El periodismo de... Ángeles Caballero: "Lo mío es pisar la calle y no resultar previsible"
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ASÍ SE TRABAJA EN EL CONFIDENCIAL

El periodismo de... Ángeles Caballero: "Lo mío es pisar la calle y no resultar previsible"

La mirada novata (en mi caso añadiré que miope) tiene su aquel. Uno se fija en detalles que para otros pasan desapercibidos por cotidianos, pero siempre necesita ayuda

Foto: Foto: EC Diseño.
Foto: EC Diseño.

La simpatía abre muchas más puertas que el talento. Esto, dicho así, suena muy contundente, pero es de las pocas conclusiones que he sacado después de veintipico años de oficio. Hay otra, la de que el humor es un excelente comodín para tapar las carencias. Pero eso ahora no viene al caso. Déjenme que argumente las nueve palabras que arrancan este párrafo.

En El Confidencial me pagan por ver, oír y contar. Ellos sabrán lo que hacen. En estos más de dos años que llevo ejerciendo periodismo de bar (como lo definen en casa) he hecho muchas primeras veces. El primer Vistalegre de Vox (y el segundo), la vuelta de Pablo Iglesias e Irene Montero tras sus respectivas bajas por paternidad y maternidad, la foto de Colón, la manifestación del 8-M, la investidura que salió y la que no, el juicio del 'procés', el rato que pasamos con Milá, Calleja y Sánchez Pérez-Castejón para presentar 'Manual de resistencia', ese mano a mano entre Sánchez Dragó y Abascal, otro entre Aznar y Sarkozy, protestas de los comerciantes por el cierre del Rastro…

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La mirada novata (en mi caso añadiré que miope) tiene su aquel. Uno se fija en detalles que para otros pasan desapercibidos por cotidianos, pero siempre necesita ayuda. Recuerdo la de veces que compañeros de la sección de Nacional (son todos, no queda uno al que no le haya dado la brasa) me han explicado cómo moverme por el Congreso, cómo acreditarme en los sitios, dónde están los baños y el lugar ideal en el que debía sentarme para tener mejores vistas. "Esto te viene bien para lo tuyo, lo del colorín", diría Paloma Esteban. Son propinas que se ganan siendo cordial con los otros, no tiene demasiado misterio. Te lo dicen, lo aprovechas, lo agradeces y, después, lo escribes.

A las crónicas y a los paseos una procura llegar siempre virgen y con el ego guardado en el bolsillo. Sin nada que la condicione, sin pensar en quién saldrá herido o elogiado de tu texto (por eso no quiero conocer a casi nadie 'importante') y con dos premisas: la de no resultar previsible e intentar que cuando aquello acabe se hayan derribado algunos de los prejuicios con los que saliste de casa. Por eso, una prefiere escribir cuando ha pasado un rato y la digestión está hecha. Por eso, resulta edificante que en una misma semana en los comentarios de los lectores hayas pasado por todas las ideologías del arco parlamentario.

También es fundamental sacarle partido a todo, sobre todo a tus propios defectos. No les mentiré si les digo que moverme por Madrid andando o en transporte público me ha servido de inspiración en un altísimo porcentaje de las cosas que he escrito. Tienes el día obtuso, apagas el ordenador y sales a dar una vuelta. Pones la oreja, observas un poco y ya lo tienes. A veces es el titular, a veces es la idea de lo que escribirás mañana. Mucha oreja, poca ciencia. Y, cuando hablo de aprovechar, también me refiero a que en uno de mis paseos recientes volví con el cuaderno lleno de notas, pero también con la compra hecha.

No les mentiré si les digo que moverme por Madrid andando o en transporte me ha inspirado en un alto porcentaje de las cosas que he escrito

Se trata de pisar la calle y aminorar la galaxia que media entre ustedes y nosotros. Este miércoles, por ejemplo, hice una entrevista en la madrileña Plaza de Olavide a las 12:30 de la mañana. Las terrazas estaban a rebosar en un día laborable, pero no escuché una sola conversación acerca de la calidad democrática de España y de la tangana habitual entre Teodoro García Egea y Pablo Iglesias, que era lo que contábamos los medios desde que arrancó la sesión de los miércoles en el Congreso. Supongo que me explico.

Aunque la pandemia ha reducido al mínimo los actos presenciales, que es donde intentamos sacar petróleo, sigue siendo un regalo el cara a cara. Especialmente en formatos como las entrevistas donde conviene llevar los deberes hechos y no perderse ni un detalle, por leve que parezca. La única vez que estuve en el despacho de José Ignacio Goirigolzarri comprobé que en aquel festival de madera de la buena destacaba un paquete de chicles de menta de Mercadona. Juraría que son los mismos que mascaba Svetislav Pešić, exentrenador de baloncesto del Barcelona. Nunca lo escribí, pero se lo dije tiempo después. Creo que pensó que estaba loca por fijarme en esas cosas, pero tuvo la amabilidad de no decírmelo.

Supongo que una buena entrevista es la que arranca una noticia. A mí me basta con volver a casa con tres o cuatro frases buenas como titular y la sensación de que el entrevistado no piensa que ha sido un tiempo perdido. Para conseguirlo, otra vez la simpatía abre portones. Porque no basta con preparar un cuestionario para el que previamente te has leído entrevistas anteriores, en prensa, radio o televisión (Google esconde maravillas, aunque nada como el archivo de RTVE y el de la revista '¡Hola!' para dibujar retratos y hacer sociología).

Si has hecho contactos desde que ejerces, tendrás amigos en todas partes. Si han sido más listos que tú, estarán junto al entrevistado

Si has sido capaz de generar un buen puñado de contactos en el tiempo que llevas ejerciendo, tendrás amigos en casi todas partes. Si han sido mucho más listos que tú (que es lo que suele suceder), estarán al lado de quien quieres entrevistar, o serán ellos los entrevistados. Estarán dispuestos a contarte cosas no por el afán de cotillear, sino de ayudarte.

Pero no nos pasemos de almibarados. Rozalén, por ejemplo, fue muchísimo más amable que la gente que la rodeaba, que nos cortó la entrevista cuando llevábamos 21 minutos de los 60 que solicitamos. Tampoco fueron muy agradables los tres señores que aguardaban el desfile del 12 de octubre y me afearon que sacara la libreta para tomar nota. O cuando te preguntan para qué medio trabajas y tardas unos 10 segundos en ser etiquetada. Hace tiempo que no me molesto en argumentar o en intentar justificarme. Me basta con sonreír. ¿Ven? Otra vez la simpatía.

La simpatía abre muchas más puertas que el talento. Esto, dicho así, suena muy contundente, pero es de las pocas conclusiones que he sacado después de veintipico años de oficio. Hay otra, la de que el humor es un excelente comodín para tapar las carencias. Pero eso ahora no viene al caso. Déjenme que argumente las nueve palabras que arrancan este párrafo.

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