A quién y por qué le viene bien la leyenda negra española, solo para suscriptores
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A quién y por qué le viene bien la leyenda negra española, solo para suscriptores

'Madre Patria' desmonta uno a uno los mitos que componen la leyenda negra antiespañola. Ahora, en exclusiva en El Confidencial, un capítulo disponible solo para suscriptores

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Imagen: EC Diseño.

La leyenda negra que condujo a la subordinación social y cultural de Hispanoamérica y de España durante siglos, y que las ha llevado a no reconocer su enorme y rico legado, ha sido la obra más genial del márketing político británico, estadounidense y, curiosamente, soviético. 'Madre Patria' rebate, uno por uno, todos los clichés creados durante generaciones y demuestra que nada separa a España de América, ni a América de España, salvo la mentira y la falsificación de la historia, y lo hace desde diferentes perspectivas y valiéndose de múltiples referencias como la literatura o el cine.

Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Espasa publica el 26 de mayo el nuevo libro de Marcelo Gullo Omodeo, 'Madre Patria', un viaje a aquel momento decisivo de la historia de todos los países hispanohablantes, de uno y otro lado del Atlántico, que es el 'descubrimiento y la conquista' de América. 'Madre Patria' va a las fuentes y vuelve al presente y desmonta uno a uno los mitos que componen la leyenda negra antiespañola. Ahora, en exclusiva solo para suscriptores de El Confidencial, les ofrecemos el Adelanto Editorial de un capítulo de uno de los libros más irreverentes de los últimos años.

La conquista de América: lo políticamente correcto

A esta altura de nuestro razonamiento, resulta interesante la reflexión que realiza Jean-Pierre Péroncel-Hugoz tras su prolongada experiencia en los medios de comunicación de masas: "Cerca de treinta años de periodista al servicio de los diarios franceses más leídos me han hecho aprender por lo menos una cosa: sin tambores ni trompetas, la libertad de expresión no ha cesado durante todo ese período de tiempo de disminuir. No fue necesario para eso de la Gestapo o del Gulag, ni siquiera de un censor. Simplemente, el peso social, profesional, cotidiano, invisible e inodoro, pero rápidamente convertido en incuestionable, del 'pensamiento único' y de lo 'políticamente correcto', que destruyeron, más que todos los totalitarismos pasados, las plumas y las voces que intentaron oponerse a ese sistema de control político transnacional, inédito en los anales universales de la represión".

Es imprescindible remarcar que la leyenda negra de la conquista española de América forma parte del 'núcleo duro' del pensamiento políticamente correcto. Cuestionar ese núcleo duro implica asumir el riesgo de ser expulsado automáticamente de la 'comunidad académico-científica'. Por temor a perder privilegios, honra y hasta amistades, lo políticamente correcto impone entre los académicos no solo lo que hay que decir, sino lo que no se debe decir. Digamos a modo de ejemplo, y solo de paso, que no se debe hablar de la política de mestizaje exitosa fomentada por los Reyes Católicos, de los mestizos que destacaron en la literatura, las armas o el comercio, de los miles de matrimonios felices entre las doncellas indias y los conquistadores, de las universidades de excelencia creadas por España en América, de los cientos de profesores que España envió a América, de la política de creación de hospitales, de la nobleza indígena que conservó sus privilegios después de la conquista… pero, sobre todo, no se debe mencionar ni por casualidad el canibalismo reinante en la mayoría de los mal denominados 'pueblos originarios' ni la existencia del imperialismo antropófago establecido por los aztecas en la meseta mexicana, porque eso pondría al desnudo el mito del buen salvaje y dejaría al descubierto la falsedad de la leyenda negra, es decir, la historia de la conquista de América escrita por las potencias enemigas de España.

El concepto de subordinación cultural

El pensamiento políticamente correcto —en cuyo núcleo se encuentran, entre otros tópicos, el genocidio de los pueblos originarios acontecido después del descubrimiento de América y la violación sistemática de las mujeres indígenas por los conquistadores españoles— se impuso tanto a las élites políticas como a las masas populares a través de lo que algunos autores han denominado 'poder blando' o 'imperialismo cultural', pero que nosotros preferimos denominar simplemente subordinación ideológica-cultural.

