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EL CULTIBERIO

El hombre que quiso reinar

@Incitatus - 13/12/2008

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Tranquilos, ¿eh?, que no me voy a referir a Aznar, ni al tenebroso Jiménez radiofónico-episcopal, ni al Carod; ni siquiera a Don Juan de Borbón, que gloria haya, con lo bien que le vendría esa frase. Se trata nada más que de una espléndida obra de teatro. Nada menos. Pero, de verdad, yo no sé qué hacen ustedes ahí sentados que no corren a verla. Está en el María Guerrero de Madrid. Igual la quitan pronto.

 

En realidad es una vieja amiga que ha tomado, en un largo siglo, diversas formas. La primera vez que me la encontré, hace ya muchísimos años, era una película, una de las grandes obras maestras de John Huston, y se titulaba El hombre que pudo reinar. Los intérpretes eran asombrosos: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer. He de admitir que no entendí demasiado porque este que hoy es caballo viejo y desalentado era, por entonces, un potrillo muy animoso, pero había muchas cosas que no sabía (eso no ha cambiado demasiado), muchos libros que no había leído y muchos amigos sabios que entonces no tenía y ahora sí tiene.

 

El caso es que Inci quedó deslumbrado ante aquella peli impresionante en la que salían lugares que luego el caballo ha podido visitar, como el macizo del Pamir, Afganistán o la India más pobre y bulliciosa. El potrillo boquiabierto no entendió demasiado bien, la primera vez que la vio, aquella historia de dos sinvergüenzas desertores del ejército británico de la época victoriana (Connery y Caine) que, hartos de ir por ahí a salto de mata, toman la disparatada decisión de hacerse reyes, que así –pensaban ellos– sí que se vive bien.

 

Inci parpadeaba, perplejo, ante una de las primeras escenas (que no sale en la obra de teatro): Caine, que en el filme se llama Peachey Carnahan, está en una atestada estación de ferrocarril, a ver qué pilla. Le roba, con mucha habilidad, un valioso reloj de bolsillo a un tipo que está a punto de subirse a un tren. Pero, cuando se fija bien en el reloj, que lleva algo grabado, se pone pálido, suelta un denuesto espantoso y se sube él mismo al tren determinado a devolverle el reloj a su propietario… sin que éste se entere. No lo consigue. El dueño del reloj, que resulta ser un periodista bastante tímido que se llama Rudyard Kipling (el actor es Plummer, claro), se da cuenta de la maniobra. Pero, en vez de denunciar al ratero, o de majarlo a palos, le da un abrazo misterioso, lleno de gestos extraños, y le habla y le sonríe como si le conociera de toda la vida. Y ambos empiezan a llamarse “hermanos” el uno al otro. Raro, ¿no?

 

A renglón seguido, el “hermano” ladrón le pide a Kipling que le haga un favor: que coja otro tren y que viaje hasta la otra punta de la India para darle un recado (una brevísima frase: “Peachey tiene un asunto urgente en el Sur”) a otro tipo al que no ha visto en su vida. Kipling se mosquea: “Es que viajo en dirección contraria”. Pero el ladrón frustrado le sonríe: “Ya lo sé. Pero os lo pido por el hijo de la Viuda”. Y Kipling abandona sus propios asuntos y cambia de tren para cumplir el encargo del ladrón. Inci, al verlo en el cine, no entendía absolutamente nada.

 

¿Qué llevaba grabado, en el dorso, el reloj de plata? Una escuadra de carpintería cruzada con un compás. ¿Y qué quería decir esa frase tan extraña del “hijo de la Viuda” que obliga a Kipling a cambiar de planes y a viajar hasta el otro extremo de la India para hacerle un favor al canalla que ha tratado de robarle el reloj? Pues que ambos eran Masones, hermanos Francmasones. Y un Masón jamás roba a otro Masón. Por eso había que devolver el reloj. Y un Masón tiene, como primera obligación en este mundo, ayudar en todo lo que pueda a otro Masón, si ello no conlleva cometer delitos o actuar innoblemente.

 

Todo esto lo ignoraba Inci cuando vio la película, como es lógico. Inci nació en la España de Franco, un individuo que tenía hacia la Francmasonería un odio inmenso, cartaginés, irracional, cabezudo y desde luego asesino: hizo matar a 18.000 personas (tres veces más de los Masones que había en España al concluir la guerra civil) acusadas del “delito de Masonería”. Y expatrió, encarceló o persiguió a otras 80.000. Algo escalofriante incluso para un tipo ­–Franco– que intentó por dos veces ser admitido en la Masonería y que no lo consiguió, porque para ser Masón hay que tener unas cualidades personales y morales, y unas ideas altruistas, generosas, democráticas e ilustradas que el “caudillo” de los c… no tuvo jamás.

