No era timidez ni ansiedad: por qué cada vez más adultos descubren que tienen autismo
Los nuevos enfoques sobre el autismo han demostrado que se trata de una condición presente a lo largo de toda la vida, aunque no siempre se detecte, y desmontan muchas ideas erróneas sobre quienes lo padecen
El trastorno del espectro autista (TEA) se suele asociar con la población infanto-juvenil, pero gracias a los avances tanto clínicos como diagnósticos, cada vez hay más personas que se enteran de que padecen esta condición en la edad adulta.
Cristina Sanz, especialista en Psicología del Hospital Universitari Dexeus, explica que el TEA es una condición del neurodesarrollo, de origen neurobiológico, que acompaña a la persona a lo largo de toda su vida. “Se caracteriza por diferencias en la comunicación social y en la flexibilidad del pensamiento y la conducta, así como por la presencia de intereses restringidos y patrones repetitivos”.
Se estima que alrededor del 1% de la población presenta TEA, lo que en España supone aproximadamente 450.000 personas. No obstante, según Sanz, estas cifras probablemente están infraestimadas, especialmente en población adulta.
No hay dos casos iguales
La experta precisa que se habla de ‘espectro’ porque existe una gran variabilidad en la forma en que se manifiesta, ya que no hay dos personas con autismo iguales y tampoco existe un perfil único de paciente. “Tradicionalmente, se ha descrito como más frecuente en hombres, con una proporción aproximada de 3-4 varones por cada mujer. Sin embargo, actualmente sabemos que el autismo en mujeres está infradiagnosticado, ya que suele presentarse de forma más sutil o con estrategias de compensación social conocidas como camuflaje”.
Las señales o síntomas que pueden ser indicativos de un posible caso de TEA se manifiestan en forma de problemas o alteraciones en unas áreas concretas. Sanz describe cuáles son las principales:
- Dificultades en la comunicación social: interpretar normas sociales implícitas, mantener conversaciones fluidas, comprender dobles sentidos…
- Rigidez cognitiva o conductual: necesidad de rutinas, malestar ante los cambios.
- Intereses intensos y específicos.
- Hipersensibilidad o hiposensibilidad sensorial.
“Hay que tener en cuenta -advierte la especialista- que con frecuencia el TEA se puede confundir con timidez, ansiedad social, trastornos de personalidad, TDAH o incluso cuadros depresivos. Esta confusión contribuye al infradiagnóstico o a diagnósticos erróneos”.
El diagnóstico durante la madurez
Cristina Sanz incide en que, aunque el diagnóstico suele realizarse en la infancia, el TEA no es exclusivo de niños, sino que se trata de una condición presente durante toda la vida. En relación con esto, revela que cada vez se están identificando más personas adultas -de entre 40 y 60 años-, con esta condición que no fueron diagnosticadas en su momento. No obstante, la experta señala que “esto no significa que estemos ante un aumento real de la prevalencia en esa franja de edad, sino ante un incremento en la detección. Muchas de estas personas han vivido décadas sin diagnóstico y a menudo con dificultades que no habían sido correctamente interpretadas”.
En opinión de la psicóloga, en este aumento diagnóstico han tenido que ver una serie de cambios relacionados con el abordaje: “Los criterios son ahora más amplios e inclusivos. También existe mayor conocimiento clínico sobre presentaciones menos evidentes, especialmente en mujeres, y hay más sensibilización social y profesional. A esto hay que unir el desarrollo de mejores herramientas de evaluación y mayor especialización en adultos”.
La experta añade al respecto que, cuando se trata de un TEA adulto, los síntomas pueden manifestarse como sensación persistente de no encajar, fatiga social, dificultades en el entorno laboral o relaciones interpersonales.
Cristina Sanz deja claro que no existe un tratamiento ‘curativo’, ya que no se trata de una enfermedad. “El abordaje se centra en intervenciones psicológicas (psicoeducación, conocimiento del tipo de procesamiento, mejora de las habilidades sociales, estrategias de regulación emocional); apoyo psicoeducativo; adaptaciones en el entorno familiar y laboral que forman parte del día a día; y tratamiento farmacológico en caso de comorbilidades (ansiedad, depresión, etc.)”.
En el caso de los niños, el enfoque suele ser más intensivo y centrado en el desarrollo, mientras que en adultos se trabaja más sobre la adaptación al entorno, el bienestar emocional, la identidad y el manejo de demandas laborales y sociales.
“Es clave el proceso de comprensión personal tras el diagnóstico y trabajar con el entorno: familiares, escuela, empresa… El enfoque debe ser multidisciplinar y el apoyo no debe limitarse al ámbito sanitario, sino incluir educación, empleo, familia y comunidad. Asimismo, las adaptaciones sociales y laborales son tan importantes como la intervención clínica”, afirma la psicóloga, quien hace también hincapié en que las consecuencias del TEA en la calidad de vida dependen en gran medida del apoyo recibido: “Sin diagnóstico ni apoyos adecuados, puede haber mayor riesgo de ansiedad, depresión, aislamiento social o dificultades laborales. En cambio, con un buen acompañamiento, la calidad de vida mejora significativamente”.
Más concienciación y alguna creencia a erradicar
Cristina Sanz reconoce que ha habido un cambio significativo hacia una mayor comprensión de la neurodiversidad y, en concreto en el TEA, una concienciación de que se trata de un espectro con distintos niveles de necesidades de apoyo, y no una única manifestación de autismo. “Esto ha reducido el estigma y ha facilitado que más personas busquen evaluación, especialmente en la edad adulta. Sin embargo, todavía hay muchos mitos en torno a esta condición. Estos son algunos de los más extendidos”:
- Que las personas con autismo carecen de empatía: en realidad, pueden tener dificultades en la expresión o interpretación, pero no en la vivencia emocional.
- Que el TEA se asocia a la presencia de discapacidad intelectual: hay una gran diversidad de perfiles cognitivos.
- Que no desean relacionarse: muchas personas con TEA sí quieren tener conexión social, aunque esta les resulte compleja.
En este nuevo escenario, la psicóloga destaca la importancia de valorar el impacto del diagnóstico en adultos, “ya que para muchas personas supone una reinterpretación de toda su vida, con un efecto positivo en términos de autocomprensión, autoestima y acceso a apoyos.
La especialista concluye que “también hay que evitar la invalidación social a la que se ven abocadas las personas con manifestaciones más sutiles, a las que se les sigue diciendo que ‘no pueden ser autistas’ por el hecho de ser funcionales, sin tener en cuenta el coste y el esfuerzo que hay detrás de esa funcionalidad. Se necesita mejorar los recursos específicos para la población adulta, que todavía son insuficientes en muchos contextos”.
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El trastorno del espectro autista (TEA) se suele asociar con la población infanto-juvenil, pero gracias a los avances tanto clínicos como diagnósticos, cada vez hay más personas que se enteran de que padecen esta condición en la edad adulta.