalladoramente sexual Brigitta. La vida de Kepesh es, desde el comienzo, una lucha por definirse, por ubicarse, en el transcurso de la cual daña a las mujeres que espera que le salven.

Kepesh, como en El pecho -y lo mismo que otros narradores de Roth como Portnoy o Zuckerman-, es un individuo con la capacidad de comunicación sexual y afectiva rota. Y, como en aquella divertida parodia de La metamorfosis, se somete al tratamiento de severo sentido común del doctor Klinger -que supone una afirmación del abstencionismo judío de Roth, al usurpar el psiquiatra la función del rabino- pero, por el contrario, ni el psicoanálisis ni la fama ni el humor podrán redimir a Kepesh. El lamento de éste es mucho más amargo, porque carece de esperanza. Hay en él un mecanismo interno que le lleva a desafiar aquello que ama, a someterlo a una demoledora desesperanza que termina por minar los afectos más sólidos: “Dentro de un año mi pasión habrá muerto, y no puedo hacer nada por salvarla”. Al final reconoce no ser un personaje de Chéjov o de Kafka, sino más parecido “a uno de esos mutilados de Gógol, enloquecido y humillado”.

En la cubierta de esta edición de El profesor del deseo ya no aparece la misma advertencia de 1978 -novela para adultos, que puede herir sensibilidades, etc.-, y su erotismo hoy parece inocuo. Pero su contenido sigue estando vigente, el individuo occidental sigue estando sometido a las mismas presiones que oprimieron a Kafka o a Kepesh -que siente la conexión de su propia historia con las “historias de los K. frustrados, bloqueados, dándose de cabezazos contra paredes invisibles”- y sigue sin contar con herramientas verdaderamente fuertes para construir su propia personalidad. Este es un Roth en estado puro -aunque no sea el mejor Roth de Pastoral americana o La mancha humana- con su sagaz y contundente entendimiento de las relaciones erótico-amorosas en el contexto de las clases desahogadas norteamericanas, resistiendo análisis superficiales por lo escurridizo de sus personajes.

LO MEJOR: Sencillamente, Philip Roth.

LO PEOR: Que la desorientación de David Kepesh puede llegar a contagiar al lector.