Cuando Hitler se vengó del complot para asesinarle, solo para suscriptores
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ADELANTO EDITORIAL

Cuando Hitler se vengó del complot para asesinarle, solo para suscriptores

La Operación Valquiria se diseñó para acabar con el 'Führer', pero su fracaso no solo condenó a los implicados, sino que sus familias también fueron represaliadas por ello

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Imagen: EC Diseño.

En septiembre de 1944, Urlich von Hassell, exembajador en Italia y miembro clave de la resistencia alemana, es ejecutado en Berlín por su implicación en un complot para asesinar a Hitler, la llamada Operación Valquiria. Pero los deseos de venganza de Hitler van más allá de la muerte de los implicados, quiere poner punto final a "ese nido de víboras" y acabar también con sus familiares, por lo que se ordena el arresto de todos ellos. Aquí empieza el último libro de Catherine Bailey, 'Hasta que nos volvamos a ver', publicada por Editorial Crítica.

En un remoto castillo de Italia, la hija de Von Hassell, Fey, podrá esquivar por un tiempo las redes de las SS gracias a su apellido de casada, pero, finalmente, será detenida y separada de sus hijos. Los niños serán llevados a Wiesenhof, un orfanato nazi en el que les asignarán nuevos nombres, nuevas identidades y nuevas vidas, con lo que serán casi imposibles de rastrear. A Fey, en lugar de matarla, la convertirán en rehén y será conducida de prisión en prisión y de campo en campo, en un terrible
viaje hasta los rincones más oscuros de la Europa ocupada que casi le costará la vida y en el que siempre le acompañará el dolor y la preocupación por sus hijos.

Catherine Bailey nos cuenta la extraordinaria historia de una familia destrozada por la persecución durante la Segunda Guerra Mundial, una historia desgarradora sobre la pérdida, la traición, la fortaleza, el sacrificio personal y, sobre todo, la resistencia, basada en los diarios de Fey von Hassell. Ahora, en exclusiva para suscriptores, El Confidencial te ofrece un capítulo de un libro que versa sobre la historia de una madre, sus hijos desaparecidos y el complot para matar a Adolf Hitler.

Hasta que nos volvamos a ver

Una inclemente noche de aquel mes de diciembre, un coche avanzaba por Herrengasse, dejando atrás los esqueletos chamuscados de casas que pertenecían a los habitantes más adinerados de Innsbruck. Esbelto y negro y con una capota larga, el número de matrícula y la mirada azul de sus faros lo identificaban como propiedad de la Gestapo. En la esquina con Rennweg, al pasar por una bóveda de poca altura, el coche dobló a la derecha y los neumáticos patinaron sobre la nieve.

Es imposible conocer la hora exacta, e incluso el día. Los documentos oficiales relacionados con el terrible propósito de aquel viaje serían destruidos meses después de que se produjeran los hechos.

El coche se dirigía al este. Cuando estaban a punto de salir de la ciudad, el conductor, que llevaba el uniforme gris de las Waffen-SS, enfiló la Reichsstrasse 31, la carretera que surcaba el valle del Eno en dirección a la frontera alemana. Su misión era tan secreta que esperó a que oscureciese para salir del cuartel general de la Gestapo. Debido al apagón eléctrico, no había peligro de que otros conductores o transeúntes distinguieran a dos de sus pasajeros. Eran tan pequeños que ni siquiera se les veía la coronilla a través de la ventana.

Alargando el cuello, el conductor podía ver a los niños por el espejo retrovisor. Iban sentados junto a una enfermera de las SS, su acompañante durante el trayecto. Tenían dos y cuatro años, los ojos azules y el cabello rubio, que les caía formando largos rizos. Ambos llevaban abrigos de lana tejidos en casa y demasiado grandes para ellos, como si alguien esperara que al crecer fueran a llenarlos.

Las memorias de Fey von Hassel a partir de diarios, cartas y conversaciones con sus dos hijos sitúan al lector en un contexto histórico único

Al salir de la ciudad por una carretera larga y recta que atravesaba el centro del valle, el coche cogió velocidad. A su alrededor se veía el paisaje helado, iluminado por el reflejo de la luna sobre la nieve. A ambos lados, unos campos anchos y llanos se extendían hasta la base de las montañas, que se elevaban miles de metros por encima del valle. En la propia carretera, una estrecha franja negra en medio de aquella blancura, no había nieve. Tras unas intensas nevadas, se desplegaron tractores y máquinas quitanieves para despejarla. Los oficiales del Alto Mando de la Wehrmacht la utilizaban con frecuencia. Era la ruta más rápida entre el norte de Italia, donde el ejército alemán había sufrido varias derrotas, y el cuartel general de Hitler en Berchtesgaden.

