"Para el teletrabajo, lo más importante es cambiar la mentalidad de la cultura española"
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Entrevista con Raquel Sebastián

"Para el teletrabajo, lo más importante es cambiar la mentalidad de la cultura española"

La economista de la Universidad Complutense publica un estudio sobre la brecha que existe entre España y otros países europeos en materia de trabajo remoto

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En España, a menudo se hace alarde de las infraestructuras digitales con las que cuenta el país. En marzo de 2020, por ejemplo, cuando ya había empezado la pandemia, Europa Press publicó una noticia con el titular: “España, líder europeo en despliegue de fibra óptica por delante de Alemania, Francia o Reino Unido”. A pesar de ello, España ocupa el puesto 21º de los países europeos en teletrabajo. “Las cifras de teletrabajo en España son decepcionantes”, dice Raquel Sebastián, economista de la Universidad Complutense de Madrid especializada en el mercado de trabajo, que ayer publicó un artículo en el 'think tank' de políticas públicas EsadEcPol. “Teletrabajo en España: de dónde venimos y a dónde vamos” ofrece algunas claves interesantes para comprender quiénes pueden y quiénes no pueden teletrabajar en nuestro país, por qué lo hacemos menos que en otros países europeos y qué medidas políticas harían falta para impulsar una forma de trabajo que ofrece, como dice Sebastián, la posibilidad de mejorar "la conciliación familiar" y contribuye a la "lucha contra el cambio climático".

PREGUNTA. En 2018, en España se hizo un 7,5% de teletrabajo frente al 30% de Países Bajos, Suecia, Finlandia o Luxemburgo. ¿Por qué se teletrabaja tan poco en España?

RESPUESTA. No existe un estudio causal. No se sabe a ciencia cierta. Pero apuntaría tres ideas. La primera, que las infraestructuras no son la causa. La segunda, que el aparato productivo tiene mucho que ver; en España, este está muy especializado en el sector servicios, que en algunos ámbitos, como el turismo, no requiere mucho teletrabajo. La tercera idea es la dinámica o la cultura empresarial en España: esa cultura está basada en el presentismo, lo que hace que el trabajo no se evalúe 'per se': se valora a los trabajadores por las horas que han trabajado, no por su 'output'.

P. En España, los trabajadores con contratos fijos a tiempo completo y mayor nivel educativo teletrabajan más que los que tienen menos formación y contratos temporales. Pero, en cualquier caso, lo hacen menos que los europeos. Usted distingue, además, entre teletrabajo permanente y esporádico.

R. Permanente es que se teletrabaje cuatro o cinco días a la semana. Mientras que esporádico son dos o tres. Si bien es cierto que las diferencias con Europa son grandes, si analizas las diferencias en el teletrabajo esporádico, estas son aún mayores. El teletrabajo esporádico eleva el grado de flexibilidad interna de las empresas. Eso es algo que España debería buscar, tanto en la flexibilidad interna como externa. Aquí, el teletrabajo lo realizan en gran medida los autónomos, y las grandes empresas teletrabajan muy poco. Esa distinción es muy importante y pone de relieve que en España el problema es la cultura empresarial.

Las rentas más altas teletrabajan más porque para teletrabajar hay que hacer tareas cognitivas

P. También teletrabajan más los hombres que las mujeres y las rentas altas más que las bajas. ¿Por qué?

R. Las rentas más altas teletrabajan más porque para hacerlo es necesario realizar tareas cognitivas o abstractas, y esas tareas las hacen personas con más educación. Por eso las personas con mayor formación y mayor salario pueden teletrabajar, mientras que en los trabajos más bajos predominan las tareas manuales y rutinarias, y esas son poco susceptibles de poder realizarse teletrabajando. Y los temporales teletrabajan menos. El trabajo temporal tiene una menor vinculación con la empresa y ello hace que la empresa tenga menos confianza en sus trabajadores para que trabajen desde casa. Por lo que respecta a hombres y mujeres, se da una paradoja. Potencialmente, las mujeres pueden teletrabajar más que los hombres, dadas las ocupaciones de cada uno. Pero cuando se observan los datos, teletrabajan menos. No se sabe el motivo. La literatura, hasta la fecha, no ha estudiado esa paradoja.