¿En qué consiste ese poder blando o imperialismo cultural? Las políticas destinadas a lograr la subordinación ideológica-cultural —es decir, las que pretenden imponer los objetivos de un Estado por medio de la seducción— fueron denominadas, elegantemente, por el politólogo estadounidense Joseph Nye como 'poder blando'. El propio Nye afirmaba: "Hay una forma indirecta de ejercer el poder. Un país puede obtener los resultados que prefiere en la política mundial porque otros países quieren seguirlo o han accedido a un sistema que produce tales efectos. En este sentido, es tan importante establecer la agenda y estructurar las situaciones en la política mundial como lo es lograr que los demás cambien en situaciones particulares. Este aspecto del poder —es decir, lograr que los otros quieran lo que uno quiere— puede denominarse comportamiento indirecto o cooptivo de poder. Está en contraposición con el comportamiento activo de poder de mando consistente en hacer que los demás hagan lo que uno quiere. El poder cooptivo puede descansar en la atracción de las propias ideas o en la capacidad de plantear la agenda política de tal forma que configure las preferencias que los otros manifiestan. Los padres de adolescentes saben que, si han estructurado las creencias y las preferencias de sus hijos, su poder será más grande y durará más que si solo ha descansado en el control activo. De igual manera, los líderes políticos y los filósofos hace mucho tiempo que han comprendido el poder que surge de plantear la agenda y determinar el marco de un debate. La capacidad de establecer preferencias tiende a estar asociada con recursos intangibles de poder tales como la cultura, la ideología y las instituciones. Esta dimensión puede pensarse como un poder blando, en contraste con el duro poder de mando generalmente asociado con recursos tangibles tales como el poderío militar y económico".

Los líderes políticos y los filósofos hace tiempo que comprendieron el poder que surge de crear la agenda y determinar el marco de un debate

Los Estados poderosos cuentan con instrumentos —'oficiales' y 'no oficiales'— para lograr la subordinación ideológico-cultural de los Estados más débiles. En términos de Nye, existen "generadores oficiales —los organismos del Estado— y "generadores no oficiales" —Hollywood, Harvard, la Fundación Bill y Melinda Gates, etc.— de 'poder blando'. Entre los instrumentos oficiales, Nye menciona a la diplomacia, los medios de comunicación, los programas de intercambio, la ayuda para el desarrollo, la asistencia en casos de desastres naturales o los contactos entre ejércitos. Para Nye, el 'poder blando' debe estar dirigido a conseguir la conquista de las mentes y los corazones tanto de las élites como de las masas populares: "Los estudiantes extranjeros que regresan a su país y llevan consigo ideas estadounidenses aumentan nuestro poder blando, la capacidad de conquistar las mentes y los corazones de otros".

Podemos afirmar, siguiendo el pensamiento de Hans Morgenthau, que el objetivo ideal o teleológico de la subordinación cultural, el 'imperialismo cultural', consiste en la conquista de las mentalidades de todos los ciudadanos, tanto de los que hacen la política del Estado al que se quiere subordinar como de la ciudadanía en general.

Para definir el concepto de 'Imperialismo cultural', Morgenthau afirma: "Si se pudiera imaginar la cultura y, más particularmente, la ideología política de un Estado A con todos sus objetivos imperialistas concretos en trance de conquistar las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política de un Estado B, observaríamos que el primero de los Estados habría logrado una victoria más que completa y habría establecido su dominio, sobre una base más sólida que la de cualquier conquistador militar o amo económico. El Estado A no necesitaría amenazar con la fuerza militar o usar presiones económicas para lograr sus fines. Para ello, la subordinación del Estado B a su voluntad se habría producido por la persuasión de una cultura superior y por el mayor atractivo de su filosofía política".

A estas alturas de nuestro razonamiento es preciso aclarar que la leyenda negra de la conquista española de América constituyó el principal ingrediente del imperialismo cultural anglosajón para derrotar a España y dominar Hispanoamérica. Inculcando a las élites criollas la leyenda negra, estas hicieron lo que Inglaterra quería que hicieran sin necesidad siquiera de que se lo indicara.

