"El torero, el filósofo y el señorito andaluz"
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"El torero, el filósofo y el señorito andaluz"

Dicen de Luis Miguel Dominguín que era persona contradictoria; que se amoldaba muy bien a las circunstancias y que lo mismo se relacionaba con Hemingway o

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"El torero, el filósofo y el señorito andaluz"

Dicen de Luis Miguel Dominguín que era persona contradictoria; que se amoldaba muy bien a las circunstancias y que lo mismo se relacionaba con Hemingway o Picasso que acudía, escopeta en mano, a una cacería organizada por el mismísimo Franco. Miembro honorífico de la primera beautiful people cañí, la cara opuesta de una España en decadencia, Dominguín se dedicó toda su vida a torear a los morlacos en las plazas y a las mujeres fuera de ellas. Considerado un Don Juan en toda regla y por méritos propios, coqueteó con "bellezones" como Ava Gardner, María Félix, Romy Schneider, Rita Hayworth o Lucía Bosé. Y tuvo amigos de la talla de Orson Welles, Jean Cocteau o Peter Viertel.

Algo debía tener este hombre cuando, doce años después de muerto, todavía conserva buenos colegas e infinitos admiradores, muchos de los cuales se reunieron ayer en el hotel Wellington de Madrid, para celebrar la presentación en sociedad -alta sociedad- del libro Luis Miguel Dominguín: El número uno, escrito por Andrés Amorós. Como ponentes de excepción de este acto sui géneris, tres primeros espadas, cada uno en lo suyo:

Carlos Herrera, el señorito andaluz. Se encargaba de abrir cartel y lo hizo con mucha gracia, para qué negarlo. Gran orador. De verborrea hipnótica. Dio tres muletazos bien dados y cogió enseguida las de Villadiego con la excusa de que perdía el AVE. Se mostró tal cual es: un tipo culto, pero muy folclórico, amante de la Semana Santa, los puros de gran calibre y los toros. Se confesó admirador de Dominguín y dijo de él que es "un personaje clave de nuestro tiempo y que representa una época contradictoria de España; tan contradictoria como el propio torero". Para la voz mañanera de Onda Cero, ovación cerrada y un par de orejas.

José Antonio Ruiz Espartaco, el torero. Maestro en los ruedos -para el que lo crea-, pero aprendiz en esto de la oratoria. Tantas "eses" en tan breve discurso le jugaron al pobre una mala pasada. Pero esquivó la cornamenta del respetable como buenamente pudo. "Dominguín fue un genio -afirmó Espartaco-, un gran torero, que tuve la suerte de conocer y también de no competir con él en los ruedos". Contó además un par de anécdotas. Lo justito para justificar su presencia en el acto y para que al final le reconocieran el esfuerzo.

Federico Jiménez Losantos, el filósofo. Cerraba la corrida, pero por momentos parecía que no lo iba a hacer nunca. Se había preparado bien el speech, eso hay que reconocerlo. Los paralelismos taurinos que hizo eran fruto de una reflexión sopesada, pero los ronquidos de la chinchilla que una mujer de la primera fila llevaba enroscada al cuello eran una señal inequívoca de que entre las masas el texto se estaba haciendo un poco largo. El suyo fue un discurso freudiano de fondo y fidelcastriano en la forma. Aunque hay que agradecerle a "Fede" el hecho de que fuera el único ponente que metió un poquito de caña al homenajeado, para romper la atmósfera lameculera que habían creado sus predecesores en el trance dialéctico. Losantos elogió a Dominguín, pero también hizo hincapié en su periodo decrépito, el mismo por el que pasa toda deidad pagana. Calificó al torero de "destructor y al mismo tiempo autodestructor" y se llevó la ovación sonora del respetable, aunque la presidencia, que quizá estaba dormida, le negó la oreja. Hay que reconocer que el diestro ha tenido mejores tardes, pero sería difícil que hubiera toreado en plazas de mayor postín que la de ayer.

Dijo el propio Herrera que Luis Miguel Dominguín "reunía en su persona todas las Españas posibles", pero en el acto de anoche, celebrado en una sala de techumbre octogonal, columnata dórica, lámparas mastodónticas y tapices con motivos caballerescos, sólo estaba representada una de ellas. Por allí andaba Álvarez del Manzano. También parte de la familia Dominguín. Los moños de las invitadas anónimas apuntaban alto, en una especie de reivindicación intencionada de su estamento. Desde luego, las pieles y los broches dorados de treinta centímetros que llevaban en la solapa del traje no se venden en todos los rastros de la piel de toro extendida.

Al concluir el acontecimiento, por cierto, pasadas ya las nueve de la noche, se sirvió un señor vinazo. Vino español, claro; como está mandao.