En una situación normal, no hay en principio ninguna razón para pensar que el teletrabajo no pueda ser tan eficiente como el trabajo presencial

P. Señala que no hay pruebas de que el teletrabajo reduzca la productividad y que puede favorecer la conciliación. Tal vez muchos trabajadores estén teniendo una experiencia distinta en estos meses de confinamiento o semiconfinamiento. ¿Confía en que podría mantenerse la eficiencia en un entorno de mucho más teletrabajo?

R. La situación actual es muy especial. No tiene precedentes. Por tanto, medir la eficiencia del teletrabajo en esta coyuntura no es la mejor manera de saber las cosas. Pero en una situación normal, no hay en principio ninguna razón para pensar que el teletrabajo no pueda ser igual de eficiente que el trabajo presencial. Eso se pone de manifiesto el norte de Europa, por ejemplo, en los Países Bajos. Tienen una alta productividad y un alto teletrabajo.

Todo cambio brusco conlleva elevados costes de adaptación. Lo que se debía de haber hecho de manera paulatina se ha hecho de repente. Eso tiene unos costes muy elevados para todos. Pero una vez se ha producido esa adaptación, el teletrabajo ha venido para quedarse.

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P. ¿Qué impacto tendrá el aumento del teletrabajo en dinámicas más generales? ¿Aumentará la desigualdad? ¿Creará una brecha mayor entre géneros y edades?

R. El teletrabajo va a conseguir ganar en eficiencia. En primer lugar, los trabajadores van a adecuar sus trabajos a sus necesidades. En segundo, va a incentivar a las empresas para que evalúen por objetivos y no por horas. Y en tercero, si esto es así, aumentará la desigualdad, ya que el teletrabajo provocará que los individuos que pueden teletrabajar —con mayores salarios, mayor formación—, al ser más eficientes, aumenten su productividad y posiblemente su salario. Así que sí, aumentará la desigualdad. Entre géneros, lo más relevante es que se consiga adecuar el teletrabajo real al teletrabajo potencial. Eso hará que mejore la participación de la mujer. Por edad, los grandes beneficiarios serán los que dominen las nuevas tecnologías, es decir, los jóvenes.

P. ¿Qué clase de políticas necesita España para aumentar el teletrabajo de manera eficiente y beneficiosa para todas las partes?

R. Todas aquellas que favorezcan la fijación de objetivos y no el presencialismo. Ampliar el teletrabajo a ramas que podrían haberse visto beneficiadas por las nuevas tecnologías, como la Administración Pública, el transporte y almacenamiento, la industria manufacturera y los servicios. Políticas a largo plazo basadas principalmente en la educación y la capacitación. Pero desde mi punto de vista, lo más importante es cambiar la mentalidad de la cultura española.

En España, a menudo se hace alarde de las infraestructuras digitales con las que cuenta el país. En marzo de 2020, por ejemplo, cuando ya había empezado la pandemia, Europa Press publicó una noticia con el titular: “España, líder europeo en despliegue de fibra óptica por delante de Alemania, Francia o Reino Unido”. A pesar de ello, España ocupa el puesto 21º de los países europeos en teletrabajo. “Las cifras de teletrabajo en España son decepcionantes”, dice Raquel Sebastián, economista de la Universidad Complutense de Madrid especializada en el mercado de trabajo, que ayer publicó un artículo en el 'think tank' de políticas públicas EsadEcPol. “Teletrabajo en España: de dónde venimos y a dónde vamos” ofrece algunas claves interesantes para comprender quiénes pueden y quiénes no pueden teletrabajar en nuestro país, por qué lo hacemos menos que en otros países europeos y qué medidas políticas harían falta para impulsar una forma de trabajo que ofrece, como dice Sebastián, la posibilidad de mejorar "la conciliación familiar" y contribuye a la "lucha contra el cambio climático".

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