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DOS PALABRAS

Cerdos salvajes

@Federico Quevedo - 01/12/2007

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Una de las cosas buenas que tiene esta profesión es el poder mantener contacto con personas que, de otro modo, me serían completamente ajenas y que, sin embargo, tienen mucho que aportar, mucho que enseñar por sus vivencias. Personas que escriben con un sentido común que ya quisieran para sí muchos de los políticos que nos gobiernan. Personas que manifiestan sentimientos que deberían hacernos reflexionar, porque van más allá de la confrontación política para abarcar la verdadera dimensión de las necesidades humanas. Es el caso de Cristina, que se dirigió a mí a consecuencia de un artículo sobre las manifestaciones ultras, y cuya carta transcribo aunque algunos nombres los cambio para evitarles males mayores. Dice así Cristina:

“Enhorabuena por su artículo sobre las manifestaciones ultras. Estoy totalmente de acuerdo con usted, sobre todo en que se pueda aprobar que se convoque una manifestación contra la inmigración. El Gobierno no puede haberlo autorizado sin más, hay una maquinación perversa detrás de esa barbaridad. De cualquier forma, la política de inmigración en España es la más desastrosa que se ha podido hacer. Y esto, en un país en el que muchos somos hijos o nietos de emigrantes. Ese es mi caso, y además, yo misma lo fui en los años 70. Teníamos todas las bazas para admitir ordenadamente una inmigración necesaria, que podíamos integrar, eligiendo aquellos países más cercanos a nuestra cultura, con un filtro que evitara bandas o delincuentes y estableciendo medidas de control que castigaran severamente a aquellos empresarios que abusaran de la nueva mano de obra. Y escogimos la vía menos sensata y la más injusta.

Mis abuelos, asturianos ellos, emigraron dos veces a Cuba, en función de los avatares monárquicos, porque ellos servían en Palacio. La Casa del Rey les buscaba empleo fuera de España y mis abuelos eligieron siempre, con buen criterio, un país de cultura similar y en el que la lengua fuera la misma. En Cuba se sintieron casi como en casa y siempre hablaban maravillas de los cubanos: personas trabajadoras, cariñosas y amables, que les acogieron sin ningún problema. Mi padre no pudo elegir, el final de la Guerra Civil le pilló en Barcelona y su única opción fue pasar a Francia, primero estuvo en un campo de concentración francés, luego trabajó en Grenoble y después pasó a un campo nazi. Regresó a España convertido en desecho humano y, aunque mi madre le cuidó maravillosamente, murió muy joven. Sin embargo, recuerdo muchas de sus vivencias de emigrante. Francia no era el paraíso, no ser francés y además español era un handicap casi imposible de superar, pero mi padre consiguió hablar francés mejor que muchos franceses, estudió su historia y se empapó de su cultura. En una palabra, hizo cuanto estaba en su mano para integrarse y lo consiguió plenamente. Incluso ahora, casi 50 años después de su muerte, aún recibo felicitaciones de Navidad de parte de las familias de sus amigos.

Yo emigré a UK porque en mi casa había que comer y porque ya sabía francés y deseaba mejorar mi inglés. Fueron dos años utilísimos en los que aprendí a vivir en libertad y que me hicieron defender el sistema democrático de por vida. Utilicé la experiencia de mi familia para integrarme en una Inglaterra bastante cerrada en la zona en la que yo vivía, pero el know how de mi abuelo y de mi padre funcionó espectacularmente: “Si no se abren, ábrete tú, da tú el primer paso y no te ofendas si no te admiten a la primera, insiste amablemente”. Nunca olvidaré esos estupendos años, que fueron fundamentales para mi desarrollo intelectual y personal. Muchos años después, contraté personas sudamericanas para que me ayudaran a cuidar de mi madre, enferma de Alzheimer. Ninguna española aguantaba más de 3 meses. Lo hicieron maravillosamente y también cuidaron de mí cuando enfermé de cáncer. Dos de esas personas son mis mejores amigas. Ahora cuido de una de ellas y de su hijo, del que soy madrina de bautismo. Son negros, viven en mi casa y son parte de mi familia emocional, ocupando un espacio en mi corazón, similar al que en él tiene mi familia genética.