 

Esto lo supo Inci muchos años después, claro, no entonces; cuando vio por primera vez El hombre que pudo reinar, de John Huston (película que hoy está en esta casa, en DVD, como un tesoro, que eso es lo que es), Inci pensaba lo mismo que piensan, todavía hoy, la mayoría de los españoles: que los Masones son el coco malo, los ¡enemigos de España!, una secta de sacamantecas que hacen ritos tenebrosos, que conspiran para esto y lo otro, que profanan hostias, beben sangre de cabra y, esto sobre todo, que tratan de gobernar el mundo desde la sombra. O sea, más o menos las gilipolleces que lleva tres siglos repitiendo la Iglesia católica (que ha visto siempre en la Masonería un peligro cierto para su inveterada voluntad de controlar la mente de las personas, catequesis escolar incluida) y que hoy repite en sus librillos de todo a cien, sabiendo muy bien que miente, César Vidal.

 

Inci tardó poco en enterarse de que aquella película magistral estaba basada en un cuento maravilloso del Masón Rudyard Kipling: El rey del Kafiristán, y ésa fue la segunda vez (cuando se lo leyó) que se tropezó con esta historia. Algo más, mucho más, tardó el caballo en conocer a algunos de los actuales Masones españoles, y ahí se dio cuenta Inci, sonrojado de vergüenza, de hasta qué punto se había dejado empapar, durante tantos años, por la propaganda franquista, clerical y (sumemos lo uno y lo otro) nacionalcatólica. Inci tuvo que pedir perdón por sus absurdos e injustos prejuicios a sus nuevos y nobles amigos Masones, entre los que hoy se cuenta –lo digo con absoluto orgullo– el Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica Española, que es la Masonería liberal y progresista de nuestro país: el periodista catalán Jordi Farrerons.

 

Este caballo desconoce, como es natural, muchos de los símbolos internos, claves, gestos y palabras de la Masonería (no así su historia, sus principios y sus ideales, que son públicos y muy hermosos), pero esta noche, cuando fue a ver la obra de teatro que se está representando en la sala pequeña del María Guerrero de Madrid, El hombre que quiso reinar, Inci sonrió y se conmovió mucho, porque fue como volver a encontrarse con un viejo amigo… pero sabiendo de él, ahora, cosas que antes no sabía. Ignacio García May, adaptador del texto del “hermano” Kipling y director de la obra, ha logrado el milagro agustiniano de meter en un pequeño escenario, decorado con apenas nada más que alfombras orientales, la inmensa historia del cuento… y de la película, que deslumbra precisamente por sus exteriores. Cuenta García May con dos inmensos actores: Marcial Álvarez, que hace de Peachey Carnahan, y el impresionante José Luis Patiño, que interpreta al requetegolfo Daniel Dravot que encarnó Sean Connery.

 

Y luego llega el milagro: dos músicos actores, por ese orden, que son el sueño de cualquier director teatral: Eduardo Aguirre de Cárcer y Majid Javadí, y les desafío ahora mismo a todos ustedes a que vayan a ver la obra y adivinen cuál de los dos es el indio y cuál el español. Es absolutamente prodigioso lo que estos dos artistas pueden lograr no sólo con los numerosísimos instrumentos musicales que usan, sino con su presencia escénica y su increíble capacidad para crear ambientes y climas.

 

Ah, por cierto, hay algunos errores. Muy pocos… y algo me dice que intencionados, esto es pura intuición. Después de tantos años de leer y del privilegio de tan buenos amigos, algo sí sé de Masonería. Tampoco mucho, pero me alcanza para darme cuenta de que, en las misteriosas y antiquísimas siglas grabadas en la viga de madera que preside la escena, sobra la letra “M.".”, con sus tres puntitos en forma de triángulo. Y creo saber que, cuando dos Masones se estrechan la mano, no lo hacen así, del modo en que los dos magníficos actores se saludan casi al principio de la función. Sin la menor duda hay muchas cosas más que se me escapan, que no he sabido o que no he podido ver. Vayan ustedes (pero vayan ya, coño, ¿a qué están esperando?) y, además de disfrutar con un espectáculo espléndido, con un hermosísimo canto a la amistad, a la nobleza de corazón y a lo frágil de las ambiciones humanas, jueguen a descubrir, quienes algo sepan de esto, la simbología Masónica en la representación.

 

Espero que mis muy queridos y amables amigos Masones no se molesten demasiado conmigo si hoy termino este Cultiberio enviándoles a todos ustedes, de todo corazón y en nombre del premio Nobel de Literatura Rudyard Kipling, un…

T.". A.". F.".

