¿Qué hace que una joven acomodada se una al ISIS? En exclusiva, para suscriptores
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¿Qué hace que una joven acomodada se una al ISIS? En exclusiva, para suscriptores

'Agua de Luna', la emocionante y cruda novela de Juan Ramón Lucas, de 'Planeta', es un golpe de realidad, un libro del que pueden leer un Adelanto Editorial en El Confidencial

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Imagen: EC Diseño.

"No es tu dolor el que quiero causar. Eres, como yo, una víctima, pero tu muerte te trasciende a ti, como el hecho de matarte lo hace conmigo. Eres el precio de un crimen que te sobrepasa…". La última novela de Juan Ramón Lucas, 'Agua de Luna', editada por 'Planeta', te atrapará de principio a fin.

La historia es, aunque novelada, es la de tantos y tantos padres preocupados por haber hecho un buen trabajo en la crianza y educación de sus hijos. En este caso, sin apenas darse cuenta, la joven Greta, aspirante a actriz, se ve envuelta en un terrible secreto que rompe con toda su vida presente y amenaza a su propia familia.

Cuando desaparece, Julio Noriega, su padre, inicia un viaje en paralelo al de ella, que llevará a ambos a un territorio de frontera entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. Un universo tan cercano como peligroso y desconocido en el que se entrelazan el dolor y la esperanza. Un mundo al revés lleno de ángeles y demonios.

Desvelará ese secreto aunque tenga que ponerse en manos de asesinos. Aunque tenga que desafiar al hombre tranquilo. ¿A qué serías capaz de renunciar por amor, por una fe, por un país? 'Agua de Luna', la emocionante y cruda novela de Juan Ramón Lucas, de 'Planeta', es un golpe de realidad, un libro del que pueden leer un Adelanto Editorial en El Confidencial, en exclusiva para suscriptores.

Agua de Luna

El sonido de llamada del móvil de Julio Noriega penetra con el estrépito de lo inesperado en la sala de maquillaje del plató 1 de Cedro Producciones. Es el Dust My Broom de Elmore James. La maquilladora, rubia, jovencísima, tocada con un aro que le agranda exageradamente el lóbulo de la oreja, media cabeza rapada y el tatuaje de un águila desplegado en el antebrazo izquierdo, pregunta con franca curiosidad:

¿Qué canción es esa? Es chula, en plan guitarreo antiguo.

Él, que habría dado su alma o hipotecado su magnífico presente profesional por haber conocido en persona al autor del riff de guitarra más versionado de todos los tiempos, finge ofendida sorpresa:

—No me puedo creer que no lo hayas oído nunca.

—No... Bueno, sí. Es como un rock viejo, ¿no?

—Todavía no existía el rock cuando se grabó esto en 1951, ¿sabes?

Julio adora el blues, la música tradicional del Delta del Mississippi que hace más de un siglo empezó a poner la semilla del rock’n’roll, y todo lo que vino después. La felicidad son los ecos descarnados de la slide guitar de Elmore James, la contundencia de la voz de Buddy Guy, el blues antiguo de Mamie Smith, el timbre eterno de Son House, o el lamento atemporal del padre de todo: Robert Johnson.

Insiste la llamada en abrirse paso en la silenciosa atmósfera de la sala de maquillaje. Julio no tiene intención de responder, menos aún al comprobar de quién se trata. A punto de meterse en la grabación de un capítulo de la nueva temporada de Te amaré siempre en el que le han invitado a participar, no quiere descentrarse. Pero la guitarra de Elmore no se rinde. A la cuarta, no le queda más remedio que descolgar.

Foto: Juan Ramón Lucas. (María Villanueva)

Sí, ¿quién es? —pregunta irritado, aunque lo sabe perfectamente.

Tu mujer.

Alicia Lebrato, la presentadora del informativo estrella del Canal Seis de televisión, abandona siempre la primera persona cuando tiene que soltar reproches o pedirle explicaciones.