Los niños apiñados en el asiento trasero eran hermanos. Oficialmente no pertenecían a nadie. Tres meses antes, después de arrebatárselos a su madre, las SS les habían dado identidades nuevas. Por orden de Heinrich Himmler, el Reichsführer-SS, el Ministerio de Interior había proporcionado los documentos necesarios. Se habían emitido nuevas partidas de nacimiento con nombres falsos y fechas y lugares de origen inventados, lo cual permitía a las SS ejercer de guardianes legales de los niños robados. Ahora eran los hermanos 'Vorhof'. El ministerio había bautizado al mayor 'Conrad' y al pequeño 'Robert'.

Más adelante, en los campos, acechaban extrañas formas cubiertas de nieve y envueltas en la mirada azul de los faros del coche. Las vías que discurrían paralelas a la carretera eran la principal ruta de abastecimiento del ejército alemán en Italia, y los estadounidenses llevaban semanas bombardeándolas. Los sembrados estaban cubiertos de escombros. Había vagones de tren volcados que derramaban su contenido cubierto de nieve, los restos de un avión abatido, identificable solo por la punta de las hélices, y en aquella zona escasamente poblada, el repentino y austero interior de las casas que habían perdido una pared a causa de las bombas.

Aquel mismo día, la Gestapo había recibido la orden de recoger a los niños. Con la calificación de alto secreto, la directriz había llegado de la Oficina Central de Seguridad del Reich, el cuartel general de Himmler en Berlín. Los niños debían ser trasladados a un orfanato gestionado por los nazis en Wiesenhof, una pequeña aldea situada en los Alpes, por encima de Innsbruck.

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El trayecto no era largo. Después de abandonar la carretera del valle a la altura de Hall, una próspera ciudad medieval situada a unos trece kilómetros de Innsbruck, el coche puso rumbo a las montañas. Desde allí había cinco minutos hasta el orfanato.

La carretera salía de la ciudad describiendo una fuerte pendiente. A la derecha, detrás de un muro largo, había un antiguo monasterio reconvertido en hospital psiquiátrico. Sus terrenos albergaban las tumbas de más de doscientas víctimas recientes del programa nazi de eutanasia. Hombres, mujeres y niños de entre catorce y noventa años, habían sido asesinados por la Gestapo por ser mental o físicamente discapacitados.

Subiendo la montaña, había granjas a ambos lados de la carretera. Eran las afueras de Absam, un pueblo de unos 1.200 habitantes, con un noventa y ocho por ciento del Partido Nazi. Las casas estaban hermosamente decoradas al estilo alpino. De los frontones colgaban tallas de madera, una tradición centenaria del Tirol, y en las paredes había murales de escenas religiosas. En algunas aparecía la santa patrona Maria Schutz, protectora de las familias, rodeando con sus brazos a los niños que cobijaba bajo su largo manto. En el centro del pueblo habían plantado recientemente dos tilos frente a la escuela. Eran un regalo de Franz Hoer, el Gauleiter nazi del Tirol, por la lealtad que mostraba la comunidad al partido. En la mitología pagana que habían adoptado los nazis, el tilo era un árbol sagrado y un símbolo de justicia. Tradicionalmente, los juicios se celebraban debajo de sus ramas. Se creía que el árbol ayudaría a hacer aflorar la verdad.

Por encima de Absam, la carretera serpenteaba a través de un bosque. Luego, al llegar a una meseta en la que en verano salía a pastar el ganado, se estrechaba a un solo carril. Allí, la nieve permanecía intacta y el viento que soplaba desde el valle formaba montículos ondulantes. Al otro lado, una enorme roca se elevaba cientos de metros hasta la cima del monte Bettelwurf. La carretera seguía los contornos de la roca hasta que al tomar una curva —en la que alguien había construido un santuario a la Virgen María— se divisaba el orfanato. Bajo la tenue luz de la luna, el conductor de la Gestapo reconoció su silueta; solía llevar a los niños cuando ya era de noche.