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Opiniones de los lectores (7)

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7. Lewis»Sábado, 17/12/2008, 17:28 h.

Gracias por el artículo; por fin algo objetivo que nos da una oportunidad para demostrar lo que somos. Como masones tenemos la obligación de poner en práctica lo aprendido en la masonería en el mundo profano sin hacer distinción entre hermanos y los que no lo son. Para poder ser admitido, un candidato que pide el ingreso, en todas las obediencias es cuidadosamente examinado para ver si es un "hombre (o mujer, según la obediencia)libre y de buenas costumbres". Aquí no caben asesinos, estafadores, ladrones, racistas, etc. por lo que el ladrón en la películo debería ser expulsado de nuestra orden. Para mi, la esencia de la masonería esta en el "código masónico" (Google); todo lo que está fuera del mismo no es masonería, por mucho que nuestros adversarios os intentan hacer ver. Un T:.A:.F:.

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6. usuario registrado neturbino»Sábado, 16/12/2008, 18:14 h.

Soy aficionado a leer los artículos del Cultiberio, su ingenio siempre punzante realmente lo disfruto. En su escrito de hoy no dejo de disfrutar de su elocuente narración, pero no así de la exaltación que hace de la masonería que cuando menos me parece temeraria y a la torera.

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5. usuario registrado marité»Sábado, 16/12/2008, 12:41 h.


A esos que no les gusta el artículo: dejen de leer esta página de opinión, pero ahórrense lindezas chabacanas y poco ingeniosas.

Yo leo el culti casi desde que comenzó a publicarse. Tengo incluso encuadernados los artículos de los cuatro o cinco primeros años (aprovecho que el Pisuerga pasa por Valladolid para sugerir a los mandamases de El Confidencial que los publiquen o, al menos que nos den opción a recuperar los antiguos, cosa que antes podía hacerse y ahora no).

A algo me ha obligado Inci: a preocuparme de saber más. Siempre acabo de leer y me empieza a entrar la curiosidad, lo cual me lleva a buscar ese libro, esa música, esa obra teatral, esa ópera, ese grupo....

En el fondo tiene razón josán y jetendo: estás trasnochado querido Inci: ¡¡Mira que pretender hacernos pensar...!!!!!

Ay Señor, Señor!!!!!

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4. usuario registrado azael»Sábado, 13/12/2008, 21:21 h.

Pues yo sé muy poco de todo. Y de la Masonería, menos. Y no puedo juzgar si es una buena o mala organización. He oído algo de ella. Como he oído algo del Opus Dei. Pero afirmo que no sé nada.
Pero lo importante es que INCITATUS, con su artículo, ha hecho dos cosas muy importantes:
1.- Animarnos a acudir a ver la obra.
2.- Quitarle ese halo de organización peligrosa.

Por lo primero, se lo agradezco, pero de lo segundo, no estoy seguro. Porque la transparencia en cualquier Asociación o Grupo, debe ser la impronta que la haga atractiva.
De lo que sí estoy seguro es que tiene que haber Masones buenos, regulares y malos. Como curas. Como escritores. Como políticos.
Gracias, Incitatus, por tu esplendoroso artículo. Por tu forma de explicar, por tu poder de atracción. Por hacer de lo dificil, algo tan fácil. Por tu humildad. Gracias.

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3. usuario registrado lostados»Sábado, 13/12/2008, 19:25 h.

Estimado Incitatus:
Obviando (ya que no merecen otra cosa), comentarios no razonados, irrespetuosos y groseros, que sólo pueden desprestigiar a quien los emite, como el de este josan, que, por no saber, no sabe ni poner comas, a mí me ha quedado una duda desagradable al leer este artículo:
Entiendo que, un Masón tiene, como primera obligación en este mundo, ayudar en todo lo que pueda a otro Masón, si ello no conlleva cometer delitos o actuar innoblemente.
Yo me pregunto: si la víctima del robo del reloj no hubiera sido masón, el ladrón masón (que es ladrón, por más que fuera o no masón) ¿podría haberle robado sin ningún escrúpulo?
No me queda más remedio que inferir que la Masonería agrupa a las personas en dos categorías: las de primera, los masones, a las que hay que ayudar en todo y; las de segunda, el resto, contra las que si se puede delinquir y actuar innoblemente con toda libertad.
Me parecen ideas contradictorias que habría que aclarar, porque, sino, somos muchos los que podemos llegar a conclusiones, supongo que equivocadas, que hacen flaco servicio, tanto a la Hermandad como a quienes creen en ella.
Un abrazo, aunque no sea T ni F.


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