La nueva derecha ha pasado por el diván y rompe todos los códigos: va a por todas
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La nueva derecha ha pasado por el diván y rompe todos los códigos: va a por todas

El centrismo es un territorio deshabitado por el que no deambula ya ni la socialdemocracia ni el liberal-conservadurismo. El moderantismo de la derecha fue una respuesta

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Imagen: Irene de Pablo.

El centrismo es un territorio deshabitado por el que no deambula ya ni la socialdemocracia ni el liberal-conservadurismo. El moderantismo de la derecha fue una respuesta al socialismo privado ya del componente marxista y entregado a las tesis keynesianas. Las grandes coaliciones solo permanecen en la Alemania que teme a su propia radicalidad histórica gestando líderes irreproducibles que regresan a las bambalinas como lo hará en septiembre próximo Angela Merkel. Hoy por hoy, las referencias de la derecha son duras, metálicas, contundentes: en Hungría, en Polonia, en Italia, en Francia, en Estados Unidos… y pareciera que el populismo de Johnson y de Trump fuesen los moldes en los que, con ligeras variantes, se ahorman las nuevas derechas occidentales.

En algún momento habrá que pararse a pensar qué responsabilidad ha contraído la izquierda más tradicional —y ahora desplomada— en la nueva formulación de la derecha. La era Obama no resultó ser la época del resurgir del progresismo. Fue un grave patinazo histórico porque, tras los ocho años del primer presidente estadounidense mestizo y el número 44 de aquella gran nación (2009-2017), hizo su triunfal aparición el trumpismo y el ultranacionalismo inglés: en 2016 el Reino Unido —en realidad, Inglaterra— se separaba de la Unión Europea a la que estaba vinculada desde los años 70 y en Washington se imponía a Hilary Clinton un tosco hombre de negocios, Donald Trump.

Foto: Imagen: Irene de Pablo.

Comenzó así hace un lustro una nueva época que ha ido atrapando progresivamente a segmentos sociales sacudidos por la crisis financiera (2008-2014) y por las políticas de identidad de la izquierda que ha olvidado la ciudadanía como referente de atenciones integrales. Está por examinar qué responsabilidad tuvo en este estado de cosas la estancia de ocho años en la Casa Blanca de uno de los personajes que reclamó más expectativas y menos las satisfizo y que, a la postre, dejó una herencia tullida para la izquierda tradicional.

Se suele pensar que España, en la estela de ese aislacionismo que trae causa del pesimismo histórico del 98 del siglo XIX, discurre por un ancho de vía diferente al europeo. Ya no es así. La derecha española, que no es posfranquista como quiere seguir estigmatizándola la izquierda, se ha empapado del signo de los tiempos. Y responde a la radicalización del progresismo —un significante que remite al populismo de Pedro Sánchez y Podemos y al entendimiento de ambos con las fuerzas independentistas y nacionalistas— con un discurso en el que no hay puntos de conexión. Izquierda y derecha se comportan como bloques aparentemente impermeables entre sí. Y ya ha calado en el Partido Popular —especialmente por el manejo de la crisis territorial española provocada por el separatismo catalán— la idea profunda de que al PSOE actual, formalmente uno de los pocos socialismos que no se han desplomado, hay que combatirlo sin descanso, con un discurso duro y descarnado, enarbolando banderas y esparciendo narrativas con valores que ha sabido arrebatar a la progresía: la libertad frente a la intromisión regulatoria, la igualdad ciudadana basada en el fundamento de la unidad nacional, el derecho a sostener valores tradicionales frente a la profunda alteración de los roles de un nuevo feminismo 'queer' y la reivindicación de un liberalismo de comportamiento en el que interesa la condición ciudadana sobre la identificación de nichos electorales: ecologistas, feministas, globalistas, urbanitas, rurales…

placeholder Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

La segunda gran crisis de este siglo ha sido la sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus. Las restricciones de la libertad individual para combatir los contagios a través de cuestionables modelos de estados de alarma han podido mostrar la pulsión interventora del PSOE y Unidas Podemos, creando la sensación de que esa izquierda radical —en la medida en que no es solo socialista, sino también comunista y populista— ha intervenido más allá de lo admisible, y con procedimientos cuestionables, los derechos fundamentales. Las elecciones autonómicas en Madrid, celebradas con un éxito tan meritorio para el PP como desasosegante el fracaso de la izquierda, demostrarían que se ha quebrado la usual empatía de las izquierdas con sus anclajes discursivos más habituales. La derecha española se ha desabrochado el corsé de lo políticamente correcto, ha abatido las pautas de cómo hay que pensar y pronunciarse sobre los acontecimientos, ha dejado de seguir los argumentarios buenistas y parece haber descubierto el valor del descaro, del desafío, de la digresión ideológica disidente.

