Viajes imposibles | Vaya eligiendo peluca para el museo viviente más increíble del mundo
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una idea de rockefeller jr.

Viajes imposibles | Vaya eligiendo peluca para el museo viviente más increíble del mundo

El plan es pasar la mañana aprendiendo cómo se hace una pared de ladrillo, comer un guiso del siglo XVIII y terminar el día en la taberna Raleigh riéndose del acento del marqués de Lafayette

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Imagen: Irene de Pablo.

Hay dos cosas por las que merece la pena pasar tiempo en Estados Unidos. La primera son los Tumbs, unos caramelos antiácidos tipo Almax que se venden en todos los sitios y que tienen colores y sabores de frutas (cuando digo frutas, quiero decir gominolas). La segunda son los museos vivientes. Mi teoría (totalmente improvisada) es que al ser un país sin apenas patrimonio arquitectónico y con una historia tan reciente, recurren a actores y voluntarios para poder visibilizar su pasado. Quizá también ayuda la espectacularización propia de la cultura americana.

Da igual. La cosa es que hay museos de este tipo por todos sitios. En la costa este, tenemos buenos ejemplos. Uno es Harpers Ferry, donde se recrea el asalto de John Brown, un abolicionista que tomó con 21 hombres un pequeño arsenal en la espectacular confluencia del río Potomac y el Shenandoah y provocó un incidente mil veces relatado que sirvió de prólogo a la Guerra de Secesión. Pero el mejor —es posible que sea el museo viviente más grande del mundo— es Colonial Williamsburg, un proyecto iniciado por John Rockefeller Jr. en los 'felices años veinte' y que hoy es en una institución educativa privada sin fines de lucro.

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El nombre suena más hoy por el barrio de moda de Brooklyn, pero Wiliamsburg fue la capital de la colonia más rica y grande de Inglaterra (Virginia) y uno de los lugares donde fermentó la independencia de los Estados Unidos. Hoy, el centro aloja un parque temático histórico con miles de actores y voluntarios vestidos de época. Aunque se organizan incontables espectáculos y charlas, lo realmente fascinante es dar vueltas por una ciudad que recrea el ambiente del siglo XVIII y ver trajinar a sus habitantes. Ellos intentan comportarse y hablar como lo hacían sus ancestros. No se salen del guion ni siquiera cuando los visitantes ponen a prueba su paciencia. Por cierto: la mayoría están ya vacunados y no necesitan mascarilla.

El recinto está montado con el concepto de 'mundo abierto' y resulta complicado exprimirlo en una visita de un solo día. A los cerca de 90 edificios de época perfectamente conservados, han añadido cientos de casas, negocios y dependencias públicas, reconstruidos sobre sus cimientos originales. Tiene casi todo lo mejor —y casi nada de lo peor— de los buenos parques de atracciones. El planteamiento divulgativo combina los grandes personajes y acontecimientos históricos —se puede charlar con el marqués de Lafayette, George Washington, Thomas Jefferson…, incluso bromear sobre sus sombreros— con el costumbrismo y la forma de vida de la época —en mi opinión, esto es lo más logrado y lo más interesante—. Cosas como sentarse en el bar de una posada y escuchar un pormenorizado relato sobre cómo se viajaba hace tres siglos —les adelanto que era excepcional, incómodo y bastante caro—. O sentarse a ver trabajar a un artesano de pelucas y aprender todo sobre el negocio.

placeholder El museo viviente más espectacular de EEUU.
El museo viviente más espectacular de EEUU.

Aunque no es obligatorio, a Colonial Williamsburg se recomienda ir disfrazado, alquilando un atuendo o comprándolo en el recinto —la selección de pelucas es excelente—. El viaje combina muy bien, por cierto, con una lectura que no se le debería escapar a nadie que aspire a entender algo sobre este país. 'La otra historia de los Estados Unidos', de Howard Zinn, un libro que se puso de moda hace algunos años y que tiene un planteamiento parecido al del museo: cuenta la historia del pueblo americano, moviendo el foco de los presidentes y los grandes discursos y trasladándolo a las condiciones de vida de la gente, así como a la estructura productiva y la evolución económica de la sociedad. Que es la única manera de entender algo.

Hay dos cosas por las que merece la pena pasar tiempo en Estados Unidos. La primera son los Tumbs, unos caramelos antiácidos tipo Almax que se venden en todos los sitios y que tienen colores y sabores de frutas (cuando digo frutas, quiero decir gominolas). La segunda son los museos vivientes. Mi teoría (totalmente improvisada) es que al ser un país sin apenas patrimonio arquitectónico y con una historia tan reciente, recurren a actores y voluntarios para poder visibilizar su pasado. Quizá también ayuda la espectacularización propia de la cultura americana.

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