—Dime, Alicia —contesta resignado mientras se arrepiente de no haber olvidado el móvil en el coche, o en el camerino, o no haber sufrido un atraco que le hubiera dejado sin el maldito teléfono; su imaginación suele activarse cuando barrunta disputa—. Estoy a punto de entrar a grabar. Espero que sea importante.

—Tú verás —eleva ella la voz—. Tú sabrás si es importante o no que a los diecisiete años, diecisiete...

—Dieciocho para diecinueve —corta él.

—Me da igual. Que a tu hija le dejes hacer lo que le da la real gana...

—Alicia —interrumpe de nuevo—, no me puedo permitir otro asalto sobre Greta cuando estoy en capilla. Yo no te llamaría tres minutos antes de que salieras a antena. Dime, por favor, de qué se trata, y si te parece dejamos la cuestión para esta noche en casa.

La réplica es un silencio que contiene la cólera. Alicia habrá cerrado los ojos para no gritar. Al mirar de soslayo el reloj de maquillaje, Julio se da cuenta de que también es una mala hora para ella porque en menos de sesenta minutos estará en directo presentando su informativo. Algo pasa.

No me toques los cojones, Julio Noriega. —Silencio en los dos extremos de la llamada, que deja en el aire una estela de muda tensión—. Tu hija está ahora mismo en casa haciendo la maleta porque se va a no sé dónde con no sé quién porque tú le has dado permiso... y dinero.

Julio lo había olvidado. Sí, hacía unos días Greta le preguntó si podía ir el fin de semana con sus amigas del instituto a casa de una de ellas en Almería. ¿Permiso u opinión?

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Mientras piensa qué va a responder a Alicia, trata de reconstruir la conversación, de remontar las huellas de las palabras. El lenguaje es un arma de filos incandescentes en manos de quien tiene la cualidad de manejarlo con la destreza y el conocimiento adecuados, y Julio suele perder esas batallas por desgana y a menudo por cobardía.

"Entonces ¿no te parece mal que nos vayamos?".

"No —recuerda que dijo. Y repitió—: No. Siempre y cuando...".

¿Qué añadió? ¿Cuál fue la frase? Siempre y cuando...

"... vayas a un sitio seguro y no hagas tonterías".

Ahí le atrapó, claro. ¿Te parece mal? No. Permiso concedido. ¿Condición? Fácil, muy fácil.

"Papá, vamos a casa de los padres de Almudena en Roquetas, donde ibais a bucear mamá y tú, como me has dicho millones de veces. —Lo adornó con su sonrisa blanca de mirada chispeante—. Y muchas tonterías no se pueden hacer allí, donde solo hay buceadores y turistas".

Él no objetó nada porque nada creía que debiera objetarse, y aunque en ese momento pensó —recuerda— que quizá debería consultárselo a Alicia, no lo guardó en el disco duro, ni consideró pertinente sugerirle a su hija que lo hablara también con ella. Creyó que por una vez que no pasaran por su mujer todas las decisiones, no estallaría una tormenta. Ahora la tiene sobre sí, con el ojo del huracán esperando al otro lado del teléfono una explicación que en ningún caso será satisfactoria.

¿De verdad le has dado permiso y dinero? —El enfado de Alicia llega perceptible y enérgico desde el fondo del terminal.

Mejor, calcula, atacar.

—Me irrita profundamente, y lo sabes, la falta de confianza que demuestras en tu hija... —eleva el tono ante la sorpresa de la maquilladora, que asiste desinhibida al espectáculo—: ¡que tiene casi diecinueve años!

—Sí, Julio —corta ella sin cambiar la modulación—, pero sigue siendo una cría... No es cuestión de confiar o no, sino de responsabilidad, joder. —Pausa, breve pero ostensible—. Sigues sin enterarte de la vida, sigues sin enterarte de nada.