La derecha española —sea PP, pero también Vox, una vinculación que se avizora por sus dirigentes como la fórmula de sustitución de la actual precaria mayoría de izquierdas en connivencia con los secesionistas— se ha quitado la corbata, la chaqueta y —tras un largo estadio histórico de recolocación ante la larga sombra del franquismo— no admite lecciones del PSOE de Sánchez, como no las admitió de Podemos, con su líder-fundador en el ostracismo, ni se ha dejado subyugar por la nueva política que decía representar algún personaje que pudo ser y no fue: Albert Rivera. Ciudadanos, y su consunción electoral e institucional, es, al fin y al cabo, el puñetazo encima de la mesa de los sectores sociales que creyeron en una rótula política que librase a España de su penar histórico —el arbitraje del nacionalismo vasco y catalán— y está decidida a jugarse el todo por el todo. Es obvio que Casado y Abascal saben todas las diferencias que les separan, pero han aprendido de cómo las superó Sánchez con Iglesias y han tomado nota de qué manera, en menos de 48 horas, sin remilgos, formalizaron un pacto de gobierno de coalición tras las elecciones de noviembre de 2019.

Foto: Imagen de las fuerzas armadas custodiando a un grupo de menores migrantes. (EFE)

La reagrupación de la derecha política —que podría contar con decepciones numerosas en bolsas del electorado flotante del socialismo— se ha producido en estos días por la convergencia de dos fenómenos de distinta naturaleza, pero de hondo calado: los indultos a los políticos catalanes sediciosos que han servido para poner en la picota la justicia española y provocar una indisimulada sensación de humillación; y la reacción de los obispos y de los empresarios cuyos posicionamientos han estado más próximos al Gobierno que a las fuerzas políticas naturales que les son, por definición, más amigables. Pero a la constatación han añadido las derechas españolas una reflexión: ni los obispos son lo que eran —la Iglesia en España es irrelevante por una debilidad que le hace inclinarse ante quien en cada momento ostente el poder desde el que amparar sus intereses, especialmente materiales y financieros— ni los empresarios disponen de capacidad de empatía con la sociedad española. Primero, porque representan un capitalismo débil extraordinariamente dependiente de la regulación pública y de las ayudas estatales y, segundo, porque las grandes empresas ya no responden a criterios nacionales, sino al carácter apátrida y global de los fondos que las dominan como accionistas estratégicos.

placeholder Pablo Casado y el líder de la CEOE, Antonio Garamendi, en un encuentro. (EFE)
Pablo Casado y el líder de la CEOE, Antonio Garamendi, en un encuentro. (EFE)

La derecha española ha sintonizado en otro dial. Es diferente. Está cambiando su lenguaje. No admite la corrección política. Ha dejado de interesarle el moderantismo en la medida en que era un territorio de arenas movedizas. En palabras de un representante particularmente singular de la derecha: “Hemos pasado por el sicólogo, nos ha librado del sentimiento de culpa histórico, nos importa un bledo que Franco esté en el Valle de los Caídos o en Mingorrubio, el Pazo de Meirás es el panteón de Carmen Calvo, hemos demostrado que defendemos mejor que nadie la libertad y la igualdad, impugnamos la connivencia de la izquierda y el independentismo, nuestra corrupción ha sido grave, pero tanto como la de los socialistas y vamos a por todas.”

Isabel Díaz Ayuso no es la causa de nada, sino la consecuencia de todo; es un síntoma de un diagnóstico mejor elaborado por la derecha que por la izquierda. Desde el PP y Vox se afirma que a Madrid “le seguirá Andalucía” que a su vez, será “el prólogo de una victoria electoral en las generales en las que la mayoría en el Congreso y en Senado será del PP y Vox”. Y antes, las municipales y varias autonómicas. Avisan de que todo ha cambiado: este domingo pasado, los dos partidos no asistieron al homenaje a las víctimas del terrorismo en el Congreso. “Se ha acabado la hipocresía”. Y este es el panorama de la derecha española sobre el puente de una España más conectada que nunca a movimientos ideológicos tectónicos de la vieja Europa que mira con el rabillo del ojo a los Estados Unidos en donde 70 millones de ciudadanos quieren que vuelva Trump. Si la izquierda no lo ve, está ciega, sorda y muda.

El centrismo es un territorio deshabitado por el que no deambula ya ni la socialdemocracia ni el liberal-conservadurismo. El moderantismo de la derecha fue una respuesta al socialismo privado ya del componente marxista y entregado a las tesis keynesianas. Las grandes coaliciones solo permanecen en la Alemania que teme a su propia radicalidad histórica gestando líderes irreproducibles que regresan a las bambalinas como lo hará en septiembre próximo Angela Merkel. Hoy por hoy, las referencias de la derecha son duras, metálicas, contundentes: en Hungría, en Polonia, en Italia, en Francia, en Estados Unidos… y pareciera que el populismo de Johnson y de Trump fuesen los moldes en los que, con ligeras variantes, se ahorman las nuevas derechas occidentales.

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