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Atrévete a mirar a la cara a Miguelón: parte desde el Territorio Amón
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Atrévete a mirar a la cara a Miguelón: parte desde el Territorio Amón

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Conocí a Miguelón en París. Y no me refiero a Indurain, coronado cinco veces campeón en la tronera de los Campos Elíseos, sino al homínido que fue descubierto en Atapuerca y que adquirió su nombre del ciclista porque el hallazgo sensacional coincidió con el entusiasmo de aquella fiebre amarilla.

Conocí a Miguelón en París porque fue expuesto en el Museo del Hombre, provisto de esa infección en la dentadura que pudo matarlo y que nos lo convierte en un familiar, en un pariente cercano. Miguelón, ya ves, se nos ha muerto de una caries mal curada.

Y advierto que no es fácil confrontarse con la calavera de Miguelón. Te mira desde el abismo de su medio millón de años, como si la cuenca de sus ojos y el sarcasmo de la 'sonrisa' retrataran la anécdota y vacuidad de un sapiens enchaquetado o presuntuoso al otro lado de la vitrina.

Y se acuerda uno de Hamlet. Y del trance en que el príncipe danés susurra a la calavera de Yorick, la futilidad de su existencia, de la existencia. "Nada, ni un chiste siquiera para burlarte de tu propia mueca", expresa Hamlet al bufón en su monólogo del ser y no ser, o de la nada y el ser.

No, no resulta fácil confrontarse con la calavera de Miguelón, pero es un ejercicio obligatorio. Más aún cuando proliferan las corrientes creacionistas al abrigo del fundamentalismo religioso, insistiendo en que sus mitos fundacionales nunca varían, a diferencia de la provisionalidad de las teorías paleo-antropológicas.

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