Importa destacar que, para algunos pensadores, como Hernández Arregui, la política de subordinación cultural tiene como finalidad última no solo la 'conquista de las mentalidades', sino la destrucción misma del 'ser nacional' del Estado sujeto a la política de subordinación. Y aunque generalmente —reconoce Hernández Arregui— el Estado emisor de la dominación cultural (el 'Estado metrópoli', en sus propios términos) no logra el aniquilamiento del ser nacional del Estado receptor, el emisor sí logra crear en el receptor "un conjunto orgánico de formas de pensar y de sentir, un mundo-visión extremado y finamente fabricado, que se transforma en actitud 'normal' de conceptualización de la realidad [que] se expresa como una consideración pesimista de la realidad, como un sentimiento generalizado de menorvalía, de falta de seguridad ante lo propio, y en la convicción de que la subordinación del país y su desjerarquización cultural es una predestinación histórica, con su equivalente, la ambigua sensación de la ineptitud congénita del pueblo en que se ha nacido, de la que solo la ayuda extranjera puede redimirlo".

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Esto fue exactamente lo que comenzó a suceder en España en el siglo XVIII, a raíz de la hegemonía de los afrancesados, situación que, sin duda, se intensificó a finales del siglo XIX y que llevó a Ortega y Gasset, ya en el XX, a afirmar que España era el problema y Europa la solución. Sin duda, la sentencia de Ortega nace del sentimiento generalizado de 'menorvalía' que sufría España y de la idea producida por ese sentimiento de que la 'subordinación' de España y su 'desjerarquización' cultural eran una predestinación histórica.

Lo curioso y trágico al mismo tiempo es que la sentencia de Ortega y Gasset siga guiando, hasta el día de hoy, la conducta de la mayor parte de la clase política española. Sin duda, esta anomalía encuentra su razón de ser en que España fue subordinada ideológicamente, 'imperializada culturalmente', en términos de Morgenthau, y en esa subordinación ideológica-cultural, la leyenda negra —es decir, la historia de España escrita por las potencias enemigas de España—, ocupa un lugar decisivo.

Destaquemos que, aunque el imperialismo cultural, es decir, el ejercicio de la subordinación cultural por parte del Estado emisor (en el caso que nos ocupa, Holanda, Francia, Inglaterra y Estados Unidos), no logre la subordinación ideológica-cultural total del Estado receptor (en el caso que nos ocupa, España y las repúblicas hispanoamericanas), puede dañar profundamente la estructura de poder de este último si engendra, mediante el convencimiento ideológico y la falsificación de la historia, una vulnerabilidad ideológica que resulta ser —en tiempos de paz— la más peligrosa y grave de las vulnerabilidades posibles para el poder nacional, porque, al condicionar el proceso de la formación de la visión del mundo de una parte importante de la ciudadanía y de la élite dirigente, condiciona la orientación estratégica de la política económica, de la política exterior y, lo que es aún más grave, corroe la autoestima de la población, debilitando la moral y el carácter nacionales, ingredientes indispensables —como también señaló Morgenthau— del poder nacional necesario para llevar adelante una política dirigida a alcanzar los objetivos del interés nacional.

Intelligentzia y 'superestructuras culturales'

El historiador Jorge Abelardo Ramos, reflexionando sobre la importancia que tiene la subordinación ideológica-cultural para las grandes potencias, afirmaba: "En las naciones coloniales, despojadas del poder político directo y sometidas a las fuerzas de ocupación extranjeras, los problemas de la penetración cultural pueden revestir menos importancia para el imperialismo, puesto que sus privilegios económicos están asegurados por la persuasión de su artillería. La formación de una conciencia nacional en ese tipo de países no encuentra obstáculos, sino que, por el contrario, es estimulada por la simple presencia de la potencia extranjera en el suelo natal […]. En la medida en que la colonización pedagógica —según la feliz expresión de Spranger, un imperialista alemán— no se ha realizado, solo predomina en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas. Pero en las semicolonias, que gozan de un estatus político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella 'colonización pedagógica' se revela esencial, pues no dispone de otra fuerza para asegurar la perpetuación del dominio imperialista, y ya es sabido que las ideas, en cierto grado de su evolución, se truecan en fuerza material".

Arturo Jauretche afirma que, en los países sometidos a la subordinación ideológica-cultural, el fruto natural del imperialismo cultural o colonización pedagógica consiste en la conformación de una intelligentzia, que puede ser definida como el conjunto de intelectuales nativos cuyas mentalidades han sido conquistadas por la ideología política de la potencia dominante. Por otra parte, sostiene que en los países dependientes siempre existe una 'superestructura cultural', que es el instrumental montado por la potencia imperialista en el Estado sobre el cual ejerce su imperialismo cultural para la formación de dicha intelligentzia, pues esta garantiza —mejor que una fuerza de ocupación— la subordinación del Estado semicolonial a la metrópoli imperial.