Ahora estoy muy preocupada por ellos, porque al niño le han llamado “negrito de mierda” y otras lindezas parecidas en dos colegios, uno en Madrid (Pozuelo) y otro en Cádiz (El Puerto de Santa María). Y no eran adultos, eran niños de 3, 4, 5, 6... años. Cuando me di cuenta de que el problema residía en los padres, me gané a los niños invitándoles a merendar, al cine, etc. Al principio costó, pero conseguí que poco a poco fueran aceptando a mi ahijado. Tengo que decir, con bastante rabia, que ni los profesores, ni los directores de los centros nos ayudaron. Ahora vivimos en (...) y desde los 6 años va a un colegio en el que tuvo que superar su 'exotismo', pero en el que los profesores nos han apoyado extraordinariamente bien desde el principio. Él es ahora un niño más, sin complejos, y espero que así continúe.

No obstante, tengo miedo de que el racismo se desborde en algún momento. Mi padre me contó que en Grenoble hubo una llegada masiva de españoles, robaron todas las bicicletas que encontraron y molestaron gravemente a algunas mujeres. La reacción de los franceses fue salvaje, mi padre también la sufrió, pero sus amigos franceses sacaron la cara por él. Hubo palizas horrorosas, un asesinato y la expulsión casi inmediata de la mayoría. Pagaron justos por pecadores y durante muchos años se nos consideró como cerdos salvajes. Esto puede ocurrir si no ponemos coto a las barbaridades de todos. Y cuando digo todos, también me refiero a los inmigrantes. Trabajo en Alcorcón y he visto en acción a alguna de las bandas que el Ayuntamiento dice que no existen. Pues bien, los invisibles, atacan a niños, mujeres y ancianos, por ese orden, sean españoles o inmigrantes, les roban móvil, bolso, incluso la comida que acaban de comprar y si no les gusta delante de los agredidos destruyen lo que acaban de robarles e incluso les propinan un golpe por no tener lo que a ellos les gusta. Todos los que viven y trabajamos allí sabemos qué lugares hay que evitar a partir de cierta hora de la tarde. Las autoridades y la policía no lo saben.

Cada vez hace más falta reconocer y aceptar el problema porque si no lo hacemos, nunca lo resolveremos. Hay que aplicar la Ley, con justicia, evitando los abusos y castigándolos, de acuerdo a la normativa vigente. Y no descarto expulsiones de personas inmigrantes si está demostrado que infringen constantemente las leyes españolas o no las aceptan, caso de un jardinero marroquí que trabaja en la zona en que vivimos, que se mea en las imágenes religiosas que algunos ponen en la puerta de sus viviendas. Ni siquiera un apercibimiento o multa ha recibido. Y todos a callar, porque si decimos algo, ¡somos unos racistas! Y termino, Sr. Quevedo, perdóneme por haberme extendido tanto, tenemos un problema muy serio y debemos de trabajar todos en buscar soluciones justas, cuanto antes. Desde luego autorizar una manifestación contra la inmigración no contribuye a resolverlo.

Reciba un saludo muy cordial

Cristina

P.D.: Escribí al Sr. Zapatero al principio de su legislatura, contándole la situación de la inmigración que teníamos en Cádiz y alrededores. Me contestó un sujeto cuyo nombre no recuerdo, llamándome poco menos que facha”.

Hasta aquí la carta de Cristina. Que un asesor de Rodríguez la contestara poco menos que llamándola facha no es sorprendente: es lo que hacen cuando saben que su reacción no va a ser publicitada. Lo peor es que en la carta de Cristina hay verdades como puños, las verdades que puede contar una persona que demuestra un inmenso amor por los demás y que, al mismo tiempo, tiene claro cuáles son los límites que nadie debe cruzar, sea de la raza, religión o sexo que sea, porque entonces estaremos pervirtiendo todo el edificio de convivencia que tanto nos ha costado levantar. Por eso, aunque algún asesor incompetente e irresponsable la tache de facha, la carta de Cristina está llena de sabiduría y de emoción y debería llevar a la reflexión de los que mandan.

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