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Las tres vidas de Enrique Irazábal, el 'ingeniero' español que estafó a medio mundo
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Las tres vidas de Enrique Irazábal, el 'ingeniero' español que estafó a medio mundo

Un búnker montado en la piscina, un contador de niños muriendo en todo el mundo, un proyecto de varios millones de euros... Esta es la fascinante historia de Enrique Irazábal

Foto: Imagen: El Confidencial.
Imagen: El Confidencial.

El mundo está lleno de estafadores: Luis Brown, Roberto Urrutia, Henry Hughes, Manuel Fraga, José Hellinger, Jean Duffourg... El problema es que todos los estafadores que acabamos de mencionar son, en realidad, el mismo: Enrique Irazábal, un autoproclamado ingeniero que, durante décadas, estafó a personas de todo tipo en España, Estados Unidos y México. A día de hoy, por cierto, pasea placenteramente por Madrid.

Su historia la cuenta el documental sonoro El Ingeniero, producido por Sonora. En él, el periodista Rafa Méndez nos cuenta las tres vidas principales que vivió Irazábal. Tres vidas en las que destaca, por encima de todo lo demás, una empresa: Scinet Corporation. Con ella aseguraba que iba a fabricar miniplantas, del tamaño de un contenedor de barco, en las que se podía hacer prácticamente todo: producir pan, potabilizar agua, montar un hospital improvisado... Nada de esto era real, por supuesto, pero el ingeniero hizo creer que sí.

[Escucha aquí el documental sonoro El Ingeniero]

Los destinatarios de esta planta eran los países pobres. Así lo contaba Irazábal a los potenciales inversores en su fortín principal: un chalé en Arturo Soria en el que había un curioso dispositivo en el que aparecían números, pero no era un reloj: "Es un contador, en tiempo real, de los niños que se están muriendo en todo el mundo", decía Irazábal para convencer a la gente cuyo dinero quería. Además, aseguraba a los inversores que serían sus proveedores y que la rentabilidad sería inmediata. ¿Quién podía resistirse a esa combinación de buenas obras y mejores negocios? Nadie: Irazábal consiguió recaudar cerca de cuatro millones de euros.

Pero el ingeniero necesitaba terrenos para fabricar las plantas, y los necesitaba baratos. Tras varios peregrinajes, convenció al Ayuntamiento de Gallur, un pequeño pueblo de Zaragoza. Fue allí donde, con un certificado de solvencia y una inversión anunciada de 50 millones de euros, consiguió vía libre (y terrenos más que ventajosos) para montar su proyecto. El caso es que Gallur aceptó, pero su alcalde empezó a sospechar cuando, con el paso del tiempo, Irazábal seguía sin pagar los 900.000 euros con los que empezar las obras. En un viaje a Londres, curiosamente, comprobó que estaba muy cerca de la dirección de la sede de Irazábal en la ciudad, así que se pasó a echar un ojo. Pero ahí no había ninguna empresa. Ni rastro.

La investigación que destapó al estafador

El mayor problema de nuestro protagonista tenía un nombre propio: José I. Córdoba. José era ingeniero (este sí) y trabajaba en la constructora que apoyó a Irazábal. Le fascinó su historia, su retórica y su proyecto, pero había algo en Irazábal que no acababa de convencerle. Algo le olía a chamusquina.

Rastreando por internet, Córdoba encontró una noticia del Sarasota Herald Tribune: "Artista del timo condenado a cinco años de prisión", explicaba la noticia de 1994. Pidió el sumario y descubrió lo que no querría haber descubierto: Irazábal llevaba años estafando a gente en México, España y Estados Unidos. En este último país, de hecho, había estado en la cárcel en la década de los noventa. La Justicia americana encontró 26 identidades falsas, algunas de ellas tan pintorescas como Manuel Fraga o Carmen Romero.

Pero ¿cómo consiguió mantener tantas identidades? Construyendo historias alrededor de ellas. Según el momento, Irazábal era un arquitecto, un aparejador, un miembro de la nobleza catalana, un gran empresario industrial o incluso una persona que tuvo que huir de España tras ser amenazada por ETA. Casi nada.

placeholder Noticia del 'Sarasota Herald Tribune'.
Noticia del 'Sarasota Herald Tribune'.

Nuestro protagonista ha vivido en tres países, pero en 2012 la Policía Nacional entró a su chalé, ese mismo en el que había engatusado a tantos potenciales inversores. De entre todos los detalles del inmueble, les sorprendió especialmente una cosa: en el hueco de la piscina, había construido una especie de búnker secreto en el que, decía, ni siquiera podían interceptarle las comunicaciones. Irazábal ingresó en la prisión de Soto del Real, pero desde ahí siguió maquinando posibles negocios con empresarios de medio mundo.

El caso es que, gracias a la primera investigación de José I. Córdoba, el ingeniero ingresó en prisión. En septiembre de 2017, la Audiencia de Zaragoza lo condenó a más de seis años y cuatro meses de prisión por estafa, falsedad y blanqueo de capitales. También le impuso una multa de 2.095.700 euros y le obligó a indemnizar a los afectados con 4,137 millones. Lo curioso es que Barclays fue condenado como responsable civil subsidiario, al haber acreditado una solvencia inexistente.

Mientras tanto, desde su chalé de Madrid, Irazábal sigue luchando contra la Justicia con acciones tan estrambóticas como recusar a los propios jueces que llevan su caso. El tiempo nos dirá qué ocurre con este empresario, cercano ya a los 80 años. Lo que está claro es que su historia, para bien o para mal, resulta fascinante. Si quieres escucharla, puedes hacerlo aquí.

El mundo está lleno de estafadores: Luis Brown, Roberto Urrutia, Henry Hughes, Manuel Fraga, José Hellinger, Jean Duffourg... El problema es que todos los estafadores que acabamos de mencionar son, en realidad, el mismo: Enrique Irazábal, un autoproclamado ingeniero que, durante décadas, estafó a personas de todo tipo en España, Estados Unidos y México. A día de hoy, por cierto, pasea placenteramente por Madrid.

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