Qué pasará con la mujer en 2021, explicado a mi abuela María
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Qué pasará con la mujer en 2021, explicado a mi abuela María

Nadie piensa en nuestras abuelas cuando se le pregunta por el futuro del feminismo. Muchas conversaciones de mujeres nunca llegarán a hacerse virales

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Imagen: Laura Martín.

Mi abuela María Solo murió el 2 de junio del año 2000 y ese día yo cumplía nueve años. De ella, que era ferianta de segunda generación y de Castuera —"donde la que no es puta es turronera, y nosotras somos turroneras", eso me decía— me gustaba que era la mujer más guapa del mundo, que me peinaba sin darme tirones y que cuando era cría, me contaba, mataba culebras golpeándolas contra las encinas de su Extremadura natal.

Se fue demasiado pronto, con 54, pero a veces la vida se da así de mal, y se fue habiéndome repetido hasta la saciedad que cuando se muriera se me iba a aparecer y que la Ana Mari, que es mi madre, no me iba a creer cuando se lo contara porque la Ana Mari era una incrédula. Aquella amenaza, que para ella no era tal cosa sino todo lo contrario, una promesa —"no te asustes, si voy a ser yo, no te voy a hacer 'ná'", añadía— se me quedó grabada para siempre, y desde el 2 de junio del año 2000 hasta el día de hoy, 20 cumpleaños después, aún no me he atrevido a quedarme sola en su casa.

Foto: Imagen: Pablo López Learte.

En realidad, me gustaría que se me apareciera, y de hecho lo hace a veces, en sueños o en algún gesto de Eva, que es mi prima más pequeña y cuya cara parece una fotocopia de la suya. Pero entonces no puedo preguntarle lo que le pregunto cuando me imagino a veces hablando con ella, o cuando le cuento mis preocupaciones diarias y me respondo —y me responde, de algún modo, a través de lo que dejó en mí— en forma de chascarrillo, haciéndome ver que la vida siempre es más leve.

Si la María Solo procediera con lo de la corporeización, lo primero que le preguntaría sería, claro, que cómo es morirse. Que si nos ve y ha conocido a mi hermano, que qué le parece que saque tan buenas notas y que baile en tacones, y estoy segura de que me respondería que sí a lo primero y que estupendo a lo segundo. Entonces podría ahorrarme lo de ponerla al día y decirle que va a tener un bisnieto y que no hemos dejado de echarla de menos desde el año 2000, así que podría pasar al turrón. Porque lo segundo que le preguntaría a mi abuela María Solo, siempre lo he tenido claro, sería que qué le parece ahora el mundo.

¿Qué le parecería a la María Solo, que llegó a las mismas conclusiones que nosotras, sus nietas, años después, y sin necesidad de tanta verborrea?

¿Qué le parecería a la María Solo la vacuna de Pfizer y que hubieran elegido a los menos manchegos de Castilla-La Mancha para empezar a ponerla en España? ¿Se habría ilusionado con Podemos para desilusionarse después? ¿Qué pensaría sobre la independencia de Cataluña, ella que era ferianta y acababa la temporada cada año en Lleida y me hablaba siempre de las gitanas de Balaguer? ¿Qué opinión le merecerían 'Sálvame', Rosalía, el TikTok? ¿Y el feminismo? ¿Qué diría la María Solo sobre él, ella que era la mujer más empoderada, como se dice ahora, que conocí?

Ella que mataba culebras y que fue precursora sin saberlo, que es la única manera de ser precursora, en demostrar que pintarse las uñas y el rabillo del ojo no está reñido con ser una mujer de armas tomar. Ella que, como tantas, llegó a las mismas conclusiones que nosotras, sus nietas, años después, y sin necesidad de tanta verborrea.

placeholder Una mujer, en una parada de autobús en Moscú. (Reuters)
Una mujer, en una parada de autobús en Moscú. (Reuters)

A mi abuela Mari Cruz, que murió el 13 de septiembre de 2019, sí que le pregunté algunas de estas cosas. Y si de la María Solo creía que era lo más parecido a una amazona que conocería nunca cuando me contaba las historias de su infancia, la Mari Cruz, que crio a ocho hijos en una casa con letrina en lugar de taza de váter, con el suelo sin echar y acompañada de una borrica que se llamaba Virtudes, me recordaba que, como escribió Léon Bloy, “la única tragedia en esta vida era no ser un santo”. Así que, aunque se le hubieran muerto padres e hijos y hubiera pasado hambre y necesidad, la Mari Cruz no había vivido tragedia alguna.

