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Todo lo que se esconde detrás de la trombosis y cómo prevenirla
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Todo lo que se esconde detrás de la trombosis y cómo prevenirla

A pesar de que se produce de forma frecuente y puede tener consecuencias graves, la trombosis venosa es una patología poco visibilizada. Conocer sus factores de riesgo es clave para proteger nuestra salud

Foto: Foto: iStock.
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La trombosis no suele generar tanta alarma social como otras enfermedades, pero está detrás de patologías tan graves como el ictus, el infarto de miocardio o la enfermedad tromboembólica venosa. Y, sin embargo, a menudo pasa desapercibida: muchas veces se confunde con otras dolencias, se diagnostica tarde o no se sospecha a tiempo. Lo paradójico es que, en buena medida, hablamos de un problema que se puede prevenir con gestos sencillos y tan cotidianos como levantarse de la silla y moverse.

“La edad es uno de los principales factores de riesgo para el desarrollo de una enfermedad tromboembólica venosa”, explica la doctora Pilar Llamas, jefa de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz. Es cierto que el riesgo aumenta al envejecer, pero no se trata de una enfermedad exclusiva de personas mayores. “A veces aparece en menores de edad o en adultos jóvenes. En estos casos hay que investigar si existe una predisposición genética, lo que denominamos trombofilia hereditaria”.

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Más allá de la genética, lo habitual es que entren en juego múltiples factores: desde una cirugía mayor o la presencia de varices hasta la obesidad o el uso de anticonceptivos hormonales combinados. “Además, la trombosis puede ser una complicación potencialmente grave en pacientes con cáncer y otras enfermedades crónicas”, apunta la especialista.

Por otra parte, aunque la enfermedad tromboembólica afecta por igual a hombres y mujeres, en ellas existen etapas especialmente delicadas. “En el embarazo, el posparto y la menopausia la trombosis venosa ocurre con mayor frecuencia, debido a los cambios hormonales asociados con estas etapas fisiológicas, a los que se unen otros factores de riesgo”, explica la hematóloga. También el uso de anticonceptivos hormonales eleva el riesgo. En estas situaciones, recalca, “la identificación de factores e riesgo y el diagnóstico precoz son cruciales para prevenir el episodio trombótico, así como posibles complicaciones graves asociadas, como la embolia pulmonar o el síndrome postrombótico”.

No todas las trombosis son iguales. Cuando ocurre en las arterias puede desencadenar un infarto de miocardio o un ictus. Si sucede en las venas, sobre todo en las piernas, puede derivar en una embolia pulmonar. “De forma muy sencilla, la trombosis arterial está relacionada con problemas en la pared de los vasos sanguíneos, como la acumulación de placas de ateroma o inflamación. La trombosis venosa, en cambio, suele asociarse con situaciones de inmovilidad que dificultan la circulación ”, resume Llamas.

Los síntomas más frecuentes, en el caso de la trombosis venosa profunda, son dolor en la pierna afectada, hinchazón, sensación de pesadez o calor local. Si el coágulo viaja al pulmón, puede aparecer falta de aire repentina, dolor en el pecho al respirar, taquicardia o incluso tos con sangre. Reconocer estos signos a tiempo puede salvar vidas.

El estilo de vida sí importa

Si hay un mensaje clave que subraya la doctora Llamas es que el estilo de vida puede marcar la diferencia. Fumar, abusar del alcohol, ganar peso o llevar una vida sedentaria no solo perjudican al corazón o a la tensión arterial, sino que también favorecen la aparición de trombosis.

“Algunos factores de riesgo vascular son modificables, es decir, podemos adecuar nuestros hábitos de vida para luchar contra el sobrepeso o mantener a raya el colesterol, la glucosa y el tabaquismo”, insiste la especialista.

Y entre todos esos hábitos, hay uno que destaca como arma preventiva: la actividad física, ya que el sedentarismo es uno de los grandes enemigos de la salud venosa. Pasar horas sentado sin mover las piernas enlentece el retorno venoso y favorece la formación de coágulos. “La actividad física regular ayuda a contrarrestar este riesgo al promover la contracción muscular, lo que facilita el retorno venoso al corazón y reduce la probabilidad de que la sangre se estanque en los vasos sanguíneos”, explica la especialista.

placeholder Doctora Pilar Llamas, jefa de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz.
Doctora Pilar Llamas, jefa de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz.

Los beneficios de un estilo de vida activo van más allá: ayuda a controlar el peso, regula la presión arterial y tiene efectos antiinflamatorios. “Varios estudios han demostrado que la actividad física reduce el riesgo de enfermedad cardiovascular”, recuerda la hematóloga.

No se trata de correr maratones. Caminar rápido, nadar, montar en bicicleta o hacer ejercicios de fuerza con las piernas son opciones eficaces. El Comité Americano de Pautas de Actividad Física recomienda al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado (como caminar rápido) o 75 de intensidad vigorosa (como correr). Incluso en el embarazo la actividad física es beneficiosa, siempre adaptada a cada situación.

La trombosis no avisa siempre, pero deja huella cuando aparece. Por eso, la doctora Llamas insiste en la prevención, la educación y la concienciación. “La concienciación de la población sigue siendo muy baja. Moverse con regularidad, evitar largos periodos de inmovilización y consultar al médico ante síntomas sospechosos son medidas clave”.

El Confidencial, en colaboración con Quirónsalud, presenta una serie de artículos con información práctica, consejos y recomendaciones para mejorar nuestra salud y bienestar. Si tienes alguna duda sobre esta temática o quieres más información, puedes contactar con el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz.

La trombosis no suele generar tanta alarma social como otras enfermedades, pero está detrás de patologías tan graves como el ictus, el infarto de miocardio o la enfermedad tromboembólica venosa. Y, sin embargo, a menudo pasa desapercibida: muchas veces se confunde con otras dolencias, se diagnostica tarde o no se sospecha a tiempo. Lo paradójico es que, en buena medida, hablamos de un problema que se puede prevenir con gestos sencillos y tan cotidianos como levantarse de la silla y moverse.

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