Adelanto Editorial | Cómo el minúsculo reino de Portugal forjó el primer gran imperio
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Adelanto Editorial | Cómo el minúsculo reino de Portugal forjó el primer gran imperio

Adelanto editorial de 'El mar sin fin: Portugal y la forja del primer imperio global' del historiador británico Roger Crowley que publica Ático de los Libros el 10 de marzo

placeholder Foto: Roger Crowley, autor de 'El mar sin fin'. (EC Diseño)
Roger Crowley, autor de 'El mar sin fin'. (EC Diseño)

Durante siglos, conquistar el mundo se ha convertido en uno de los principales objetivos de imperios de toda índole. Ser capaces de demostrar poder y superioridad suficientes como para derrocar a otras naciones ha sido una forma de vida durante milenios, especialmente muchos años atrás en el tiempo, cuando el mundo no estaba globalizado y conquistar al enemigo era la única manera de acceder a lo desconocido.

Ahora, el libro 'El mar sin fin: Portugal y la forja del primer imperio global' del historiador británico Roger Crowley, que publica Ático de los Libros el próximo 10 de marzo, trata de ahondar en esta cuestión. Históricamente, China fue una de las primeras naciones en dominar los mares, pero, curiosamente, sería un país pequeño como Portugal el primero en dar una lección de superioridad. Fueron los marineros portugueses de la primitiva Europa los primeros en unir los océanos y en sentar las bases de la economía globalizada.

Portugal y lo que aprendió en Ceuta

El 20 de septiembre de 1414 se vio por primera vez una jirafa en China. El animal se aproximaba al palacio imperial de Pekín. Una multitud de espectadores ansiosos estiró el cuello para ver lo mejor posible a aquella curiosa bestia "con el cuerpo de un ciervo, la cola de un buey y un cuerno carnoso y sin hueso, cubierta de topos luminosos, como una nube roja o una niebla purpúrea", según la describió el arrobado calígrafo y poeta de la corte, Shen Du. Al parecer, el animal era inofensivo: "Sus pezuñas rehúyen pisar criaturas vivas […]. Sus ojos vagan de forma incesante. A todo el mundo le ha encantado". Un bengalí, cuidador del animal, conducía a la jirafa con el ronzal; era un regalo del sultán de la lejana Malindi, en la costa de África oriental.

El delicado animal, cuya imagen fue capturada en una pintura contemporánea, fue el exótico trofeo de una de las más extrañas y espectaculares expediciones de la historia marítima. A principios del siglo XV, el emperador Yongle, de la dinastía Ming, recientemente establecida, envió durante 30 años una serie de flotas a surcar los mares occidentales en un alarde de poderío chino.

Foto: Juan Costa, autor del libro 'Multicapitalismo'. (Foto: EC Diseño).

Estas armadas eran inmensas. La primera, que zarpó en 1405, estaba formada por unos 250 navíos que transportaban a 28.000 hombres. En el centro de la formación se encontraban los barcos del tesoro: juncos de varias cubiertas y nueve mástiles que alcanzaban los 135 metros de eslora y que contaban con innovadores compartimentos estancos y enormes timones de unos 40 metros cuadrados. Los acompañaba una escolta de naves de apoyo —transportes de caballos, barcos de suministros, navíos de transporte militar, buques de guerra y aljibes— con las que se comunicaban por un sistema de banderas, faroles y tambores. Además de navegantes, marineros, soldados y trabajadores auxiliares, la expedición contaba con intérpretes para comunicarse con los pueblos bárbaros de Occidente y con cronistas, que llevaban un registro escrito de las travesías. Las flotas transportaban bastantes alimentos para un año —los chinos no querían estar en deuda con nadie— y navegaron directamente a través del corazón del Índico desde Malasia a Sri Lanka, empleando brújulas y mapas estelares cuidadosamente calibrados tallados en ébano. Los barcos del tesoro eran conocidos como 'balsas estelares', pues se los consideraba capaces de navegar incluso hasta la Vía Láctea. "Con las velas desplegadas con orgullo como si fueran nubes —escribió un cronista—, continuamos nuestro rumbo día y noche, rápidos como una estrella, atravesando las feroces olas". El almirante de la flota era un musulmán llamado Zheng He, cuyo abuelo había peregrinado a la Meca y quien se enorgullecía de ostentar el título de eunuco de las Tres Joyas.