Foto: Irene Montero, a su llegada a la Comisión de Igualdad del Congreso. (EFE)

A ella sí que le pregunté muchas cosas. Sobre el feminismo, lo hizo mi hermano hace dos años, y lo tenemos grabado porque fue con motivo de una entrevista para un 'fanzine'. La pieza de audio dura hora y pico, y cada vez que la escucho me pongo a llorar. En ella, mi abuela cuenta que ella quería conducir, que pensó muchas veces en ir donde Punano, que era el de la autoescuela, a aprender para poder llevar a sus chicos para allá y para acá cuando se quedó sola al cargo de ocho porque mi abuelo se fue a trabajar a Alemania, pero que al final no pudo ser. También decía que el feminismo, del que oía hablar día sí y día también en la tele, le parecía bien porque durante muchos años no fuimos iguales ante la ley siquiera, pero que había otras cosas con “las que nos estábamos pasando” y que “muchas otras eran tontás”.

Pensé que pobrecilla mi abuela. Que no entendía, porque no había tenido la oportunidad de entender. Que no eran tontás, que nadie se estaba pasando

Cuando escuché aquella nota de voz hace dos años, justo después de que mi hermano la grabara, pensé que pobrecilla mi abuela. Que no entendía, porque no había tenido la oportunidad de entender. Que no eran tontás, que nadie se estaba pasando con nada, que lo que pasaba era que ella, nacida en “el año el hambre”, no había tenido la oportunidad de analizar hasta qué punto había pasado toda una vida bajo el yugo de eso que llamaban patriarcado y que ni yo misma, que sí creía saber, era muy capaz de definir siquiera. O lo que es peor: que sí era capaz de definir, pero no de extrapolar a la realidad, o no del todo. O no a la mía.

Gane quien gane, perdemos todos

En lo segundo que pensé cuando me propusieron escribir este artículo, fue en ellas. “Nos gustaría que escribieras sobre la mujer y lo que ocurrirá con ella en 2021”, me pidieron hace unos días, porque soy mujer y joven y por tanto se asume que tengo algo que decir sobre la mujer, así en general, y la 'mujeridad'. Lo primero que pensé entonces fue, claro, en hacer un breve repaso sobre el estado de situación del movimiento feminista y del feminismo institucional en España. En escribir, ya sabéis, sobre la pugna entre 'los cuir' y el feminismo radical, que a mí se me hace como la batalla entre Alien y Predator: gane quien gane, perdemos todos.

Foto: Una mujer muestra a su mascota. (EFE) Opinión

Pensé en escribir sobre la 'ley trans' y sobre el sujeto político del feminismo, sobre Irene Montero y su ministerio y el gran logro que se les hace que el Instituto de la Mujer se llame ahora en plural, 'Instituto de las Mujeres', sobre abolir la prostitución o no y sobre la Mala Rodríguez, incluso, que se ha abierto OnlyFans y a la que le está ocurriendo lo que le ocurrió a Sarita Montiel: que va a ser mejor no verla envejecer.

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Una cena de Navidad en Lombardía, Italia. (Reuters)

Pensé en escribir sobre ello porque sospecho que será lo que ocurra con la mujer en 2021, y será lo que ocurra con la mujer en 2021 porque los medios diremos que es lo que ocurre. A eso le dedicaremos las portadillas de nuestras cabeceras 'online', y también a las últimas tesis y antítesis sobre las nuevas masculinidades, sea lo que sea eso, al trabajo de un montón de artistas que se esfuerzan por normalizar los pezones femeninos en Instagram (¡esa gran causa!), al debate sobre la inclusión de una casilla en el DNI para el tercer sexo —el de los no binarios—, a las mujeres olvidadas de la historia del arte que el museo de turno se haya empeñado en rescatar y a la última y controvertida/necesaria campaña —según el medio del que hablemos— de la Federación de Mujeres Jóvenes en colaboración con el Ministerio de Sanidad, que dice que el hombre que acabe violándote puede ser cualquiera: tu colega militante, tu jefe, el amigo de tu infancia… A tu padre y a tu abuelo han tenido el decoro de no incluirlos en el panfleto, pero vamos, que también.

