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TRIBUNA

El mal paso de Camps

Camps caso Gürtel

José Luis González Quirós - 08/07/2009

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Historiadores, filósofos y biógrafos nos advierten de que algunas decisiones, aparentemente irrelevantes, llegan a tener consecuencias imprevisibles. Pienso en esto a propósito del lío en que está envuelto Francisco Camps. No tengo ni idea de cuál pueda ser la verdad del caso, pero sí creo que, independientemente de lo que resulte, se puede extraer alguna moraleja sobre el particular.

 

Supongamos que Camps fuese inocente por completo. Aunque su actuación, a primera vista, pueda considerarse enteramente lógica, ha obtenido unos resultados pésimos para su imagen, además de exponerse a una condena judicial. Puede verse fuera de la política por su forma imprudente de actuar, dando por sentado que su inocencia podría ser verificada sin duda alguna por el universo mundo. Esa conducta hubiera sido la lógica en caso de poseer los correspondientes justificantes de pago, pero, puesto que Camps no los tenía, como parece ser el caso, su conducta dejó de ser razonable para pasar a ser extremadamente arriesgada.

 

Camps dio un mal paso al no saber valorar adecuadamente el problema al que se enfrentaba, y escogió una estrategia de máximo beneficio considerando que su posición era inatacable, lo que, como claramente se ha visto, ha constituido un grueso error de consecuencias incontrolables, para él y para quienes le han avalado. Dado que no podría probar el pago de las prendas supuestamente adquiridas, y ya que se había hecho pública, en forma risible, por otra parte, su amistad personal con uno de los implicados, seguramente hubiese sido más inteligente admitir que se trataba de un regalo, y centrarse en mostrar que el obsequio no había tenido especial transcendencia, puesto que, efectivamente no parecería razonable que la tuviera, ni por su importe ni por sus efectos.

 

En ese caso, Camps habría mostrado una debilidad, habría admitido la comisión de una falta o de un delito leve, pero no se hubiera expuesto a una imputación muchísimo más grave como la que ahora le amenaza: la de haberse dejado corromper por una ridiculez de trajes, pero, sobre todo, la de mentir, la de tratar de imponer su prestigio, su poder y la fortaleza de sus apoyos populares a la marcha implacable de una maquinaria, que por más que pueda considerarse  arbitraria en su origen e inspiración, ha de tratar de actuar con un criterio de igualdad implacable, aún cuando resulte evidente que en muchas y notorias ocasiones no la haya hecho. 

 

El verdadero mal paso de Camps ha consistido, por tanto, no en la ligereza de aceptar un regalo comprometedor de parte de personas que debiera haber considerado poco recomendables, sino en suponer que su poder pudiera protegerle de la aplicación de las normas ordinarias de la justicia, en actuar como pudiera hacerlo, por poner un ejemplo cualquiera, un González, un Polanco, un Alberto o un Botín. 

 

Camps ha cometido un error político muy grave al sobreestimar su poder, y al subestimar a sus enemigos. Sea cual fuere su íntima convicción, debiera haber considerado que el terreno de juego está marcado por unas reglas que son enteramente ciegas a lo que pueda haber en el santuario de su conciencia. Ha cometido otro error al no saber valorar el juicio popular.

 

El público perdona con facilidad al que comete un desliz, quizá sin llegar a los límites de los italianos con su presidente, porque sabe que la impecabilidad es siempre fantástica, puesto que todo el mundo comete en alguna ocasión una falta o un descuido de ese tipo. Una estrategia equivocada le ha colocado a los pies de los caballos y, con él, corre un alto riesgo la honorabilidad del partido que le defiende de manera tan berroqueña como equívoca.

 

Es evidente que Camps ha podido dar un mal paso, pero más grave es que no haya sabido cómo evitar las consecuencias una vez que se ha visto acusado. La acusación de corrupción se ha convertido en un virus, en algo que ataca de manera impensada y, en cualquier caso, sin ninguna atención a principios de proporcionalidad, equidad, gravedad o evidencia. Los que ejercen un cargo político deben de pisar con pies de plomo y, si se manchan impensadamente, deberían aprender a ser humildes y a pedir disculpas, a no tratar de convencer a todo el mundo de que son impecables, incluso aunque lo fuesen. Son las reglas del oficio que han escogido y no pueden decir que no les gustan. Respecto a la corrupción deberían de pensar lo que Gracián decía de los tontos, “que lo son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”.

 

Más allá de una peripecia llena de enseñanzas, es seguro que no escapará a los electores que alguien maneja los hilos de la Justicia de manera escasamente equitativa y virtuosa. Precisamente por eso, creo que los daños para el PP serán menores, en especial si sus dirigentes aprenden de una vez dos enseñanzas básicas: la nula tolerancia con gentes equívocas, y una buena estrategia para minimizar los costes cuando se pita un penalti injusto, como pudiera ser el caso.