"No es tu dolor el que quiero causar. Eres una víctima, como yo, pero tu muerte te trasciende a ti, como el hecho de matarte lo hace conmigo"

—Vaya, no renovamos argumentario: que si no me entero, que si vivo en otro mundo, que si me creo que estoy siempre interpretando... Coño, Alicia, aprovechas cualquier excusa para picarme la autoestima. ¿Crees que soy uno de tus incautos invitados? Vale ya, por Dios. No te enteras tú, que crees que Greta es un bebé desvalido al que hay que proteger de los males que acechan en el mundo exterior.

—Imposible. Contigo es imposible: confundes disciplina con protección. Como siempre —dice, y Julio oye un chasquido como de resignación al otro lado—. Estás malcriando a la niña y eso le va a pasar factura a ella.

—Lo dejamos, ¿vale? Hablamos más tarde o esta noche.

—Claro, señor mío... Y mientras, que la niña haga lo que le salga de la entrepierna y se vaya tranquilamente donde le dé la gana, con carta blanca y dinero de papá, que qué majo es y qué bueno y qué abierto. Como la niña seguirá sus pasos..., ¿verdad?

De nuevo silencio. Julio mira a la maquilladora que al verse descubierta improvisa un gesto hacia el peine que tiene en la mano.

—Llama a tu hija ahora mismo y dile que no va a ninguna parte si no están los padres de su amiga —ruge Alicia desde el otro lado.

Ya está. Asume el mando, como siempre que ella entiende que hay crisis, pero él se rebela:

Llámala tú, que eres quien no quiere que se vaya. Es mayor de edad.

—No he dicho eso, Julio. No confundas tu idea con mi realidad. Como siempre. Me quejo y te exijo que me informes, que me cuentes, que compartas... Y sí, también, por enésima vez, que no le consientas a tu hija absolutamente todo lo que quiere.

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El periodista Juan Ramón Lucas. (María Villanueva)

Confrontar con Alicia cualquier cosa, por mínima que sea, es estrellarse contra un acantilado rocoso. Su concepto de la discrepancia está en conexión con lo personal: disentir es una afrenta.

—No puedo hacer eso ahora.

—Por supuesto que sí, querido. Es lo que tienes que hacer. —Y cuelga.

Julio guarda silencio un par de segundos, luego busca en el espejo la mirada de la maquilladora.

—¿Tú crees que una chica de dieciocho años puede irse sola con unas amigas a casa de una de ellas el fin de semana?

Como la rubia, desconcertada, no sabe qué responder, se lo pone fácil:

Yo creo que sí, si es prudente y sensata, y confías en ella.

—Claro —concede aliviada—, eso me parece a mí. Además, es mayor de edad, ¿no? Yo tengo poco más.

Greta seguirá sus pasos, ha vuelto a lanzarle Alicia. Como si le irritase que quiera ser actriz. Quizá sea así. Sin duda preferiría que se dedicase al periodismo, como ella, o a sacar partido a otras cualidades, como la extraordinaria capacidad que ha tenido siempre para manejarse con los ordenadores. También él lo piensa a veces. Frente a la pantalla, su hija deslumbra con su habilidad para conseguir y ordenar datos, navegar por mundos cibernéticos, encontrar lo oculto o lo imposible. Ya de niña se movía entre pantallas y teclados con la insólita maestría de los dotados de ciencia infusa, pero no siempre el genio y la vocación van de la mano.

Para Greta la informática es un hobby, no una pasión: su pasión está en la escena. Ella quiere interpretar, y Alicia no tendrá más remedio que aceptar su empeño, aunque le pese la certeza de que en eso de la comedia el esfuerzo no suele encontrar justa recompensa. Lo sabe bien. Durante años ha reparado económica y anímicamente los constantes altibajos profesionales de Julio.

Anoche mismo en casa hablaron de ello.

"Elige la que quieras, eres tú quien va a estudiar".

En la pantalla del ordenador, Greta pasaba imágenes y enlaces de escuelas de interpretación. A su lado, Alicia permanecía vigilante.