Estas expediciones —seis durante la vida de Yongle y una séptima entre 1431 y 1433— fueron gestas épicas de la navegación. Cada una de ellas duró entre dos y tres años, y todas discurrieron a lo largo y ancho del océano Índico, desde Borneo a Zanzíbar. Aunque tenían capacidad más que suficiente para aplastar a piratas y deponer a monarcas, y transportaban también bienes para comerciar, pues estas no eran fundamentalmente empresas militares ni económicas, sino un despliegue cuidadosamente coreografiado de poder blando. Los viajes de las balsas estelares constituían técnicas no violentas de proyectar la magnificencia de China en los estados costeros de la India y África oriental. En ningún momento hubo el menor intento de ocupación militar, ni tampoco se intentó trabar el sistema de libre comercio que imperaba en aquellas áreas. Gracias al empleo de una lógica inversa, dejaron claro que China no quería nada de ellos, y lo demostraron dando en lugar de tomando: "Ir a los países [bárbaros] —en palabras de una inscripción contemporánea—, ofrecerles presentes y transformarlos mostrándoles nuestro poder". Con la flota regresaron a China embajadores asombrados de los pueblos periféricos del océano Índico para rendir tributo a Yongle y, de ese modo, reconocer que China era el centro del mundo y homenajearla. Las joyas, las perlas, el oro, el marfil y los exóticos animales que depositaron ante el emperador eran poco más que un reconocimiento simbólico de la superioridad china. "Todos los países más allá del horizonte y en los confines de la Tierra se han convertido en nuestros súbditos", escribió un cronista. Con estas palabras, los chinos se referían al mundo del océano Índico, aunque tenían bastantes buenas nociones de lo que había al otro lado. Mientras Europa se preguntaba qué habría tras el horizonte, más allá del Mediterráneo, cómo estaban conectados los océanos y cuál era la forma real de África, parece que los chinos ya lo sabían. En el siglo XIV, crearon un mapa que mostraba el continente africano como un agudo triángulo, con un gran lago en el centro y ríos que fluían hacia el norte.

En el año 1415, una forma de poder muy distinta se proyectaba sobre las mismas costas de África

El año siguiente a la llegada de la jirafa a Pekín y a 21.000 millas náuticas de distancia, una forma de poder muy distinta se proyectaba sobre las costas de África. En agosto de 1415, una flota portuguesa cruzó el estrecho de Gibraltar y tomó por asalto el puerto musulmán de Ceuta, en Marruecos, uno de los bastiones estratégicos mejor fortificados de todo el Mediterráneo. Su captura dejó helada a Europa. A principios del siglo XV, la población de Portugal no ascendía a más de un millón de personas. Sus reyes eran demasiado pobres para acuñar sus propias monedas de oro. La pesca y la agricultura de subsistencia constituían las principales actividades económicas del país, pero, si la pobreza de la nación era grande, también lo eran sus ambiciones. El rey Juan I de Portugal, 'Juan el Bastardo', fundador de la dinastía de Avís, se había hecho con la corona en 1385 y había consolidado la independencia del país respecto a la vecina Castilla. El asalto a Ceuta estaba pensado para consumir las energías y la impaciencia de los nobles en una campaña que aunaba el espíritu de la caballería medieval con las pasiones de una cruzada. Los portugueses habían acudido allí a lavarse las manos con la sangre de los infieles. Y cumplieron su promesa al pie de la letra. Tres días de saqueo y masacres arrasaron un lugar que había sido descrito otrora como "la flor de todas las ciudades de África… [Su] puerta de entrada y llave". Este sorprendente golpe dio noticia a todos sus rivales europeos de que el pequeño reino de Portugal confiaba en sí mismo, tenía vigor y había emprendido la marcha.

Tres de los hijos de Juan, Duarte, Pedro y Enrique, demostraron su valía en Ceuta durante un día de fieros combates. El 24 de agosto, en la mezquita de la ciudad, que había sido purificada con sal siguiendo el ritual y rebautizada como Nuestra Señora de África, su padre los nombró caballeros. Para los jóvenes príncipes, aquel fue un momento trascendental. En Ceuta, los portugueses entrevieron por primera vez la riqueza de África y de Oriente. La ciudad estaba en el extremo de las caravanas que transportaban y comerciaban con oro por el Sáhara desde el río Senegal y, además, era el depósito más occidental del comercio islámico de especias con las Indias. Allí, escribió un cronista portugués, iban todos los mercaderes del mundo, de "Etiopía, Alejandría, Siria, Berbería, Asiria […] así como aquellos de Oriente que vivían al otro lado del río Éufrates, y de las Indias […] y de muchas otras tierras que se encuentran más allá del eje y que no alcanzan a ver nuestros ojos". Los conquistadores cristianos vieron por sí mismos los almacenes de pimienta, clavo y canela, y luego los destruyeron sin ningún miramiento en busca de tesoros ocultos. Saquearon los puestos de unos dudosos 24.000 comerciantes y entraron en las viviendas de ricos comerciantes con suelos alfombrados y en cisternas subterráneas con bellas cúpulas y revestidas de azulejos. "Nuestras modestas casas parecían pocilgas comparadas con las casas de Ceuta", escribió un testigo. Allí fue donde Enrique, en particular, percibió por primera vez la riqueza que podía obtenerse "más allá del eje" si se flanqueaba la barrera islámica y se descendía por la costa de África. Ceuta marcó el comienzo de la expansión portuguesa; fue el umbral que dio paso a un nuevo mundo.

