La moral de los jóvenes, por A. Olcese
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La moral de los jóvenes, por A. Olcese

¿Puede un sistema capitalista sano permitirse el lujo de no ganar dinero un año? La respuesta es que puede y debe.

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Estimado director,

vivimos tiempos algo oscuros, de zozobra, incertidumbre y miedo. Aún después de seis meses de crisis del covid, los habitantes de la Tierra seguimos seriamente condicionados por la falta de control definitivo de la pandemia. Se impone tristemente un nuevo modo de vida restringida y amedrentada aunque sea por nuestro propio bien. Nunca los principios fundamentales de nuestro mundo democrático moderno de libertad, igualdad y fraternidad han sufrido mayores restricciones, estiramientos y atropellos.

Son momentos en los que la igualdad ha de primar sobre la libertad para resolver los problemas del coronavirus y donde ni siquiera la solidaridad (nuevo nombre de la antigua fraternidad ) consigue mitigar los efectos colaterales de la crisis que inexorablemente caen del lado de los más débiles de manera más aguda y duradera. No hay solidaridad que pueda con todo eso.

El colapso financiero y emprendedor se combate masivamente con recortes brutales en todo y peticiones dramáticas de ayudas y fondos públicos. Una receta mortal para la dignidad moral de los seres humanos, tanto por tener que pedir como por ser cercenados en nuestros ingresos, empleos y otras espectativas, cuya consecuencia principal es la desaparición de las ilusiones y la ausencia de sueños de futuro.

El viejo argumento de que para salvar la vida del enfermo hay que cortarle una pierna, o las dos, se abre paso por todos los centros financieros y empresariales como una letanía admonitoria para la expiación de nuestros pecados. Aunque esta vez no sea una crisis de excesos financieros sino más bien de aberraciones alimentarias y sanitarias.

Pero los excesos en los recortes son como pasarse en la dosis de un tratamiento que acaba matando al enfermo con la intención de salvarlo mejor y sobre todo antes.

La figura del becario en prácticas remuneradas ha desaparecido prácticamente. Su coste es insignificante respecto al de otros recortes mucho más efectivos para dejar recursos libres y poder seguir manteniendo la actividad. Pero sus efectos son devastadores para la moral colectiva joven de nuestros países. ¿Como podemos plantearnos salir de la crisis generando confianza y motivación en la ciudadanía si lo primero que nos cargamos son las más mínimas expectativas de futuro de nuestra juventud? Otro recorte que se expande como la pólvora es el de los empleos eventuales. De los millones de “erteados” crónicos ni que decir tiene que, con una prestación del 70% del salario, su visión del futuro no es precisamente alentadora.

Hay muchas empresas y autónomos que no pueden sobrevivir a la crisis sin recortes drásticos porque viven al día y eso es entendible. Pero las grandes compañías rentables se han sumado a ello con entusiasmo como medidas precautorias por si las cosas empeoran, sin reparar en que su política contribuye al empeoramiento más que a la mejora.

¿Puede un sistema capitalista sano permitirse el lujo de no ganar dinero un año o incluso de perderlo dentro de un contexto de ganancias acumuladas de forma ininterrumpida en los últimos treinta años en casi todos los sectores estratégicos de la economía mundial? La respuesta es que puede y debe. No hay mayor tesoro en una sociedad que la felicidad que dan la motivación y las ilusiones de la juventud y su capacidad de generar dinámicas de superación y modernización. Tenemos todos, y muy en especial los que tenemos el privilegio de decidir por los demás en diferentes ámbitos, la irrenunciable, indelegable e inevitable responsabilidad de mantener alta la moral colectiva, que empieza por la de los jóvenes.


Aldo Olcese
Vicepresidente de la Real Academia Europea de Doctores. Doctor en Economia.

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