Correr con humedad: un reto cardiovascular que puede poner en riesgo la salud
En climas saturados de vapor de agua, el sudor deja de ser eficaz, el corazón se acelera y la fatiga llega antes. Estas son algunas de las principales recomendaciones para correr con seguridad en días húmedos
Cuando el calor aprieta y la humedad se dispara, correr deja de ser un simple ejercicio físico para convertirse en una prueba de resistencia total. En esas condiciones, el cuerpo trabaja al límite para mantener su temperatura interna y el corazón asume buena parte del esfuerzo. Lo que en clima seco puede parecer un entrenamiento llevadero, en un entorno húmedo se convierte en un desafío mucho más exigente: la sensación térmica aumenta significativamente, el sudor deja de cumplir su función y se incrementan los riesgos de deshidratación o golpe de calor.
Las carreras populares, cada vez más multitudinarias, se celebran en climas muy diversos, y no siempre los corredores están preparados para enfrentarse a condiciones adversas. La humedad, a menudo subestimada, es uno de los factores que más puede alterar la respuesta cardiovascular. De hecho, es un elemento habitual en pruebas como la Behobia–San Sebastián, donde el aire denso y las temperaturas templadas del Cantábrico añaden un componente extra de esfuerzo físico.
El doctor Gonzalo Navarrete, jefe del Servicio de Cardiología de Policlínica Gipuzkoa -centro que es patrocinador oficial de esta carrera- advierte que los principales riesgos al correr en ambientes cálidos y húmedos “son la deshidratación y, en los casos más graves, el golpe de calor”. Estas situaciones, explica, “pueden derivar en alteraciones cardiovasculares como arritmias o angina de pecho”, y su gravedad puede escalar rápidamente si el corredor no presta atención a las señales del cuerpo.
Escuchar al cuerpo: las señales que no se deben ignorar
Durante una carrera exigente, la mejor brújula es la percepción personal. “Si un corredor experimenta mareo o la sensación de que puede perder el conocimiento, debe parar inmediatamente”, recomienda el Dr. Navarrete. El mareo, junto con las palpitaciones, el dolor torácico o la fatiga repentina, son signos de alarma que nunca deben minimizarse. A veces pueden deberse a una deshidratación leve, pero en otras ocasiones anuncian una complicación mayor. En esos casos, detenerse y pedir ayuda al equipo médico de la prueba es la decisión correcta.
A diferencia del frío o la lluvia, cuyos efectos se perciben con facilidad, la humedad actúa de manera silenciosa. “Aumenta la sensación térmica y dificulta que el cuerpo mantenga su temperatura interna”, explica el especialista. El resultado es una mayor sudoración y una pérdida acelerada de líquidos y sales minerales, lo que incrementa el riesgo de deshidratación. Los corredores menos habituados a este tipo de condiciones -por falta de aclimatación o de preparación física- son los más vulnerables.
El cuerpo responde aumentando el ritmo cardíaco para intentar disipar el calor, lo que a su vez incrementa el esfuerzo cardiovascular. El corazón late más deprisa, la sangre se redirige hacia la piel para liberar temperatura y los músculos reciben menos flujo sanguíneo. El resultado es que el mismo ritmo de carrera se siente más pesado, más costoso y más demandante.
Hidratación y prevención, la mejor estrategia
En este contexto, la prevención es la mejor herramienta. “Mantener una adecuada hidratación antes, durante y después de la carrera es fundamental”, subraya el Dr. Navarrete. No basta con beber en los avituallamientos: el corredor debe empezar la prueba bien hidratado y reponer líquidos con electrolitos tras cruzar la meta. También conviene evitar comidas copiosas y alcohol en las horas previas, que pueden favorecer la pérdida de agua y aumentar la sensación de pesadez.
En los días previos a una carrera, el cardiólogo recomienda priorizar alimentos ricos en agua -frutas, verduras, caldos ligeros- y mantener un equilibrio de sales minerales. “La alimentación es clave para preparar el organismo, pero en condiciones extremas también es importante ajustar el ritmo y no forzar”, añade. Escuchar el cuerpo siempre debe estar por encima del cronómetro.
¿Y qué ocurre con quienes tienen antecedentes cardíacos? “Pueden participar siempre que estén asintomáticos, en una situación estable y cuenten con el visto bueno de su cardiólogo”, aclara el doctor Navarrete. En esos casos, lo más prudente es realizar un chequeo previo que incluya electrocardiograma, ecocardiografía y prueba de esfuerzo. Son exploraciones sencillas que permiten conocer el estado del corazón y correr con seguridad.
Durante la carrera, el uso de pulsómetros o relojes inteligentes puede ser una ayuda valiosa, siempre que no se interpreten de forma aislada. “La frecuencia cardíaca se correlaciona con el nivel de esfuerzo y puede servir como guía, pero debe evaluarse junto con la sensación subjetiva de fatiga”, apunta el especialista.
El esfuerzo no termina al cruzar la meta. En las horas posteriores, la rehidratación y el descanso son tan importantes como el entrenamiento previo. Si el corredor nota mareos, palpitaciones o dolor torácico después de la prueba, debe buscar atención médica. “Correr con humedad no es solo un reto físico, también es un desafío de salud. La mejor victoria es cuidar el corazón antes, durante y después de la carrera”.
El Confidencial, en colaboración con Quirónsalud, presenta una serie de artículos con información práctica, consejos y recomendaciones para practicar deporte que mejore nuestra salud y bienestar. Si tienes alguna duda sobre esta temática o quieres más información, puedes contactar con la Policlínica Guipuzkoa.
Cuando el calor aprieta y la humedad se dispara, correr deja de ser un simple ejercicio físico para convertirse en una prueba de resistencia total. En esas condiciones, el cuerpo trabaja al límite para mantener su temperatura interna y el corazón asume buena parte del esfuerzo. Lo que en clima seco puede parecer un entrenamiento llevadero, en un entorno húmedo se convierte en un desafío mucho más exigente: la sensación térmica aumenta significativamente, el sudor deja de cumplir su función y se incrementan los riesgos de deshidratación o golpe de calor.