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La noche más larga

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@E.Segovia / C.Hernanz - 26/01/2008

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El pasado lunes nadie se fue a casa hasta antes de las once de la noche. Algunos, incluso, salieron del trabajo al día siguiente, sólo para volver un tiempo después, tras unas escasas horas de sueño y una ducha reponedora. Pero el miedo seguía en el cuerpo. Había tenido lugar una sacudida histórica a los mercados de capitales, merecedora por méritos propios para pasar a engordar la reciente lista de grandes crisis bursátiles (Asia’97, Rusia’99...). Y como ocurre desde hace tiempo -el universo de las finanzas fue de los primeros en sentar cátedra sobre la globalización-, la cadena de fichas de dominó se derrumbó a lo largo y ancho de las principales plazas de todos los continentes. El crash se había colado en todas las mesas de operaciones.

La semana que han vivido los mercados pasará a la historia y será recordada por las generaciones futuras. En sólo cinco días, el Ibex se ha anotado la mayor caída diaria (-7,5%) y la mayor subida diaria de su historia, el mercado ha firmado el peor inicio de año que se recuerda y la Reserva Federal ha bajado por primera vez los tipos en 0,75 puntos entre dos reuniones oficiales. Y aunque parece que las cosas se han tranquilizado un poco, muchos profesionales dudan de que esto sea el final de las turbulencias. La volatilidad es extrema. “Si en tiempos de bonanza la ambición es el peor enemigo, en estos momentos el miedo no ayuda a tomar las decisiones más correctas”, explica el director general de una entidad financiera.

Cinco días como los vividos dejan mella en los profesionales de los mercados. Los momentos de gran tensión han sido frecuentes, con escenas de nerviosismo, llamadas de clientes desesperados, jefes cabreados, interminables comités de crisis (incluso nocturnos) y un largo etcétera de contratiempos. Una experiencia que muchos comparan con el efecto causado por el derrumbe de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001. Precisamente, ese precedente ha servido a los más veteranos para desenvolverse con mayor soltura; una suerte que no han tenido los más jóvenes en las mesas de trading, a los que la situación les ha cogido todavía en pañales. Sin ir más lejos, el chivo expiatorio del agujero de 4.900 millones de euros reconocido por Societe Generale es un trader de 30 años.

“En estos casos, primero te quedas en estado de shock, pero inmediatamente después te pones a trabajar. La experiencia te hace pasar a la acción y estar muy alerta a las oportunidades que siempre surgen en los momentos de crisis”, explica Juan Luis García Alejo, director de estrategia de Inversis. Ante el crash bursátil del lunes, la convocatoria de los famosos comités de crisis fue práctica común en todas las entidades, a pesar de la falta de operatividad que pueda suponer en muchos casos: “Tienes que explicar a un montón de gente que no tiene ni idea de mercados por qué se desploma cuando ni tú mismo lo sabes, y además debes aguantar sus reproches por no haberlo previsto”, se queja un analista que prefiere guardar el anonimato.

La cautela se ha extremado. La inmensa mayoría de operadores han preferido reducir posiciones en el mercado y esperar a ver hacia donde se dirigen los vientos de la tormenta. Los más cautos, incluso, prefieren jugar con sus carteras en activos de renta fija con gran liquidez. “Es tiempo de wait and see”, explica un operador, aludiendo a la máxima del mercado cuando la volatilidad es elevada. “Estamos perdiendo dinero, aunque no tanto como el mercado. Estos días toca doblar jornada y salvar todo lo posible. Otros no han tenido tanta suerte y se han borrado incluso antes del palo de esta semana. Aunque no lo parezca, hay muchos inversores de última hora completamente arruinados”, comentan de manera crítica desde un hedge español.

“La gente se pone muy nerviosa, por eso hay que llamarles o incluso tener reuniones, para explicarles cuál es la situación de su cartera, su riesgo potencial y qué es lo que piensas hacer para reducir el impacto”, explican en una entidad de banca privada. Utilizando una metáfora de altos vuelos, en caso de turbulencias lo que no puede hacer en ningún caso el piloto es saltar en paracaídas y abandonar el pasaje a su suerte: “Si el motor de un avión deja, de repente, de funcionar. ¿Qué hacer? ¿Reunirse con otros pilotos para discutir cuál es la mejor solución? Lo más sensato es tomar medidas inmediatas, reducir la potencia, buscar un lugar de aterrizaje… Utiliza sus conocimientos y su experiencia para intentar salvar la situación. Otra cosa es que al final se estrelle igual, porque eso no puede garantizarlo nadie”.

Y lo que nunca hay que hacer es dejarse llevar por los miedos de los clientes: eso conduce a tomar decisiones emocionales, que es lo que nunca debe hacerse en bolsa. Un ejemplo muy ilustrativo es lo ocurrido en la sesión del martes. Después del lunes negro en que el Ibex se desplomó el 7,54%, en la apertura del martes hubo un aluvión de órdenes de venta por lo mejor, es decir, a cualquier precio. Tantas, que el Ibex no pudo abrir al completo –con todos sus valores cotizando- hasta las 11 de la mañana. El desplome inicial fue superior al 4%, pero al mediodía ya era inferior al 1%. Y el índice acabó subiendo el 1,69%. Con que los que querían vender a primera hora lo hubieran hecho sólo dos horas después, habrían ganado –o dejado de perder- lo mismo que les ofrece un depósito bancario a un año.

Como tantas otras veces, siempre que unos pierden suele haber una contraparte que gana. El famoso río revuelto donde los más atrevidos buscarán ganancias entre los escombros de la hecatombe. Toda crisis, por definición supone una oportunidad, y la de esta semana ha sido enorme gracias a la fortísima volatilidad de los índices. “Ha sido una semana magnífica para hacer trading”, comenta un especialista en futuros. Obviamente, hay que pillar el mercado a derechas, porque si coges los movimientos al revés, puedes arruinarte. Pero con acertar en dos de cada tres operaciones ya has logrado una ganancia muy suculenta”, explica este trader. Con todo, son mayoría los operadores que todavía arrastran ojeras del lunes. Y si no, que se lo pregunten a Jerome Kerviel.

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