Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento sobre el sueño y el descanso, y aun así cada vez dormimos peor. Conocemos las horas recomendadas, el impacto de las pantallas, la importancia de la regularidad y las consecuencias de dormir mal sobre la salud física y mental. Sin embargo, en España casi la mitad de la población reconoce no descansar bien y el insomnio crónico se ha duplicado en poco más de una década.
Esta paradoja no se explica por la falta de información ni por desinterés individual. Durante años, el mal descanso se ha abordado como un problema personal, responsabilizando a quien duerme mal de no aplicar correctamente las recomendaciones. No obstante, la evidencia en psicología del trabajo y salud laboral apunta a factores estructurales como las jornadas extensas, los horarios imprevisibles y la creciente dificultad para desconectar mentalmente del trabajo.
A este escenario se suma la hiperconectividad constante. Correos electrónicos, mensajes y tareas pendientes mantienen el cerebro en estado de activación hasta bien entrada la noche. El sueño no es una pausa pasiva, sino un proceso activo que permite regular emociones, consolidar recuerdos y restaurar la capacidad de pensar con claridad. Cuando este proceso se altera, también se ve afectada la toma de decisiones.
En este contexto, el psicólogo Alfredo Rodríguez Muñoz advierte de una consecuencia clave que suele pasar desapercibida: “La fatiga crónica no solo reduce el rendimiento, también deteriora la calidad de las decisiones”. Normalizar el cansancio como sinónimo de compromiso impacta en el clima laboral, la cooperación y el juicio diario, y no puede compensarse con tecnología ni con soluciones rápidas.
Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento sobre el sueño y el descanso, y aun así cada vez dormimos peor. Conocemos las horas recomendadas, el impacto de las pantallas, la importancia de la regularidad y las consecuencias de dormir mal sobre la salud física y mental. Sin embargo, en España casi la mitad de la población reconoce no descansar bien y el insomnio crónico se ha duplicado en poco más de una década.