Pánico moral
  1. Cultura

Pánico moral

Una de las convicciones más extendidas acerca de la obra de John Updike es que ha ido a la par de los tiempos, que la evolución

Una de las convicciones más extendidas acerca de la obra de John Updike es que ha ido a la par de los tiempos, que la evolución de un país como EEUU queda adecuadamente recogida en sus personajes; que el escritor, ya septuagenario, ha sabido perfilar tiempos pasados y presentes con especial tino. Estaríamos, pues, ante un cronista especialmente pertinente para ver reflejadas actitudes y problemas de nuestras sociedades. Tales afirmaciones, que sólo en parte resultan acertadas, sí son plenamente aplicables a su último libro, en el que intenta recoger y describir una de las preocupaciones más extendidas en las sociedades occidentales contemporáneas. Porque el terrorismo ocupa, en muchas ocasiones interesadamente, la cabecera de los informativos y la primera plana de los periódicos, configurando uno de los temores sociales más acuciantes. No es extraño, pues, que las preguntas desde las que Updike da inicio a la narración (¿Cómo es la psicología de un terrorista islámico? ¿Cómo piensan? ¿En qué creen? ¿Por qué no valoran las vidas ajenas?) interese a buena parte de los lectores occidentales.

Pero el propósito inicial fluctúa entre la excelente escritura de Updike, capaz de narrar al tiempo con agilidad y atención al detalle, y su inclinación hacia los estereotipos. Así, el personaje principal, el futuro terrorista, Ahmad, se convierte en la expresión narrada de lo que los libros de ensayo nos cuentan sobre la personalidad de los mártires de Alá. Pero este Ahmad tiene características peculiares, porque se trata de un enemigo interno, de alguien que ha nacido y crecido en la civilización occidental, cuyo entorno se apoya en valores diferentes y que, sin embargo, opta por el islamismo radical. En ese choque entre sus creencias, una cultura que desprecia porque piensa que sólo trata de vendernos pecado y nihilismo, y en las muestras de afecto de algunas personas de su comunidad podría estar lo más novedoso de Terrorista.

Sin embargo, es en esos personajes secundarios donde más se dejan sentir los lugares comunes. Así, la madre del terrorista, Terry, una irlandesa que en su juventud se enamoró y se casó con un estudiante egipcio que acabaría abandonándola, es uno de los mejores ejemplos. Terry se sintió atraída por el padre de Ahmad a causa de un sentimiento progresista de buen rollo con el tercer mundo; aspirante a artista, atraída por la panoplia new age, piensa que lo mejor es dejar que las cosas fluyan, no interponerse en ellas. Así, no pone ninguna objeción a que su hijo se convierta a la religión de Alá, ni tampoco que visite a un imán del que ignora todo y que termina por ejercer gran influencia en su hijo. Terry se desinteresa porque espera que todo se solucione por sí mismo, procurando interferir lo mínimo posible en las decisiones de su hijo.

Igualmente, Jack Levy, el asesor escolar judío que se interesa por el futuro de Ahmad responde al prototipo de progresista que cree en la educación y en el civismo, en construir un futuro mejor y que culpa al capitalismo de las cosas que van mal: El problema básico – afirma- es que la sociedad intenta ser decente, y la decencia ni importa un pimiento en este mundo de la libre empresa hecho de pocos ganadores y muchísimos perdedores. Claro que, al final, lo que le interesa es el cuerpo de la madre de Ahmad...

Del mismo modo, Joyrleen, la amiga negra del instituto del futuro terrorista, y su novio Tylenol (debe su nombre a que su madre estaba viendo los anuncios, pasaron un comercial de un medicamento, le gustó como sonaba y...) son otro montón de tópicos raciales con nombre propio. Ella es joven y atractiva, él es desafiante y tiene ambiciones: cuando terminen el instituto se convertirán, claro está, en prostituta y proxeneta.

Y quizá el propósito de la novela sea mostrarnos las interioridades del terror y describirnos la psicología de los islamistas radicales. Pero de lo que nos habla el resultado final, convenientemente envuelto en una escritura de primera, es de la desorientación de una sociedad, la occidental, que ha perdido sus referencias y que ya no sabe ofrecer más que nihilismo y rap. Updike bucea así muy cerca de los estereotipos culturales de la derecha conservadora estadounidense, de sus argumentos acerca de la falta de valores en la sociedad y de su pánico moral.

De este modo, veremos a familias pobres monoparentales, donde el tiempo de trabajo no permite en muchas ocasiones la relación con los hijos, en las que falta disciplina y donde cada cual se arregla sus problemas sin orientación alguna; asistiremos a instituciones, como la escolar, llena de profesores cansados y escépticos, a veces con buenas intenciones pero siempre dispuestos a encogerse de hombros. También veremos cómo los matrimonios, aún los estables, no funcionan, y las infidelidades son frecuentes; o cómo el consumismo y la publicidad sirven como telón de fondo de sociedad obesa, saturada y deprimida que no sabe reaccionar. En ese suelo, parece decir Updike, los extremistas ofrecen a sus reclutas no sólo un paraíso lleno de huríes, sino una dirección y un propósito claros en esta vida, un puñado de verdades absolutas y una autoridad firme. Justo la propuesta a la que no pueden negarse, aunque el precio a pagar sea su existencia.

Por suerte, el (poco creíble) giro final de la novela parece desmentir esta visión, al menos en parte, llevándonos hacia una perspectiva socialmente más coherente. Pero la visión general está ya perfilada...