Qué es y por qué ocurre un tromboembolismo pulmonar: factores, síntomas frecuentes y tratamiento
Este taponamiento de una parte del territorio arterial pulmonar puede aparecer de forma repentina y comprometer la respiración y el funcionamiento del corazón
El tromboembolismo pulmonar, más conocido por sus siglas TEP, aparece cuando un coágulo bloquea de forma parcial o total una de las arterias que llevan la sangre desde el corazón hasta los pulmones. Ese “tapón” impide que una parte del pulmón reciba la sangre venosa que necesita para oxigenarse, lo que puede desencadenar un cuadro grave que afecta no solo al sistema respiratorio, sino también al corazón. Aunque puede surgir de forma silenciosa, su impacto en el organismo puede ser inmediato y potencialmente mortal si no se detecta a tiempo.
La mayor parte de los trombos que causan un TEP no se originan en los pulmones, sino en las venas profundas de las piernas. Desde ahí viajan por la circulación hasta llegar al ventrículo derecho del corazón, que los impulsa hacia la arteria pulmonar. Cuando el coágulo queda atrapado en este punto crítico, se interrumpe el flujo sanguíneo y aparece la sintomatología característica. También existen casos menos frecuentes en los que el tromboembolismo está causado por aire o grasa, aunque representan una minoría.
(Fuente: iStock)
El problema no afecta solo al pulmón. El corazón continúa intentando bombear sangre hacia una arteria obstruida, lo que eleva la presión en su interior y puede comprometer la función del ventrículo derecho. Para el paciente, esto se traduce en un descenso del oxígeno disponible y un esfuerzo cardíaco adicional que explica la gravedad de este cuadro clínico.
No todos los pacientes tienen las mismas probabilidades de desarrollar un tromboembolismo pulmonar. Existen situaciones muy concretas que favorecen la aparición de estos coágulos. Una de las más relevantes es la inmovilización, ya sea por una fractura, una operación reciente o un reposo prolongado en cama. Tras una cirugía —especialmente si afecta a las extremidades inferiores— el riesgo se dispara durante los primeros días, motivo por el que se prescriben anticoagulantes preventivos.
Algo similar ocurre durante los viajes largos. Permanecer sentado durante más de ocho horas reduce el movimiento de los músculos de las piernas y, con ello, la circulación sanguínea, creando un entorno más propicio para la formación de trombos.
A estos factores se suman los estados de hipercoagulabilidad, una condición que provoca que la sangre se coagule con más facilidad. Puede deberse a causas genéticas —como el factor V Leiden o déficits de proteína C o antitrombina— o adquirirse a lo largo de la vida por razones como el embarazo o la toma de anticonceptivos orales. En estos casos, fumar multiplica el riesgo.
También se consideran factores de peso el cáncer y algunos tratamientos de quimioterapia, la obesidad y el consumo habitual de tabaco. La combinación de varios elementos de riesgo aumenta de forma significativa la probabilidad de sufrir un episodio.
Cómo identificar los síntomas más frecuentes
El TEP puede manifestarse de formas distintas según el tamaño del coágulo y la zona donde se aloje. No obstante, existen síntomas que se repiten en la mayoría de los pacientes: la sensación repentina de falta de aire —que puede aparecer tanto en reposo como con actividad leve—, el dolor torácico punzante y los episodios de mareo o incluso desvanecimiento.
En situaciones más severas puede aparecer fiebre y tos con sangre, especialmente cuando se produce un infarto pulmonar, es decir, cuando una parte del tejido pulmonar deja de recibir riego y se necrosa. Cuando el trombo es muy grande y obstruye la arteria pulmonar principal, el desenlace puede ser fatal si no se actúa con rapidez.
Tratamiento y seguimiento médico
El objetivo del tratamiento inicial es estabilizar al paciente, aliviar las molestias y evitar que el coágulo siga comprometiendo la circulación. En la mayoría de los casos, la primera elección son los anticoagulantes administrados por vía subcutánea o intravenosa durante los primeros días. La heparina suele ser el fármaco de referencia.
En pacientes cuyo estado es crítico, o en aquellos que no pueden recibir anticoagulantes, se emplean medidas más específicas como la fibrinólisis —que ayuda a disolver el coágulo con rapidez— o la colocación de un filtro en la vena cava para bloquear futuros trombos antes de que lleguen al pulmón.
Tras la fase aguda, el tratamiento continúa en casa con anticoagulantes orales durante al menos tres meses. Este periodo puede ampliarse en personas con alto riesgo de recurrencia o incluso mantenerse de por vida si el historial clínico así lo justifica.
El tromboembolismo pulmonar, más conocido por sus siglas TEP, aparece cuando un coágulo bloquea de forma parcial o total una de las arterias que llevan la sangre desde el corazón hasta los pulmones. Ese “tapón” impide que una parte del pulmón reciba la sangre venosa que necesita para oxigenarse, lo que puede desencadenar un cuadro grave que afecta no solo al sistema respiratorio, sino también al corazón. Aunque puede surgir de forma silenciosa, su impacto en el organismo puede ser inmediato y potencialmente mortal si no se detecta a tiempo.