La casa estaba a oscuras y las ventanas tapadas. En la parte trasera se veía el torreón gótico de cuatro pisos de altura.

Catherine Bailey nos cuenta la extraordinaria historia de una familia destrozada por la persecución en la Segunda Guerra Mundial

Pese a sus aires de grandeza, desentonaba en aquel entorno. Acorralada por la imponente montaña y el bosque que la rodeaba por tres flancos, su forma alargada y estrecha resultaba poco atractiva. En el exterior, pintado de blanco, unas grandes cruces negras de madera formaban un patrón. En las plantas superiores sobresalía un tejado a dos aguas, que oscurecía las ventanas y daba a la casa un aire amenazador. La puerta principal, hecha de roble grueso y oscuro, era pequeña en comparación con el resto del edificio. Encima de la puerta, estarcido en grandes letras góticas, se leía el nombre del orfanato: Wiesenhof. La granja del prado.

Para los habitantes de las aldeas y las granjas aisladas de la meseta era una casa 'maldita' y 'encantada' que traía infortunio a quien estuviera asociado a ella. En su día, había sido un pabellón de caza, construido a principios del siglo XIX por un aristócrata acomodado que hizo fortuna con las minas de sal cercanas. En 1878, su familia se la vendió a un promotor inmobiliario que quería abrir un balneario de lujo. Después de tender una canalización desde las minas para ofrecer manantiales de agua salada, amplió Wiesenhof y construyó un segundo hotel en la finca. Pero se quedó sin dinero antes de terminar las obras y, en 1899, cuando el banco le reclamó la deuda, se suicidó.

En la década posterior, una serie de propietarios habían intentado —sin éxito— resucitar el balneario. Poco antes de la Primera Guerra Mundial lo compró Siegmund Weiss, un rico empresario judío de Viena, que se lo arrendó a la Asociación de Antroposofía, fundada en Viena por el místico y supuesto clarividente austríaco Rudolf Steiner. La antroposofía era un movimiento espiritual que quería fomentar el bienestar físico y mental por medios naturales y, en los años treinta, Wiesenhof se había convertido en uno de los destinos turísticos más en boga de toda Europa. Gestionado por los discípulos de Steiner, ofrecía una variedad de tratamientos alternativos y era visitado por estrellas internacionales, aristócratas y miembros destacados del Partido Nazi.

Pero la 'maldición' de Wiesenhof lo azotó de nuevo en 1938 después de que Alemania invadiera Austria. En los meses posteriores al 'Anschluss', miles de judíos fueron detenidos en Viena, donde vivía la familia Weiss. Solo la noche del 10 de noviembre apresaron a 8.000. Aquella misma noche, otros 680 se suicidaron o fueron asesinados. Walther Eidlitz, el nieto de Siegmund Weiss, recordaba a "las muchedumbres que llegaban por los puentes del Danubio y a los hombres alzando los puños amenazadoramente hacia los muros de las casas y gritando rítmicamente: '¡Muerte a Judá! ¡Muerte a Judá!'". Poco después huyó del país, pero su madre, que había pasado su infancia en Wiesenhof, fue detenida y enviada al campo de concentración de Theresienstadt, donde murió en 1941.

En ausencia de los propietarios judíos del balneario, líderes nazis e invitados adinerados de toda Europa siguieron disfrutando de su rutina sibarita. Sin embargo, según recordaba el director, Rudolf Hauschka, la anexión de Austria puso el centro vacacional en "grave peligro": "Siempre eras consciente de que vivías en un oasis que, en cualquier momento, podía ser arrasado por una tormenta de arena". A la postre, sus temores serían fundados.

En septiembre de 1944, Urlich von Hassell, exembajador en Italia y miembro clave de la resistencia alemana, es ejecutado en Berlín por su implicación en un complot para asesinar a Hitler, la llamada Operación Valquiria. Pero los deseos de venganza de Hitler van más allá de la muerte de los implicados, quiere poner punto final a "ese nido de víboras" y acabar también con sus familiares, por lo que se ordena el arresto de todos ellos. Aquí empieza el último libro de Catherine Bailey, 'Hasta que nos volvamos a ver', publicada por Editorial Crítica.

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