placeholder El rey Juan I de Portugal, 'Juan el Bastardo'. (CC/Wikimedia Commons)
El rey Juan I de Portugal, 'Juan el Bastardo'. (CC/Wikimedia Commons)

El destino y la suerte hicieron que Portugal quedara excluido del tumultuoso intercambio de ideas y de bienes comerciales que tenía lugar en el Mediterráneo. En el extremo exterior de Europa, en la periferia del Renacimiento, los portugueses tan solo podían contemplar con envidia la riqueza de ciudades como Venecia y Génova, que monopolizaban el mercado de bienes suntuarios de Oriente —especias, sedas y perlas— que llegaban a través de las ciudades islámicas de Alejandría y Damasco y se vendían a precios altísimos en buena parte gracias a ese monopolio. Los portugueses, en cambio, solo tenían frente a ellos el océano.

A unos 30 kilómetros al oeste del puerto de Lagos, la costa de Portugal termina en un rocoso saliente con vistas al Atlántico, el cabo de San Vicente. Esta es la proa de Europa, el punto más suroccidental del continente. En la Edad Media, todas las certezas sobre el mundo acababan ahí. Desde los acantilados, el ojo abarca una vasta extensión de agua y siente el azote del viento. El horizonte se curva al oeste hasta desaparecer donde el sol se hunde en una noche desconocida. Durante miles de años, los habitantes del extremo de la península ibérica contemplaron la nada desde esta atalaya. Cuando hace mal tiempo, grandes olas golpean la pared de los acantilados con una terrible intensidad, y las crestas de espuma se alzan y se sumergen siguiendo el ritmo eterno del vasto mar.

Los árabes, cuyo amplio conocimiento del mundo iba solo un poco más allá del estrecho de Gibraltar, llamaban a estas aguas el Mar Verde de la Oscuridad: misterioso, aterrador y potencialmente infinito. Desde la antigüedad, había sido fuente de interminables especulaciones. Los romanos conocían las islas Canarias, un rocoso archipiélago frente a la costa de Marruecos, al que bautizaron como las islas Afortunadas y a partir del cual medían la longitud, toda en grados hacia el este. Al sur, África se desvanecía en la leyenda y tanto su extensión como el punto en que terminaba eran desconocidos. En los mapas de la Antigüedad y la Edad Media, pintados sobre tiras de papiro o de pergamino, el mundo es habitualmente un disco circular, rodeado por un océano; América todavía no se ha inventado y los extremos de la tierra están separados por una infranqueable barrera de agua oscura. El geógrafo clásico Ptolomeo, que tuvo una gran influencia en la Edad Media, creía que el océano Índico estaba cerrado y que no podía accederse a él en barco. Sin embargo, para los portugueses, la perspectiva desde el cabo de San Vicente suponía una oportunidad. A lo largo de esta costa, tras un prolongado aprendizaje de la pesca y la náutica, habían aprendido las artes de la navegación en mar abierto y los secretos de los vientos atlánticos que les proporcionarían un dominio sin parangón. Tras la conquista de Ceuta, los portugueses comenzaron a emplear estos conocimientos para realizar viajes hacia el sur a lo largo de la costa de África, travesías que finalmente cristalizarían en un intento de llegar a las Indias por mar.

placeholder Las carabelas de Vasco de Gama partiendo hacia la India. (CC/Wikimedia Commons)
Las carabelas de Vasco de Gama partiendo hacia la India. (CC/Wikimedia Commons)

Las cruzadas contra los musulmanes en el norte de África estarían profundamente entrelazadas con las aventuras marítimas portuguesas. Algo parecido sucedió con la casa real de Avís, que empezó su ascenso en Ceuta en 1415 y fue destruida en las cercanías de esa misma ciudad 163 años más tarde. Entre estas dos fechas, los portugueses exploraron el mundo más que cualquier otro pueblo a lo largo de la historia. Se abrieron paso al sur a lo largo de la costa occidental de África, rodearon el cabo de Buena Esperanza y llegaron a la India en 1498; arribaron a Brasil en 1500, a China en 1514 y a Japón en 1543. Fue un navegante portugués, Fernando de Magallanes, quien permitió que los españoles circunnavegaran la tierra en los años que siguieron a 1518. La campaña de Ceuta fue el punto de partida de estos proyectos; esta se concibió en secreto como una válvula de escape para las pasiones religiosas, comerciales y nacionalistas, y se alimentó de un asentado odio al mundo islámico. Fue en las 'cruzadas' que tuvieron lugar en el norte de África donde toda una generación de conquistadores portugueses conoció por primera vez el combate. Allí fue donde adquirió su apetito marcial y la violencia reflejo que tanto asombrarían a los pueblos del océano Índico y que conferiría a un pequeño número de invasores una enorme ventaja. En el siglo XV, la población de Portugal apenas superaba a la de la ciudad china de Nankín y, sin embargo, sus barcos desplegaron un poder mucho más aterrador que el de todas las armadas de Zheng He.

