La película que debes ver | 'Cuando pasan las cigüeñas', de Mijaíl Kalatózov, en Filmin
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RECOMENDACIÓN CINEMATOGRÁFICA

La película que debes ver | 'Cuando pasan las cigüeñas', de Mijaíl Kalatózov, en Filmin

Kalatózov transforma una trama de guerra simple en una obra de arte mayor en la que la música, las imágenes y la emoción quedan sublimadas por la mano de un genio

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Imagen: Irene de Pablo.

Permítanme que hable de mí misma, porque la historia que me ata a 'Cuando pasan las cigüeñas' (1957), de Mijaíl Kalatózov, es la de un flechazo inesperado con una de las películas rusas más bellas y vanguardistas del cine soviético, un drama bélico de una expresividad visual y una sensibilidad que la distinguen de cualquier otra película de la época, sin ser la que escribe demasiado amiga del género. Kalatózov consigue amalgamar una historia tradicional de amor en tiempos de guerra con las innovaciones técnicas y los riesgos formales más impactantes. Atención al plano en el que Boris (Alekséi Batálov) -un joven al que van a enviar al frente contra los nazis- sube las escaleras de varios pisos para despedirse de su amada Veronika (Tatiana Samóilova) y la cámara lo sigue en un rizo imposible. Que ganase la Palma de Oro en Cannes en 1958 es casi una anécdota pedestre para una película inmortal que todavía hoy sigue apabullando con su modernidad.

En otro momento, Veronika corre desesperada por las calles de Moscú y el director construye un efecto visual con el rostro de la protagonista, unas verjas y un montaje acelerado que se han convertido en historia del cine. La fotografía de Sergey Urusevskiy, quien colaboró en tres ocasiones con el director de 'Soy Cuba' (1964), bebe del expresionismo, con encuadres aberrados y ángulos imposibles que amplifican el impacto emocional en el autor, que ve un mundo que se viene abajo entre las bombas a través de los ojos de una Veronika aterrada, confusa y febril.

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Basada en la obra de teatro de Victor Rozov, 'Cuando pasan las cigüeñas' toma su título de la promesa que se hacen los dos enamorados protagonistas, mientras pasean por la ribera del río, de encontrarse cuando, efectivamente, pasen las cigüeñas sobre la ciudad, antes de que a Boris lo llamen a filas. Son una pareja que tiene la vida y el amor por delante, que ríen y pasean por un Moscú luminoso y alegre. A través de sus personajes, Kalatózov lamenta la destrucción provocada por la guerra, en particular por la Segunda Guerra Mundial, en la que la Unión Soviética perdió más de 27 millones de vidas. Los estragos del conflicto aparecen por la ciudad -la ribera aparece dividida con disuasores de hierro y alambre de espino-, pero también en el ánimo y el rostro de los protagonistas.

Durante un bombardeo -la violencia con la que la película recrea el fuego es impactante-, la casa de Veronika queda en ruinas y la joven debe mudarse con la familia de Boris, con la que también vive el primo de éste, perdidamente enamorado de la chica. El director se centra en las consecuencias de la ausencia de Boris, que provoca la violencia y el enrarecimiento en el seno familiar. Kalatózov transforma una trama de guerra simple y no especialmente original en una obra de arte mayor en la que la música, las imágenes y la emoción que éstas provocan quedan sublimadas por la mano de un genio. Bendito 'Filmin', que nos la trae a casa.

Permítanme que hable de mí misma, porque la historia que me ata a 'Cuando pasan las cigüeñas' (1957), de Mijaíl Kalatózov, es la de un flechazo inesperado con una de las películas rusas más bellas y vanguardistas del cine soviético, un drama bélico de una expresividad visual y una sensibilidad que la distinguen de cualquier otra película de la época, sin ser la que escribe demasiado amiga del género. Kalatózov consigue amalgamar una historia tradicional de amor en tiempos de guerra con las innovaciones técnicas y los riesgos formales más impactantes. Atención al plano en el que Boris (Alekséi Batálov) -un joven al que van a enviar al frente contra los nazis- sube las escaleras de varios pisos para despedirse de su amada Veronika (Tatiana Samóilova) y la cámara lo sigue en un rizo imposible. Que ganase la Palma de Oro en Cannes en 1958 es casi una anécdota pedestre para una película inmortal que todavía hoy sigue apabullando con su modernidad.

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