La intelligentzia —afirma Jauretche— introduce en el Estado dependiente, bajo la apariencia de valores universales, unos valores relativos que se corresponden con un solo momento histórico o un lugar geográfico específico. Su apariencia de universalidad surge exclusivamente del poder de expansión universal que le dan los centros donde nacen, precisamente mediante la irradiación que deriva de su carácter 'metropolitano' (fenómeno muy diferente al de una espontánea incorporación de valores universales a una cultura nacional). Es justamente esa intelligentzia la que introdujo en Hispanoamérica la leyenda negra para disolver al Imperio español; el libre-comercio para hacer de cada república un apéndice de Gran Bretaña, y el nacionalismo de campanario para que nunca más se pudiese pensar en la reconstrucción de la unidad perdida.

La intelligentzia introduce unos valores relativos que se corresponden con un momento histórico o lugar concreto con apariencia de universalidad

Siguiendo las reflexiones de Gustavo Battistoni, podemos afirmar que los intelectuales contrahegemónicos son disidentes del sistema que, al no aceptar las ideas hegemónicas, sufren, como castigo, el olvido. Por la presión de la superestructura cultural, que en los países subordinados está al servicio de las estructuras del poder mundial.

Hoy, en las universidades que pueblan Hispanoamérica, negar la leyenda negra de la conquista española de América y afirmar que a los conquistadores españoles no solo les movía el afán de riqueza y que no fueron violadores en serie de las mujeres indígenas y asesinos de los pueblos originarios implica condenarse al ostracismo.

Por todo ello es preciso reafirmar que la difusión entre las élites criollas hispanoamericanas de la leyenda negra de la conquista española de América constituyó la columna vertebral del imperialismo cultural anglosajón para derrotar al imperio 'hispanocriollo', ya que sembró en este el germen de la secesión. Luego, curiosamente, la posta de la prédica de la leyenda negra recayó en las manos de Estados Unidos y de la Unión Soviética.

Divide y vencerás: mantener el poder

A través de la historia para expandir y preservar su poder, las grandes potencias han llevado adelante, siempre que han podido, la división interna y la fragmentación territorial de los Estados rivales.

Caben pocas dudas del hecho histórico de que Gran Bretaña fue, desde finales del siglo XVIII hasta principios del siglo XX, la potencia que más sistemáticamente aplicó la política de fragmentación territorial de los otros Estados integrantes del sistema internacional, y que el mundo hispanoparlante fue la víctima principal de esa política. Fue Gran Bretaña la que, en 1640, en Portugal, motivó y sostuvo la sublevación del duque de Braganza a fin de quebrar la unidad de la península, una unidad entre España y Portugal que se había logrado en 1580 y por la que habían bregado, a lo largo de la historia, tanto los castellanos como los portugueses.

Lograr la independencia de Portugal —independencia que no era de ninguna manera popular ni querida por la mayoría de la población portuguesa— constituyó desde el 1580 un objetivo estratégico de Gran Bretaña, a fin de debilitar al Imperio ibérico.

Portugal nació, así, enfeudado al poder británico, e Inglaterra fue desde entonces el garante de la independencia portuguesa y a ella le debía lealtad la Corona portuguesa. Fue por ello que, en América del Sur, Portugal siempre se comportó como una especie de subimperialismo —era imperialista con respecto a los territorios españoles (se expandía sobre territorios españoles que legalmente no le pertenecían por el Tratado de Tordesillas),.

La leyenda negra que condujo a la subordinación social y cultural de Hispanoamérica y de España durante siglos, y que las ha llevado a no reconocer su enorme y rico legado, ha sido la obra más genial del márketing político británico, estadounidense y, curiosamente, soviético. 'Madre Patria' rebate, uno por uno, todos los clichés creados durante generaciones y demuestra que nada separa a España de América, ni a América de España, salvo la mentira y la falsificación de la historia, y lo hace desde diferentes perspectivas y valiéndose de múltiples referencias como la literatura o el cine.

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