Foto: Una mujer muestra a su mascota. (EFE) Opinión

Se hablará también de las camisetas que Carla Toscano lleva al Congreso, que dicen 'feminist tears', lágrimas de feminista, y de que Rocío de Meer ha declarado que "las feministas no son mujeres" y no lo dice ella, "lo dice su propia ministra". También de que Irene Montero ha aplaudido un acto donde se abucheaba a Lucía Etxebarria, de un señor de Más País con el pelo de colores que habla de que “el sistema funciona como una sexadora de pollos y 'nosotres' somos ornitorrincos” y de que Fani-Vegana, la que decía que los gallos violaban a 'les gallines', resulta que es prostituta.

Con mujeres como mi abuela María Solo y mi abuela Mari Cruz, que ni pintaron nunca un cuadro, ni enseñaron las tetas en Instagram, ni se declararon nunca no binarias, ni trabajaron haciendo octavillas en ningún ministerio, ni supieron lo que era la nueva masculinidad y ni siquiera la masculinidad tóxica —ni falta que les hizo—, no ocurrirá nada en 2021. Y eso que la mayoría de mujeres que conozco son más parecidas a ellas que a cualquiera de las mencionadas anteriormente, de las feministas radicales a la Mala, que como tantas chavalas se ha abierto un OnlyFans para sacar algo más que un puñado de 'likes' por sus fotos en actitud de estar nadando en sopicaldo penevulvar, hecho que alguna nos quiere colar, encima, como conquista femenina.

Muchas mujeres hablarán de otras cosas

En paralelo a las partidas que se jueguen en nuestras portadillas, que a su vez serán un reflejo de las que se jueguen en Twitter, en los ratos del café en el trabajo y en los vestuarios del gimnasio, en el autobús y en el AMPA y en el Mercadona, muchas mujeres hablarán de otras muchas cosas, en otros términos y seguramente desde otros puntos de vista. Hablarán de la vecina soltera y con un crío a la que no le da para pagar la luz y el gas, de la madre del cole que está pasando por una depresión o de que por fin los padres pueden disponer de las mismas semanas de baja por paternidad que las madres. En la sala de profesores discutirán sobre la alumna de cuarto de ESO que se haya puesto el 'hiyab', comentarán el miedo que les da que la cría se haga TikTok porque se pone a hacer bailes y ahí la puede ver cualquier baboso y de que la otra, la pequeña, la imita y baila reguetón con tan solo cinco años y que “a ver qué haces con eso”. También se hablará de la hija de la compañera de trabajo a la que intentaron violar entrando a su portal en Madrid, que ya ha salido el juicio y menudo malnacido, y del vecino que se ha suicidado en el pueblo y de cómo cada día se suicida en España una persona cada dos horas y media y la mayoría son hombres, con conjetura del porqué y del por qué no se mediatiza incluida.

Más allá de las portadillas de los diarios digitales y de los pasillos del Ministerio de Igualdad, habrá muchas conversaciones que no serán virales

Más allá las portadillas de nuestros diarios digitales, de nuestros tuits y de los pasillos del Ministerio de Igualdad, se sucederán muchas conversaciones que no se harán virales ni tendrán más validación que un gesto cariñoso, ni siquiera un abrazo, porque ahora no podemos abrazarnos. Pero no existirán porque no las contaremos. Por eso nadie piensa en ellas cuando le invitan a pensar qué ocurrirá con la mujer en 2021. Ni en nuestras abuelas, a las que miramos a veces con una mezcla de condescendencia y compasión por decir que les parece bien el feminismo y que les parecía necesario conseguir la igualdad jurídica, pero que hay algunos patinazos y muchas tontás. Ojalá también pase en 2021 que dejemos de hacerlo. Ojalá concibamos al otro —a la otra— como interlocutor válido aunque piense distinto. Y aunque no haya leído a Butler o a Illouz o a Ana de Miguel pero sí haya vivido, con frecuencia, más que quien sí lo ha hecho. O precisamente por eso.

Mi abuela María Solo murió el 2 de junio del año 2000 y ese día yo cumplía nueve años. De ella, que era ferianta de segunda generación y de Castuera —"donde la que no es puta es turronera, y nosotras somos turroneras", eso me decía— me gustaba que era la mujer más guapa del mundo, que me peinaba sin darme tirones y que cuando era cría, me contaba, mataba culebras golpeándolas contra las encinas de su Extremadura natal.

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