 

www.pormiquenoquede.com

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Opiniones de los lectores (17)

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17. usuario registrado TUMBAO»09/07/2009, 13:53 h.

#11 En EE.UU. A., un gobernador de un importante estado, y posible candidato a la presidencia, se ha visto obligado a renunciar por mentir en un asunto de faldas. Los americanos perdonan que un político sea adultero, pero no que mienta. Piensas, con sentido común, que si miente en una cosa de poca importancia que no hará en cosas importantes. En nuestro país el que un político relevante, como el Sr. Camps, mienta públicamente y ante un juez [cometa perjurio] no parece preocuparle ni parecerle mal a mucha gente.

En un país con medianos usos democráticos, el Sr. Camps hace ya tiempo que habría dimitido o lo habrían cesado. Por cometer perjurio, por embustero y por cohecho. Es lo mejor para Valencia, para el PP y para el Sr. Camps.

Al final tendrá que salir por la puesta de atrás, cubierto de bochorno e ignominia y habiendo causado al Partido, que pretende representar, un daño irreparable. Con lo fácil y beneficiosa que sería para Rajoy y el PP buscarle un carguito bien remunerado y que renunciará por el bien del Partido, de Valencia, de España y de la Humanidad en general.

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16. usuario registrado TUMBAO»09/07/2009, 13:53 h.

#11 En EE.UU. A., un gobernador de un importante estado, y posible candidato a la presidencia, se ha visto obligado a renunciar por mentir en un asunto de faldas. Los americanos perdonan que un político sea adultero, pero no que mienta. Piensas, con sentido común, que si miente en una cosa de poca importancia que no hará en cosas importantes. En nuestro país el que un político relevante, como el Sr. Camps, mienta públicamente y ante un juez [cometa perjurio] no parece preocuparle ni parecerle mal a mucha gente.

En un país con medianos usos democráticos, el Sr. Camps hace ya tiempo que habría dimitido o lo habrían cesado. Por cometer perjurio, por embustero y por cohecho. Es lo mejor para Valencia, para el PP y para el Sr. Camps.

Al final tendrá que salir por la puesta de atrás, cubierto de bochorno e ignominia y habiendo causado al Partido, que pretende representar, un daño irreparable. Con lo fácil y beneficiosa que sería para Rajoy y el PP buscarle un carguito bien remunerado y que renunciará por el bien del Partido, de Valencia, de España y de la Humanidad en general.

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15. usuario registrado Martes Carnaval»08/07/2009, 20:01 h.





Pongo #14:

Maquiavelo, a su lado, una tierna novicia.

Un saludo.

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14. usuario registrado Pongo»08/07/2009, 19:41 h.

#10. ¿Y si FJL tiene razón, y Mariano está detrás de todo esto? A muchos les/nos parece Rajoy un buenazo, una persona indolente, que deja que los problemas se pudran, con poco liderazgo, y que parece destinado a que, al siguiente revés electoral, sea eliminado por alguno de sus múltiples delfines. Pero fijémonos en los hechos: la vieja guardia de Aznar: kaput; Rato: fuera de juego [?]; Esperanza: kaput; Gallardón: ídem [y cuando no nos den la Olimpiada, no te quiero contar]; Camps: ahora ya kaput.

¿A quién beneficia esta masacre?




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13. usuario registrado Martes Carnaval»08/07/2009, 19:32 h.





Querido José Luis:

Está muy bien visto.

Por lo sabido, Camps ha pecado más de soberbia que de avaricia. La falta ha sido menor —aunque no ignorable—. Si bien, personalmente, me libraré muy mucho de ofrecer mis extremidades superiores a confirmaciones ígneas por él.

Lo que le ha resultado muy dañino ha sido ése: "¡cómo me van a hacer esto a mí! " —variante del "Vd. no sabe con quién está hablando" de añejas reminiscencias— implícito en todas sus declaraciones sobre el caso, que deja en evidencia la concepción de intangibilidad de su egregia persona.

Pues si pretende la intangibilidad que no se deje tomar medidas por el sastre.

Entiendo que este caso enerve al interesado y al PP pero en política hay que elegir bien las compañías, no dejarse seducir por cantos de sirena, tener la cartera propia presta cuando se hacen compras personales, y si has hecho una pifia no contar con que los demás son tontos. Esto no lo arregla ya ni Santa Rita que es, como se sabe, patrona de los imposibles.

A Camps se le ve cada vez peor cara, sobre todo desprovista de ese brillo tan particular que da el poder.

Un abrazo.

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