"Que no sea la más cara, cariño".

Sin casi darse cuenta, la joven Greta, aspirante a actriz, se ve envuelta en un terrible secreto que rompe con toda su vida... y su propia familia

Greta podría haberse matriculado en cualquiera de las escuelas de interpretación que regentan actores o escenógrafos en Madrid. O en la Escuela de Arte Dramático. La opción inglesa fue idea de Julio a propuesta de Rubén Casablanca, un estrafalario director que había conseguido prestigio en la impermeable escena británica, y que le convenció de la alta cualificación y los contactos que eso le abriría: "Allí no hay escuela mala, solo malos estudiantes, pero la más mediocre te saca actores que aquí ni sueñan. Os volverá de Londres con más glamur y oficio que Emma".

"Thomson", recuerda haber añadido Julio, que no soporta la familiaridad, impostada o no, de Casablanca con los colegas de éxito.

"Claro, ¿hay otra?".

"Watson, por ejemplo".

"He dicho glamur, Julito. Y oficio".

¿Por qué tengo que acordarme ahora de Casablanca?, piensa Julio. Aún en la sala de maquillaje, vuelve a la noche de ayer:

"La que quieras, niña, fórmate como la mejor con los mejores, que para eso te vas a Londres".

"Tiene razón —respondió su madre tras una pausa—. Lo que haga falta con tal de que te distingas entre la mediocridad de por aquí. Y del dinero no te preocupes".

Alicia Lebrato es poco amiga de ceder autoridad, ni un ápice. Julio sabe que en la ironía de sus palabras cargaba reproche, pero hace ya tiempo que decidió no seguir sometiéndose a su voluntad granítica.

Duda de la suya propia mientras llama a su hija.

—Sí, papá. Estoy preparando la maleta para Almería. Ya te lo dije, ¿te acuerdas?

—Pero a tu madre no le habías dicho nada.

—Pensé que era cosa tuya... Espera, que me está llamando otra vez. Qué pesada, joder. —Se hace el vacío de la llamada retenida, un par de minutos o menos—. Ya.

—¿Ya qué?

Que ya he hablado con ella. Que todo bien.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí.

Le parece escuchar un suspiro irritado, como de fastidio. Tarda unos segundos su hija en emitir la queja.

—De verdad, papá, a veces no sé cómo tienes tanta paciencia.

A punto de grabar, no quiere entrar en explicaciones, pero tampoco cierra la conversación. No con Greta.

—Tampoco hay mucha gente que me aguante a mí. Tu madre y yo formamos una sociedad de mutuo interés: yo soporto su superioridad y ella aguanta mis inseguridades.

Julio advierte un silencio de duda, que al instante confirma su hija:

—Pero os queréis, ¿no?

Es una buena pregunta, admite. Él también se la hace en ocasiones.

—Claro, cariño... —Sonríe—. De todas formas, ahora estoy a punto de grabar. Lo hablamos en otro momento. Pásalo bien en Almería, y ten cuidado, ¿vale?

—Vale, papi. Lo tendré.

Julio deja el teléfono junto al espejo de maquillaje y se contempla despacio buscando el sorprendente parecido que les atribuyen. Pero él no tiene el encanto nada sutil de su hija, esa disposición constante a iluminarlo todo, que ejercita con la mirada y la palabra, porque está dotada de una insólita capacidad de expresarse, acaso herencia de la lucidez de su madre y la constancia de Julio. Dice todo aunque no diga nada. Llena espacios que ella misma es incapaz de abarcar.

La está pensando cuando vuelve a llamar Alicia. Ya no lo coge.

"No es tu dolor el que quiero causar. Eres, como yo, una víctima, pero tu muerte te trasciende a ti, como el hecho de matarte lo hace conmigo. Eres el precio de un crimen que te sobrepasa…". La última novela de Juan Ramón Lucas, 'Agua de Luna', editada por 'Planeta', te atrapará de principio a fin.

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