Las increíbles flotas del tesoro de los Ming eran comparativamente tan avanzadas y tan caras como el programa espacial a la Luna —cada una de ellas costaba el equivalente a la mitad de los ingresos impositivos anuales de la nación— y dejaron tras de sí un rastro tan pequeño como las pisadas sobre el suelo lunar. En 1433, durante la séptima expedición, Zheng He murió, probablemente en Calicut, en la costa de la India. Lo más probable es que fuera enterrado en el mar. Tras su fallecimiento, las balsas estelares jamás volvieron a zarpar. La corriente política dominante en China había cambiado: los emperadores reforzaron la Gran Muralla y el país cerró todas sus entradas y salidas. Se prohibieron todos los viajes oceánicos y se destruyeron todos los registros de cuantos se habían realizado. En 1500, la construcción de un navío de más de dos palos se convirtió en un delito capital; 50 años después, era delito incluso embarcarse en uno. La tecnología de las balsas estelares se desvaneció con el cuerpo de Zheng He en las aguas del océano Índico y la desaparición de las flotas chinas dejó un vacío de poder que tarde o temprano habría de llenarse. Cuando Vasco de Gama llegó a la costa de la India en 1498, las gentes del lugar solo le ofrecieron relatos enrevesados de misteriosos visitantes con extrañas barbas y barcos increíbles que una vez habían arribado a sus orillas.

Fue un navegante portugués, Fernando de Magallanes, quien permitió que los españoles circunnavegaran la tierra después de 1518

Zheng He dejó un solo monumento significativo de sus viajes: una tabla conmemorativa escrita en chino, tamil y árabe en la que daba gracias y alababa a Buda, Shiva y Alá respectivamente: "En los últimos tiempos hemos enviado misiones para anunciar nuestros mandatos a las naciones extranjeras y, durante sus viajes por el océano, han sido favorecidas con las bendiciones de vuestra benéfica protección. Han escapado del desastre y la desgracia, y han viajado pacíficamente de un lugar a otro". Esta tabla, un gesto amistoso y abierto de tolerancia religiosa, se erigió en Galle, cerca del extremo sur occidental de Ceilán (la actual Sri Lanka) donde las flotas iniciaron su giro hacia arriba por la costa occidental de la India hacia el mar Arábigo. Los portugueses no llegaron con tales bendiciones ni similar magnificencia. Todos los diminutos barcos de De Gama, con unos 150 hombres, habrían cabido dentro de uno de los juncos de Zheng He. Los presentes que ofrecieron a un rey hindú eran tan lamentables que el monarca rechazó incluso inspeccionarlos, sin embargo, los portugueses anunciaron sus intenciones con cruces rojas pintadas en sus velas y en sus cañones de bronce. A diferencia de los chinos, disparaban primero y nunca se fueron; la conquista era un proyecto nacional que lo abarcaba todo y, año tras año, avanzaron sus posiciones hasta que desalojarlos se convirtió en una tarea imposible.

El monumento de Galle todavía existe. Está coronado por dos dragones chinos que se disputan el mundo, pero fueron los marineros portugueses de la primitiva Europa los primeros en unir los océanos y en sentar las bases de la economía globalizada. Sus gestas han sido subestimadas durante mucho tiempo. Sus hazañas constituyen una luenga epopeya en la que confluyen navegación, comercio, tecnología, dinero, cruzadas, diplomacia política, espionaje, batallas navales, naufragios, resiliencia, valor temerario y violencia extrema. En el núcleo de esta narración, encontramos un extraordinario periodo de 30 años que constituye el objeto de este libro, durante el cual unos cuantos portugueses, liderados por un puñado de extraordinarios forjadores de imperios, intentaron por sí solos destruir el islam y controlar el océano Índico en su totalidad y el comercio mundial. Entretanto, fundaron un imperio marítimo con un alcance planetario e inauguraron la gran era de los descubrimientos europeos. La época de Vasco de Gama fue el pistoletazo de salida de 500 años de expansión de Occidente y desató las fuerzas de la globalización que hoy dominan el mundo.

Durante siglos, conquistar el mundo se ha convertido en uno de los principales objetivos de imperios de toda índole. Ser capaces de demostrar poder y superioridad suficientes como para derrocar a otras naciones ha sido una forma de vida durante milenios, especialmente muchos años atrás en el tiempo, cuando el mundo no estaba globalizado y conquistar al enemigo era la única manera de acceder a lo desconocido.

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